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Siempre huarache, nunca chancla

Un fenómeno popular del cine naufragante de los años 80, el último personaje serial de nuestro cine (heredero de los cantinflas y tintanes). Murió un pedazo de etnografía de pacotilla capaz de mover carretadas de dinero al son de las carcajadas clasistas (es decir, todas las carcajadas). La India María representó la última escalada de la comedia blanca y aparentemente vacía, alternativa única al ataque de los albures de las películas de peores décadas del cine mexicano.

 

por Elías Razo

Su nombre por sí mismo no dice nada: María Elena Velasco Fragoso. Nacida en Puebla en 1940, en su adolescencia se traslada a la Ciudad de México en donde a como diera lugar quiso sobresalir en el medio del espectáculo, pero su inicio fue subterráneo, como suele suceder: hace teatro de carpa desde el Follies, pasando por el Tívoli y llegar hasta El Blanquita. Debuta como bailarina de reparto a mediados de los cincuenta, de donde saltó a la radio, con José "El Ojón" Jasso, y entre sketch y sketch conocerá al que será su esposo, el ya experimentado actor de origen ruso Julián de Meriche (1909-1974), que a la par de hacer papeles de extranjero en el cine, iniciaba con los doblajes para la recién formada televisión mexicana. 

Aunque trabajó para el prolífico Rafael Baledón en el reparto de Ruletero a toda marcha (1962), no figuró en los créditos sino hasta la que ella misma consideraba su primera película, bajo la dirección de Miguel M. Delgado, El rey del tomate, en 1962 (con quien también hizo El revólver sangriento, 1964). Luego trabajaría para Juan Bustillo Oro (México de mis recuerdos, 1963), y Miguel Morayta la lleva por todos los foros cinematográficos hasta que le consigue un pequeño papel (Los derechos de los hijos, 1963), continúa con José Elías Moreno (Los tres mosqueros de Dios, 1967), hasta que Fernando Cortés la ve trabajando en la cinta El bastardo (dirigida por Arturo Martínez, en 1968), y le propone que interprete a un personaje que trae a flor de piel: una indígena mexicana en la ciudad.

Entonces la presenta con Raúl Velasco, que está conformando un elenco para llenar las pantallas de televisión caseras con un programa dominical que estrena la cadena TIM (Televisión Independiente de México, perteneciente al Grupo Monterrey, en 1968), y ahí comienza a construir a una insolente mazahua que trae un cargamento de naranjas y que quiere instalarse como comerciante callejera en donde haya lugar, aquí nace la popularidad, soportada por la televisión comercial, de la famosa India María.

Contestona e irreverente, con un castellano consensualizado y de atrabilarismos rurales, quizás regionalismos que entiende toda la población, sobre todo la muchedumbre recién proletarizada de las grandes manchas urbanas, que ven en ella un retrato (¿caricatura? Sí, puede ser una caricatura, también hay caricaturas muy dignas), una viñeta femenina de lo que dejaba de ser Cantinflas y que con este personaje continuaba, reproduciendo la venganza lingüística contra las “buenas formas” y “el buen decir de las mujercitas en sociedad”.

Nace como anti-heroína siempre en domingo (rival del Güerito Velasco); muerde el rebozo por las puntas, de donde toma ideas para lanzar púas idiomáticas que causa la hilaridad del telespectador, sorprendido de la audacia de esta huarachuda mazahua, pues así no se comportan ellas en la realidad, suelen ser sumisas y calladas, aceptan los abusos de la autoridad, venga de donde venga, desde el microcosmos del hogar (el propio y el de la patrona), hasta el macrocosmos que representa la policía, la burocracia y el político, todos corruptos que siempre ven a los indígenas como entes inferiores de los que se puede abusar porque así lo justifica su naturaleza racista, porque, en esencia, la Revolución mexicana no los incluyó en la sociedad.

Pero en el fondo esta anti-heroína, a fin de cuentas, es susceptible del club de los superhéroes: psicológicamente conservadora, no logra romper el estatus de tranquilidad de la sociedad, se le “soporta” y hasta se consienten sus “locuras ocurrentes”; es pura, no pretende más que las cosas se den porque sí, al fin de cuentas ella estará ahí para dar solución feliz a los problemas.

