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El velador o de la terrible belleza de la cotidianidad

por Josefina Gámez Rodríguez


Medio atardece desde la visión borrosa del parabrisas de la camioneta de Martín, nuestro callado y taciturno guía por la ciudad de los muertos, el panteón Jardines de Humaya, en Culiacán, Sinaloa. Desde las primeras vistas ya estamos –como espectadores– frente a una perspectiva absolutamente nulificada –la de Martín–, y a un documental que pretende decirnos todo de soslayo pero maravillosamente.

 

La cámara de Natalia Almada comienza a fragmentar el cuerpo de un hombre, Martín, que conduce a medio ver una añosa camioneta, con la que, a traspiés por el camino, intenta llegar al que veremos es su gran lugar de trabajo. Un huacal a medio construir, donde los albañiles guardan sus herramientas y su irremediable indumentaria, se presenta como un lamentable cuarto hecho de block que hace de alcoba del gran señor velador, al que le espera una larga noche de juerga mortuoria, y nos regala las primeras y casi únicas frases a medio pronunciar de la película: “En la noche nadie puede andar por allá, por las… por entre el panteón”, balbucea Martín con la mirada abierta hacia lo que parece una casita firme de tres pisos con cúpulas y un acabado a todo lujo. Nadie puede ir porque es cuando llegan los capos armados a celebrar, banda incluída, a sus muertos.

Así comienza El velador (2011) y la jornada laboral del enajenado personaje al que la modesta cámara de Almada va a seguir a lo largo de cinco noches, en las que intentará contarnos la historia de un sexenio de altos contrastes, en el que ha proliferado la insania, y que encontró su denso reflejo en el último rincón de la cadena alimenticia de la violencia desaforada: el panteón.

CINCO NOCHES

El tiempo es relativo pero tajante y claro. Parece que la grabación fue un trabajo de casi un año de ir y venir a los Jardines de Humaya con Martín y a captar algunos aspectos valiosísimos para la película, pero la consciencia de gran directora de cine que padece Almada la hizo estructurar su filme en cinco largas noches en que nos vamos a refugiar con el protagonista, mientras las oscuras voces de los noticieros mal sintonizados por la televisioncita del velador van dictando la sentencia de la voz oficiosa e inútil de la guerra, y las oscuras y lejanas bandas van llevando serenata a los muertos idealizados por sus deudos. En otro momento, a las noticias se hilará discretamente (como todo en esta película) un vomitivo infomercial protagonizado por quien fuera un ídolo nacional del cine genital -"su amigo Luis de Alba", se presenta el impresentable- puesto a la misma poca altura que la comentarista Adela Micha, heroína genital del bufé informativo.

El paso del tiempo es el motor de la carcacha que pone a disposición del antojo nocturno suculentos cocos y fruta tan mosqueada como asoleada. Siempre con el radio y la información encendidos y un cigarrito en la boca, el digno tendero se postra fiel a los clientes potenciales que irán llegando, se intuye, a lo largo de las horas sin sol, mientras que Martín riega, como si se tratara de una estoica condena, un pedazo de tierra yerma antes de irse a refugiar de las inclemencias de la noche, a lado de su miserable foquito que irócamente lo retrata como todo un radiante solitario.

Las cinco noches en vela son el espacio propicio para que Martín se muestre pensativo de nada. Su mirada constante va cargada del elocuente vacío que deja un trabajo rutinario e involuntario. Se asemeja a las miradas perdidas de las lonas que ostentan algunas criptas que, en lugar de fríos y "formales" epitafios, exponen coloridas fotografías de los jóvenes (¡uno de 19 años!, casi todos de entre 30 y 40 años) en su mejor momento, orgullosos de la responsabilidad de ser gatilleros, traficantes, billetudos, finalmente héroes en su casa y de su tiempo, pero sin nada que agregar. Ellos muertos y el velador vivo: no tienen nada que decir, no saben qué podrían decir, no les importa y no les es dada la palbra.

ALTOS CONTRASTES

Con el sol, la cámara de Almada se separa del nunca exasperante close-up y nunca fuera de lugar insert que asedian a Martín –que se va a descansar de día–, y se convierte en testiga respetuosa de la vibrante vidita de la necrópolis: los albañiles y los visitantes van llegando a reafirmar su vida, a reafirmar el lugar que ocupan como ciudadanos de una nación que les ha declarado la guerra a sus patrones y a su familia, correspondientemente.

