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12 horas para sobrevivir: El año de la elección

por Jeremy Ocelotl

 

Hay una escena clave en la más reciente entrega de The Purge, que no sólo sintetiza el universo simbólico de la trilogía, sino que revela de manera concisa un discurso que parece haber pasado desapercibido por gran parte de sus espectadores. En dicha escena vemos un coche decorado con luces de navidad, avanzando por una calle desierta en la noche de purga (esa en la que durante 12 horas todo crimen es legal, incluido el asesinato) y en su estéreo suena a todo volumen el himno pop de Miley Cyrus llamado “Party in the U.S.A.” Del carro descienden unas jovencitas afroamericanas,  envestidas en su mejor gala para celebrar el evento,  dispuestas a ejercer su legítimo derecho a asesinar a aquellos quienes se han atrevido a ofenderlas (un mexicano y otro afroamericano), para formar parte de esa “fiesta nacional”, instaurada por los Nuevos Padres Fundadores.

En los pocos segundos que duran dichos fotogramas se resumen los temas que se han abordado en esta subvalorada saga de terror, quedando expuesta, de lleno, la crítica política hacia los Estados Unidos que se ha venido cimentando desde la primera entrega.

Pero para llegar a la misma primero hay que acotar cómo ha ido construyendo su particular diégesis esta trilogía. Desde La noche de la expiación (The Purge, 2013), situada dentro del limitado universo simbólico del hogar de Ethan Hawke y su familia en un suburbio para blancos riquillos, pasando por 12 horas para sobrevivir (The Purge: Anarchy, 2014) situada en las calles y con un elenco multirracial, que no sólo redimensiona la violencia en su alcance, esta saga se ve vinculada por una misma premisa que inteligentemente se ve expandida de manera gradual, de la Norteamérica distópica  que ha establecido un día al año en el que todo crimen es legal.

De esta manera y gracias a la estrategia de su guionista y director, James DeMonaco, la tercera entrega, 12 horas para sobrevivir: El año de la elección (The Purge: Election Year, 2016), tiene ya establecida la normalización de la violencia en la cual se desenvuelve su trama y no necesita más que una breve introducción para la misma Además de que termina de rematar su crítica al capitalismo y su depredadora lucha de clases  acompañada de la supremacía racial.

Nos encontramos en el más reciente filme donde la Purga continúa siendo unos de los bastiones políticos de ésta nueva América reformada pero con una sorpresa: la senadora Charlie Roan, vocal detractora de esta dinámica (por sus implicaciones políticas y sociales), planea postularse como candidata presidencial opositora, y una de sus promesas de campaña es terminar de una vez por todas con el evento anual. Acompañada de su guardaespaldas Leo, y un elenco multiétnico, la protagonista vivirá una noche de persecución mientras sus enemigos políticos intentan terminar con la amenaza que representa.

En primer lugar la lucha de clases sociales y el subtexto marxista de la trilogía se afianza por completo. Desde la primera entrega notamos cómo, quienes ostentan el poder económico, se enfrentaban entre sí por causa de una minoría. No se trataba los ricos contra los ricos porque sí, sino por la ayuda ofrecida a los desposeídos. En el caso de la tercera entrega esto se extrapola a las esferas políticas: queda claro que la Purga sirve para eliminar a las clases sociales bajas y las minorías, quienes representan un gasto público que podría ahorrarse. En segundo lugar, la esfera política y las élites (en su mayoría blancas) tienen todo el dinero y poder del mundo para permanecer inmunes durante esa noche de “limpieza”. No solo se habla de una supremacía blanca nada disimulada —apoyada, sin sorpresa alguna, en un discurso sionista/darwiniano que exime de toda responsabilidad a sus autores intelectuales—, sino que también erige a una clase social como los elegidos por la divinidad.

Quizá uno de los aspectos más interesantes del largometraje es que, si bien no abandona por completo su piel de filme serie B con violencia gráfica, además de la utilización de máscaras y escenas de explotación incluidas, se adentra a los terrenos del thriller político gracias al tino de DeMonaco y compañía. El filme se diferencia por abordar de lleno los conflictos polítco-sociales que ya anunciaban sus predecesoras. Para confirmar esto la cinta da un interesante giro en el tercer acto, donde se incluye ya la gestión de una rebelión, por parte de un grupo de presión, liderado y conformado por minorías, lo cual logra acentuar el tono presentado hasta el momento. Como buen thriller político, aquí aparece no ya sólo uno, sino dos planes de asesinato a diferentes funcionarios, distintos entre sí tanto en ejecución como en objetivos.

Por supuesto todo esto sería ineficaz si no se viera acompañado de la compleja, vulgar y cruenta  estilización del filme. Desde el uso de máscaras de la estatua de la libertad, pasando por personajes caracterizados como el Tío Sam e incluso de uno de los presidentes más emblemáticos de los Estados Unidos (Abrahama Lincoln), no deja de resultar disonante ver a estos personajes cometer actos de una violencia tal o los complejos simbolismos que se erigen sobre los mismos y su representación de libertad. También, como en las entregas anteriores, todo el filme se desarrolla en una sola noche, lo cual aumenta la sensación de urgencia que llena la pantalla. Si a eso agregamos la escalada en la violencia presentada al espectador, que se antoja mucho más explícita en este episodio, el filme tiene muchísimas capas de lectura.

SI volvemos a la escena antes descrita, podemos observar todas y cada una de los niveles de discurso. En primera instancia se trata de la celebración de una nueva fiesta nacional, cuyo alcance y dimensiones solo pueden ser equiparadas con un 4 de julio; luego la legitimación de la violencia ya no hacia fuera sino hacia dentro de un territorio y entre sus propios habitantes (no como defensa de una amenaza, sino como la normalización de la destrucción de los unos a los otros); seguimos con el elemento que se nutre del chovinismo más ramplón y populachero, como lo demuestra la banda sonora, reflejando una Norteamerica superficial y podrida.

Tenemos, entonces, un país donde las mismas minorías y desposeídos han sido convencidos de que eliminarse entre sí es un derecho y uno que se ejerce con gozo, por voluntad propia, como lo demuestran las chicas afroamericanas dispuestas a matar. Mientras que las clases altas observan y se enriquecen.

Nos damos cuenta pues que le tomó a James De Monaco tres películas mostrarnos que su universo ni es tan distópico, ni tan lejano, ni exclusivo de Estados Unidos. Es una crítica a una situación ubicua y actual, disfrazada de serie B y exploitation.

 

11.09.16

Jeremy Ocelotl


Yo, como Cecilia en la Rosa Púrpura del Cairo, voy al cine y termino teniendo romances con los personajes. Comunicólogo por la UNAM, crítico matriculado en la escuela de la autodidaccia.....ver perfil
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