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I Love Hooligans

por Fco. Javier Quintanar Polanco

El ámbito deportivo es el lugar propicio donde nacen y se alimentan pasiones encendidas. Algunas de ellas, intensas, inundan al fanático de tal o cual disciplina y le contagian un desbordado entusiasmo o admiración por un atleta o equipo, filtrándose a veces en su cotidiano e invadiéndolo hasta convertir su afición en todo un estilo de vida.

Sin duda, el futbol es uno de los deportes donde ese fanatismo irrefrenable es más propenso a generarse, alcanzando en ocasiones niveles demenciales, donde los hinchas de un equipo son capaces de todo con tal de demostrar su amor a la camiseta… incluso de agredir a otros aficionados. Cuando esto último se vuelve una norma, es obvio que se ha cruzado la línea de lo deportivo, para convertirse en algo más sombrío, más visceral, más primigenio. Es en ese lado oscuro del balompié donde se mueven los Hooligans.

En cine, ha habido varios acercamientos a estos personajes, siendo el más recordado de ellos Hooligans - Defiende a los tuyos (Green Street Hooligans, Alexander, 2005) que ya lleva dos secuelas. Pero sin duda, uno de los trabajos más profundos e impactantes en torno al tema lo constituye I Love Hooligans, la primera obra cinematográfica del neerlandés Jan-Dirk Bouw.

¿Qué impulsa a los aficionados a transformar su pasión deportiva en una obsesión salvaje y violenta? La pregunta es desmenuzada a través del testimonio de un hincha que, para preservar su anonimato, es representado en pantalla por medio de una serie de dibujos animados, bajo la dirección de Joris Bergmans.

En este híbrido entre el documental y la animación, el entrevistado narra como a temprana edad nació su amor hacia el futbol: “fui ‘mordido por el insecto’ inmediatamente”, así describe sus primeras sensaciones en el momento en que fue llevado a un partido, y cómo esta experiencia se vinculó directamente con su entorno y educación al interior de la familia.

De ahí, continua relatando como su afición fue escalando hasta que esta se impuso y volvió parte de todas las facetas de su vida personal: “El club es todo para mí. Es mi mayor pasión, está en mis venas, está conmigo en cada momento consciente, incluso en mis sueños. El amor al equipo es para siempre, es eterno. Ese sentimiento sólo se fortalece”.

Siendo una pasión tan abrasadora la experimentada por él, cuando su equipo es vencido en la cancha se vuelve algo doloroso. “Cuando ellos pierden, te rompen el corazón. Lo siento muy profundo”. Y tales derrotas lo llenan de un enojo que estalla en agresiones hacia los rivales, lo cual es explicado por imágenes de varios hinchas golpeando a sus contrarios, mientras el personaje lo justifica diciendo que su equipo “Puede perder el partido, pero aún podemos ganarlo afuera”.

Justo en este inaudito razonamiento, se hace una revelación igual de impactante: la de que para poder encajar en el grupo, el protagonista debe mantener su identidad sexual fuera de reflectores. “Cuando voy a un partido, mi lado gay tiene que esconderse. Luego solo soy un Hooligan”. Y explica que para poder adaptarse, tiene que fingir, hacerse pasar por uno de ellos, y suprimir sus impulsos, ya que de otro modo sería su perdición. “He aprendido a fingir. A vivir en dos mundos”.

Sumido en tan compleja dicotomía, el personaje sigue, de algún modo, siendo un marginado entre la multitud. Así que para completar el mimetismo deseado por el hincha emplea la violencia como vía de escape a su frustración, a su impotencia de no poder asumir plenamente su preferencia sexual. Por un instante, el “maricón” simbólicamente sale de su cuerpo, y se va hacia sus puños los cuales se estrellan en el rostro de esos otros adversarios a los cuales denigra espetándoles con ese término. El “marica” es exorcizado por un rato, y es transferido a los contrarios que no son parte de su tribu. Y su disfraz de bestia rabiosa y salvaje se perfecciona, volviéndose una de ellas.

I Love Hooligans propone una profunda reflexión sobre hasta qué punto una persona tiene que renunciar a su identidad y rasgos personales con el único fin de sentirse parte de algo, de sentirse integrado en un clan exclusivo, donde la amistad y solidaridad masculina toman el lugar de las pulsiones y necesidades individuales, y/o son paliativo para evitar la sensación de soledad y marginación. Y terminan por hacer que el individuo poco a poco se disuelva en el anonimato, se diluya en la masa, se vuelva todos y ninguno.

 

17.08.17



Fco. Javier Quintanar Polanco


Comunicólogo egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. Editor del fanzine independiente A.T.P. de 1987 a 1992. Actualmente, es colaborador en las publicaciones electrónicas Revista Cinefagia y El Patas.Net. ....ver perfil
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