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Šílení y el sexo subversivo

por Adriana Marusia

 

El sexo que llega de manera fácil a la privacidad de nuestras pantallas muchas veces es paupérrimo, sin imaginación, de narrativa lineal y obvia en su finalidad: la pornografía. Sin embargo, las manifestaciones cinematográficas del sexo se bifurcan y buscan no sólo complacer al espectador, sino incomodarlo.

Šílení (2005), dirigida por el escultor y poeta surrealista Jan Švankmajer (Praga, 1934), introduce el tema de la película estableciendo que hay motivos sexuales tanto de Edgar Allan Poe como del Marqués de Sade, y sobre la filosofía sádica y sincera (o cínica para muchos críticos) de éste último es de quien hablaremos porque es su obra la que permea la totalidad del filme.

El Marqués (interpretado por Jan Tríscá) es un viejo de mirada burlona que habla sin censura, viste y usa pelucas y ríe estrepitosamente. Invita a Jean Berlot (Pavel Liska) a su casa a pasar la jornada, y por la noche, Jean se asoma a un salón de la mansión y descubre un enorme Cristo repleto de clavos en el torso, martillados con ira por el desquiciado Marqués. Esta escena (Jean vislumbrando lo que acontece en el interior del salón por la ventana) es similar a la de Terciopelo azul (1986) de David Lynch, donde el inocente Jeffrey se esconde en el closet y por una rendija de la puerta ve a Dorothy y a Frank teniendo un ritual sexual turbio y pueril.

El Marqués inicia una misa que consiste en marcar los cuerpos de varias mujeres con cruces pintadas en las espaldas y exaltar su postura nihilista al predicar lo siguiente: “'Nulo ser, en cuyo nombre se derramó tanta sangre! Nada eres, fantasma de esperanza y temor humanos. ¡Sólo existes para torturar a la humanidad!”, luego de lo cual sus discípulos inician la orgía. El cuadro más simbólico de toda la película sucede cuando el Marqués, ataviado con una casulla que tiene una cruz invertida decorada con imágenes de nalgas y mujeres sonriendo libidinosamente, se coloca una máscara a la usanza de la inquisición, cuadro que deviene en imagen de la subversión del placer.

Esa locura no tiene rostro humano, sino un casco en forma de chivo. Este animal clérigo de la teatralidad del dominio sexual sube sus ropas para que una mujer le haga una felación. La imagen de este verdugo del placer es el arquetipo sádico, dado que en Sade el dolor y la humillación aplicados a otro son una metamorfosis del placer.

Sade estuvo confinado en una prisión más de treinta años. Por eso los relatos se desarrollan en espacios cerrados. En Šílení, estos espacios están proyectados en la dictomía del salón de la mansión del Marqués, donde la libertad no se reprime como la del manicomio, que funciona conforme la vigilancia y el castigo. En Šílení, como en Filosofía en el tocador de Sade, se transgreden los valores del siglo XVIII: la virtud, el honor y el decoro, para revolcarse en el incesto, en la tortura, en las parafilias. Šílení proyecta las dicotomías de la normatividad y lo anormal, la libertad y la institución, la carne y la mente, lo natural y la razón, el código y la rebeldía, el sueño y la realidad, lo consciente y lo inconsciente, la devoción y la blasfemia, lo típico y lo atípico.

Todo esto no sólo queda plasmado en los espacios y en los diálogos, sino en el uso del stop-motion como paralelismo surrealista de los despojos crudos del cuerpo humano, arrastrándose por el suelo para fornicar, para reintegrarse a un cráneo o para ser manipulados como títeres. Estos símbolos están atravesados por los dispositivos del manicomio, las instituciones y por la sociedad psicótica en la que vivimos. Jean se topa en su trágico periplo con las experiencias del placer de los locos y de los otros más locos. Y así, Svankmajer cuestiona las ideas preconcebidas de lo erótico, de lo placentero o infantil del sexo y de los modos de controlar la búsqueda de los placeres. Al espectador, como a Jean, se nos lleva a los espacios privados y se nos cuestiona el orden de nuestras concepciones sexuales, tal vez ya empaquetadas y etiquetadas para el malestar de todos nosotros o el bienestar de la autoridad o viceversa.

 

29.10.14     

Adriana Marusia


Literatura, cine y traducción. Lacónica por excelencia.....ver perfil
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