Esa es la figura que explotarán en la TIM y posteriormente en Televisa (Televisión Vía Satélite) que será la plataforma para ser lanzada al “estrellato cinematográfico”, en donde María Elena Velasco se metamorfosea para siempre en María Nicolasa Cruz, alias La India María, inmortalizada por Fernando Cortés como actriz de época, debutando de estelar en Tonta, tonta pero no tanto (1972), en su papelón que repetirá hasta el infinito (42 años en el cine): mujer indígena ingeniosa, graciosa y sobreviviente de todo mal.

El fenómeno sociológico fue la permanencia de su personaje atemporal (nunca envejeció), siempre lució sus naguas lustrosas y sus blusones plegados, sus huaraches y se hizo acompañar de su burro Jilemón. Tuvo la iniciativa de inventar un mítico San José de los Burros (de donde La India María es originaria), pero como las muñequitas de trapo que venden sus “modelos” en las banquetas de la Ciudad de México, así quietecitas, vestidas folclóricamente, uniformaditas, se ven mejor.

Hizo más de veinte cintas, todas rentables (ya su más reciente producción, La hija de Moctezuma, dirigida por su hijo Iván Lipkies, pasó como un descalabro en 2014). Fue actriz estelar, directora cinematográfica, cantante, bailarina, guionista y argumentista, productora. Llenó carpas cirqueras en todos los poblados donde ofrecía su espectáculo (el mismo de siempre) y llevó su creación cinematográfica hasta los paisanos en los Estados Unidos, reproduciendo también el sketch anti-heroico, siendo el centro de su atención los güeros gringos (Ok míster Pancho, Martínez Solares, 1981), y finalmente hasta a la investigación folclórica y de arqueología-ficción le hizo (ejs. El coyote emplumado, co-dirigida por ella y B. Crevena, 1983; Huapango, 2004, por la que obtuvo un Ariel en 2005 por mejor guión adaptado, y la ya mencionada La hija de Moctezuma, 2014, ambas dirigidas por Lipkies).

No fue una improvisada, habrá que decirlo: a principios de los 70 estudió arte dramático con Dimitrio Sarrás y Carlos Ancira; dirección cinematográfica con Ludwig Marules y guionismo con Xavier Robles. En esta misma época debutó en el teatro universitario, en El séptimo sello, de Ingmar Bergman, Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera e Inmaculada, de Héctor Azar (alguna vez Azar me comentó sobre La India María cuando trabajó en el teatro universitario: “Era tímida, pero tenía fuerte personalidad”).

 

Filmografía razonada de La India María

Tonta tonta pero no tanto, 1972 (Dir. Fernando Cortés)

Pobre pero honrada, 1973 (Dir. Fernando Cortés)

La madrecita, 1974 (Dir. Fernando Cortés)

Algo es algo dijo el Diablo, 1974 (Dir. Fernando Cortés)

La presidenta municipal, 1975 (Dir. Fernando Cortés)

El miedo no anda en burro, 1976 (Dir. Fernando Cortés)

Sor Tequila, 1977 (Dir. Rogelio A. González)

Duro pero seguro, 1978 (Dir. Fernando Cortés)

La comadrita, 1978 (Dir. Fernando Cortés)

Ok míster Pancho, 1981 (Dir. Gilberto Martínez Solares)

El que no corre … vuela, 1982 (Dir. Gilberto Martínez Solares)

El coyote emplumado, 1983 (Dir. Alfredo B. Trevenna y María Elena Velasco)

Ni Chana, ni Juana, 1984 (Dir. María Elena Velasco)

Ni de aquí, ni de allá, 1987(Dir. María Elena Velasco)

Se equivocó la cigüeña, 1992 (Dir. María Elena Velasco e Iván Lipkies)

Las delicias del poder, 1999 (Dir. Iván Lipkies)

La hija de Moctezuma, 2014 (Dir. Iván Lipkies)   

 

05.05.83

Elías Razo Hidalgo


Periodista de alma que se quedó sin periódico. Atlista aunque gane su equipo. Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras desde hace ya 35 años, hoy se divierte en el inframundo de los infomerciales. Miembro emérito del cineclub "José Revueltas" de Ciencias Políticas y Sociales, hoy paga tributo al escritor al....ver perfil
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