Los albañiles son los hombros que sustentan a esa gran ciudad muerta. Ellos, con su estrechez a cuestas en inserts de su cuerpo fragmentario; sin ni siquiera aspirar a tener un mínimo cuarto con baño para vivir hecho tan sólo con el material sobrante con que levantan esos hogares de almas en pena; pero también con sus ruidos metódicos e inevitables que, exacerbados por el trabajo del fino sonidista Alejandro de Icaza (también con extraordinario trabajo en Los últimos cristeros de Meyer, 2011), van dando forma al lujo impensado e ilimitado de adornos con que finca su porvenir el narco tan mitificable in motu proprio.

Los visitantes se presentan en dos de sus posibles vertientes: los "eventuales", que van con el dolor de la inmediatez, del antojo frugal e infantil, de los gritos sordos de una madre mexicana (“¡Ay, mis hijos, mis hijos!”), a la frescura del concreto de las varias tumbas recién terminadas, y al derroche de arreglos florales en cantidades perturbadoras; y los “fijos”: un misterioso niño gordito en shorts rojos que constantemente se atraviesa en medio del cuadro del velador contemplando sus dominios(ilustración de esta nota), un regalito pictórico de Almada, y una señorona (con Mercedes Benz) de su casa aunque la muerte la separe, una suerte de esclava necrosexual que derrocha cursi amor más allá de la muerte a su esposo caído, y todos los días del hipotético tiempo de la película se presenta (familia –del ausente tan venerado, se entiende– incluída) a hacer asepsia del monumento-casita-GEO muy presentable, ¡minimalista entre todos los demás sitios hiperbarrocos!, en que yace su esposo.

Lo que también da pie a la inesperada y profunda diferencia de clases panteoneras: están los “pobres” gatilleros que se pueden hacer de un espacio recostaditos y agrupaditos a lo largo de una calzada con varias coronas fúnebres que ni caben, que presumen sus lonotas coloridas al extraordinariamente manejado sol de Culiacán, pero que no representan más que una jornada para los albañiles de media cuchara y chalanes; y están los capos que llegan en cuerpo y alma con maquinaria pesada, toda una cuadrilla de maestros albañiles, maestros electricistas y los más avezados y explosivos arreglistas florales y diseñadores de interiores y acabados, para hacerse de un lugarcitote en el que podría considerarse uno de los cementerios más caros de México, siempre en consonancia con la realidad que cobija, fría y calculadora, al espejo de espejos que ofrecen los medios de comunicación.

SEXENIO DE LA INSANIA

Así ha sido el calderonismo: loco, pasivo y desgraciado. Y lo ha contagiado todo de su mugrero. El presidente diría que gracias a su guerrita monstruosa se mantienen ocupadas muchas almas que trabajan para hacer del panteón un locus amoenus, que él no ve problema en eso (y se le atravesaría la agrura de todos los discursos), que es el resultado de su brillante estrategia “amenazadora”.

El presidente diría otras muchas cosas que justificaran la labor loca, pasiva y desgraciada de Martín, pero la verdad ni tendría la razón, ni vería que este es un documental que retrata su gobierno-de-esto-es-vivir mejor que ningún informe de su infausta gestión de algo en nuestro país, ni notaría que detrás de esa terrible cotidianidad se asoma cierta belleza edificante, valga la redundancia adecuada para honrar esos castillos de varilla en constante crecimiento plantados a lado de cruces de piedra caliza y mármol en el atardecer mortecino de El velador, condenado a guardar aquel páramo con claroscuro final tan encomiable como el del epílogo de su filme hermano, Tierra de los Padres (Prividera, 2011).


06.03.12



Josefina Gámez Rodríguez


@PepitaGamez

Maldecida por la conjunción de sus padres, está destinada a desgarrar filmes para ganarse la vida, mientras gusta de prostituirse como divertimento cultural. Si de rostro bizantino, su maquinaria torácica pasa atrevidamente por lo más vanguardista....ver perfil
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