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Las tinieblas

por Roberto Farquet

 

Del director de Táu (2012), Daniel Castro Zimbrón, llega a nuestras pantallas un filme de logrado terror psicológico, sin duda inspirado (aunque en ningún momento pretenda ser un remake) en el largometraje estadounidense It comes at night (Shults, 2017), el cual nos mostró este mismo año a un desesperado Joel Edgerton quien, debido a las impredecibles circunstancias de la ciencia ficción, se ve en la necesidad de proteger a su esposa e hijo de un mundo exterior post-apocalíptico.

En Las tinieblas, Brontis Jodorowsky interpreta a Gustavo, un atormentado padre de familia con la misma responsabilidad sobre sus hombros, quien, a diferencia del personaje de Edgerton, recurre al miedo como herramienta de manipulación para apaciguar sus propias inseguridades, manteniendo a sus hijos atemorizados ante la idea de abandonar el hogar, cuando él es el aterrado ante el prospecto de perderles.

Hay, en efecto, una bestia afuera, y a pesar de que en un momento dado podríamos pensar que se trata de la vulgar creación de una amenaza imaginaria por parte del sobreprotector hombre, no es sino la exacerbación de una muy real; un brillante recurso para crear temor donde es preciso que exista. Deambulando entre las tinieblas se encuentra algo de terrible omnipresencia, invisible pero en definitiva abyecto. Su forma se materializa constantemente detrás de nuestros ojos gracias tanto a la magistral música de Carlo Ayhllón; a cuyo compás la espesa bruma (en definitiva un personaje más) danza entre los pálidos árboles, como a una muy bien lograda fotografía que, si bien se aparta de la clásica penumbra a la que nos han acostumbrado otras películas del género, transmite un innegable sentimiento de desolación.

A pesar de esto, los pequeños no están del todo conscientes (o al menos convencidos) de la realidad de dicho peligro. Es por ello que su padre se ve en la necesidad de infundirles ese sentimiento de aversión, los mantiene seguros al establecer que el mundo exterior no lo es, de lo contrario, se aventurarían ciegamente a un destino funesto. El atormentado hombre es víctima de la manipulación que él mismo ha impuesto. Vive en su propio mundo, absorto en una rutina de supervivencia acompañada de pensamientos angustiosos perceptibles en cada parpadeo y gesticulación de Jodorowsky. Es captor y protector, es inhumano y sin embargo, no se le deshumaniza por completo. Autor de actos terribles y víctima a la vez de la desesperanza, el miedo, y la tristeza. Guardián y carcelero, hace lo necesario para mantener segura a su familia, aunque eso signifique sacrificar a la misma. Existen reglas que no deben romperse, y hay castigos severos para el que lo hace. Sus hijos no son más que títeres en una obra cuyo propósito real se tergiversa, y el joven Argel, interpretado por Aliocha Sotnikoff (Reconciliados, 2014) lo resiente. Hay culpa en el rostro del padre también, y podemos verlo odiarse cada vez que mira con desprecio la botella después de cada trago de licor.

En la mitología griega, encontramos las leyendas relacionadas al Laberinto de Creta, construido por Dédalo a petición de Minos, en el cual se mantenía encerrado al Minotauro, y sería también prisión de Dédalo y su hijo Ícaro. En Las tinieblas, la presencia que domina el bosque juega el papel del Minotauro que acechaba el intrincado laberinto. El mundo exterior en la cinta logra extenderse infinitamente entre el ominoso bosque, y su naturaleza nos hace recordar a los numerosos vericuetos del proverbial laberinto, cuyos ecos y murmullos aconsejan regresar a la seguridad del calabozo. Encontramos también a Ícaro en el personaje de Marcos (Fernando Alvarez Rebeil), el mayor de los hijos de Gustavo, quien también desobedece a su padre y cae en desgracia por sus acciones.

Es exactamente así como se nos presenta una prisión dentro de otra: en la búsqueda desesperada de la llave para una puerta sin cerrojo. No hay libertad fuera del cautiverio, ni mejor alternativa. Sin embargo existen secretos por develar, motivaciones nacidas del deseo inherente de permanecer con vida. La incertidumbre sobre el destino de Marcos genera dudas en Argel, quien poco a poco se revela en contra de su padre, acusándole de falso. Existe de esta manera una historia del crecer, a pesar de todo lo anterior. El mayor de los hijos restantes se ve forzado a madurar y convertirse en el protector de su hermana pequeña, Luciana, interpretada por Camila Robertson Glennie, quien es constante aunque doloroso recordatorio de la voluntad humana de vivir incluso mientras se espera la muerte.

Al mismo tiempo que pasamos de la agorafobia a la claustrofobia, empatizar con Gustavo se vuelve sencillo, sobre todo en el excelentemente logrado final de la película. Queremos que Argel y Luciana logren escapar pero al mismo tiempo no deseamos que dejen la seguridad de la cabaña, tememos a Gustavo, pero nos aterroriza la idea de que abandone a los pequeños. Se advierte también en el filme del peligro y las consecuencias que trae la benevolencia, especialmente en un mundo en el que sobrevivir no implica conservar nuestra humanidad. Afuera no existe nadie que no haría lo que fuese para mantenerse con vida, y el largometraje de Zimbrón lo expone crudamente.

No hay espacio para negociaciones ni tomas de poder. Esto se hace evidente cada vez que el padre ve amenazado el control que posee sobre la vida de sus hijos, ampliándolo más allá del círculo familiar para evitar una sublevación. Repentinos e infructuosos intentos de los subyugados por cortar los hilos que les controlan, se frustran una y otra vez a causa de un personaje que simplemente tiene todo y a la vez nada que perder. La piedad es un simple y efímero espasmo que busca ser suprimido de inmediato apenas rasga la superficie… y con toda razón.

 

14.11.17

Mr. FILME


@FilmeMagazine
La letra encarnada de la esencia de F.I.L.M.E., y en ocasiones, el capataz del consejo editorial.....ver perfil
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