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Algunas ideas en torno a Tívoli

por Omar Villaseñor

Hay dos cosas que me cagan cuando hablo con alguien sobre cine mexicano: que piensen que, en general, las películas nacionales son “malas” y que clasifiquen al “cine de ficheras” como lo peor que le ha pasado a la industria fílmica nacional.

Esta opinión casi hegemónica, desde mi punto de vista, sigue un patrón doblemoralino  y pseudo intelectual que rechaza los desnudos, el albur, el “mal gusto”, el adulterio, la homosexualidad y hasta el reflejo de la clase económica baja en la cual vivimos la gran mayoría de mexicanos. Yo, al final prefiero el humor de Chatanuga que el de Derbez, la simpatía de Carmen Salinas que la de Ana Claudia Talancón, un “galán” como Jorge Rivero que a Kuno Becker, y por supuesto siempre es mejor verle las chichis a Sasha Montenegro que a Martha Higareda.

Lo peor que le ha pasado a la industria cinematográfica mexicana no es el cine de ficheras, es el salto que dieron actores, productores, directores, de la pantalla chica a la grande, específicamente hablando de engendros protagonizados por Chespirito, Lucerito, Luis Miguel, Pedrito y Vicente Fernández, Gloria Trevi. Mención honorífica para el bodrio de cinta con canciones de Juan Gabriel, ¿Qué le dijiste a Dios? (Suárez, 2013). Esta sí ha sido decadencia.

Pero vayamos propiamente a la cinta en cuestión. Si bien Tívoli (Isaac, 1975) reúne las características generales de una película de ficheras (los cómicos Alfonso Arau, Carmen Salinas, Pancho Córdoba; la bella de noche Lin May; el homosexual German Fúnes; la música popular de Pérez Prado; desnudos, secuencias eróticas, albures), contiene una serie de características únicas dentro de su categoría: una denuncia directa al sistema político, a la burocracia, a la corrupción, al abuso de poder, e incluso a la censura en los medios de comunicación.

El argumento. El regente de la Ciudad de México ha decidido ampliar el Paseo de la Reforma, lo que significa echar abajo una serie de casas de cartón y, claro, derrumbar el Tívoli –un centro en contra del desarrollo urbano y las “buenas costumbres” de la ciudad y sus habitantes–, y con ello dejar sin su noble trabajo a una serie de peculiares personajes. Entonces los “artistas” de dicho “centro” entablan una lucha en contra del sistema y el corrupto poder político, topándose con grandes piedras que obstaculizan su revuelta.

La cinta termina por presentarnos, desde una ínfima arista, la realidad del desarrollismo mexicano, como consecuencia de un sistema capitalista y una política neoliberalista, caracterizada por proyectos políticos centrados en una paradoja de desarrollo-subdesarrollo, que victimiza a la clase baja mientras enaltece a la élite económica.

Al final Tívoli podría parecer una “sexycomedia” más, cuando en realidad es un retrato dramático del insaciable urbanismo, un pasaje que termina con la risa envuelta en llanto del “Tiliches” (Arau), quien personifica a todos aquellos que se han visto tragados por el desarrollo de las grandes ciudades.

 

12.06.15 

Omar Villaseñor Zayas


Medio melómano, medio cinéfilo. defensor de lo hecho en México. Director Creativo en @ToppingCreativo. Colaborador en @FilmeMagazine, @CulturaColectiv y @Extraordinerd. Sígueme en twitter: @omarVzayas

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