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Batallas íntimas

por Brianda Pineda Melgarejo

 

La proyección del documental Batallas íntimas (Lucia Gajá, 2016) terminó y la sala llena del Centro de Cultura Digital despidió al ritual bidimensional con un prolongado aplauso. ¿A qué se debió la franca reacción del público? La respuesta es sencilla: el filme oscila de Helsinki a Nueva Delhi, de Sevilla a la Ciudad de México pasando por Nueva York y muestra, en casa, sitio donde hace escala, los testimonios de experiencias violentas que distintas mujeres, sobrevivientes todas de matrimonios siniestros, entregan a la cámara.

El sentido de verdad al que aspira el documento visual se apoya en este instrumento. La cámara, soporte de un proceso que, como dijo su directora, Lucia Gajá, “dialoga con dos necesidades vitales”: una, enfrentar a las mujeres que aparecen en el filme a un autoconocimiento en donde sean capaces de expiar sus rezagos de culpa y sus miedos, canalizándolos en los avances que día a día logran al encarnar su autonomía (en el trabajo, en sus decisiones sexuales, amorosas y familiares, en los roles sociales que les permiten brindar apoyo y orientación educativa a los miembros de su comunidad); dos, romper el silencio y los estigmas que giran alrededor de un fenómeno tan repetido hasta lo común en cada país: la violencia doméstica.

La esperanza está en visibilizar la vida íntima de estas mujeres como un conjuro que logre exorcizar los tabús que convierten a la violencia dentro del noviazgo y matrimonio en un secreto. La importancia del testimonio, en casos tan convencionales como éste, reside en su capacidad educadora. La savia amarga de la experiencia violenta es una sustancia que compartida en retrospectiva, y por mujeres que burlaron al fuego o a la muerte, sirve no sólo para sanar sino para evitar futuras heridas.

Como sobrevivientes, algunas de ellas no sólo han superado con valentía los estragos de una violencia nacida muchas veces desde la infancia, sino que se han unido a organizaciones, refugios y fundaciones a favor del bienestar de la familia y la mujer. Una de las mujeres americanas del documental, trabajadora social en un refugio neoyorkino, cuenta frente a la cámara que ahora ve y siente a las mujeres como sus hermanas. ¿Cómo no querer ayudarlas a cruzar ese abismo? ¿Cómo no querer evitar que caigan y terminen por unirse al lamento de las estadísticas, amortajadas en una bolsa de plástico o desaparecidas a torturas? Ella, habitante del Bronx, tras cientos de episodios desafortunados, cuenta que una noche, tras ser violada “sistemáticamente”, sodomizada y agredida por su esposo, escapó después de golpearlo en la cabeza y tuvo que correr desnuda por la calle hasta conseguir ayuda de la policía (¡institución para la que trabajaba su esposo!); temió en ese lapso de tiempo por la vida de sus hijos pues en un arrebato psicótico el agresor amenazó con matarla a ella, luego a sus hijos y finalmente acabar con el crimen suicidándose… por fortuna tuvo que contemplar tan sólo una vez más, antes del arresto, una imagen siniestra pero inofensiva: su esposo estaba sentado en el sillón, cargaba sobre las rodillas a su hijo pequeño y fingía leerle con paciencia y cariño un cuento de Walt Disney. Ahora, ya liberada de esa condena marital, ella sirve como puente para que historias como la suya no se repitan. Educa no sólo a mujeres sino a niños cuyo futuro está en ser hombres.

Una de las ideas fundamentales del proyecto que durante ocho años elaboró Lucia Gajá es la siguiente: la infancia tiene un gran peso a la hora de construir actitudes en torno a la violencia; atender esta edad como padres y maestros es importante, pero también en el caso de aquellos que por uno u otro motivo crecieron rodeados de este tipo de comportamientos agresivos (y terminaron por imitarlos), con una infancia que habita hace ya muchos años el pasado, es importante e inaplazable como primer paso el comprender que la violencia es una conducta aprendida y por lo tanto se puede desaprender.

El documental en su faz antropológica es una herramienta desmitificadora. Los cinco testimonios, geográfica y socialmente dispersos, muestran las trampas a las que se orilla una y otra vez, por medio de las convenciones tradicionales, a las mujeres. Lo sagrado del matrimonio suele ser un anzuelo para hacer válida una vez más esa terrible creencia de que ellas tienen que soportar las calamidades que sus madres, tías, abuelas y vecinas tuvieron que vivir. una situación similar en incongruencia espiritual ocurre con el temor que las lleva a resignarse a un calvario doméstico por no convertirse en las culpables de ver desintegrada una familia aunque ésta esté más que rota. Situaciones más, situaciones menos, Batallas íntimas hurga en los malos hábitos del imaginario colectivo que juzga a las mujeres que viven la violencia como una suerte de entes que practican un culto (sado)masoquista personalísimo y bien merecido por el sólo hecho de permitirse. El conflicto es más complejo.

Una de las invitadas a la exhibición en el marco del programa de Ambulante afirmó que la situación de desigualdad entre hombres y mujeres no es sino el “caldo de cultivo de la violencia”. En la mayoría de casos las mujeres tienen que escapar con sus hijos y arreglárselas solas y “pese al sistema de justicia” quien, contrario a su supuesta inclinación humanista, suele ser uno de los principales obstáculos a los que tendrán que enfrentarse todas aquellas que con dignidad protesten contra la violación de sus derechos y autonomía.

Batallas íntimas es un largometraje fresco, conmovedor y entregado a la seria curiosidad de la directora que salvo algunos acercamientos o cortes vertiginosos suele mantener una armonía intrigante a la hora de hacernos querer ver más de las historias que capturó el lente. Lo ideal sería su distribución consciente a nivel nacional, su proyección en múltiples espacios del país pues su condición de obra reflexiva y feminista obliga a quien tenga las posibilidades de movilidad y gestión en instituciones públicas a darlo a conocer como un documento importante en defensa de los derechos humanos de la mujer.

Celebremos que una cineasta mexicana haya creado un documental de carácter universal; que su perspectiva poética reúna en la cinta entrañables paisajes humanos, urbanos, sonoros y diversos acercamientos a un interior humano expresado en los objetos que acompañan a cada mujer retratada, en el anonimato exterior de las fachadas que a pesar de su inmovilidad dicen mucho a colores y estilos de las funciones e historias femeninas que en su interior se ocultan del impasible cielo y sus atardeceres desnudos.

 

21.04.17

Brianda Pineda


@brryanda

Xalapa, 1991. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Ganadora en dos ocasiones del Premio Nacional al Estudiante Universitario Carlos Fuentes. Ha publicado reseñas y artículos en La Palabra y el Hombre y rese....ver perfil

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