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Alps: los suplantadores

por Adriana Bellamy

 

El más reciente largometraje de Giórgos Lánthimos, Alps: los suplantadores (Álpeis, 2011), es una mirada lacónica y frontal sobre el arte de la simulación. Una gimnasta, su entrenador, un chofer de ambulancia y una enfermera forman parte de un grupo que se reúne periódicamente en un gimnasio para planear su extraña y clandestina tarea: cada integrante se turna para suplantar a personas recientemente fallecidas dentro del contexto familiar.

 

Desde las primeras imágenes Lánthimos nos brinda una estructura circular. Distinguimos la rutina de gimnasia rítmica de una chica (Ariane Labed, a quien recordamos como protagonista de La vida según Attenberg, 2010) al compás de los Carmina Burana, mientras la observa su entrenador. Después los vemos discutir sobre la elección de la música, característica que el director retomará como elemento central en la secuencia final, que nos remite a esta escena. A partir de ese momento, Lánthimos construye una serie de viñetas sobre la vida de estos cuatro personajes centrada en las experiencias durante el proceso de sustitución, así como en las interrelaciones del grupo.

La manera en que se elige cuál integrante tomará el lugar de la persona ausente, qué rasgos debe asumir, las conversaciones con los familiares que aportan datos sobre la vida y el comportamiento del ser querido, entre otros, son elementos aparentemente regulados por normas legítimas, pero ejercidas de manera atroz. De ahí, el contenido simbólico y paradójico del nombre Alpes, elegido por el chofer como líder del grupo, ya que la imponente cadena de montañas representa la imposibilidad de ser reemplazados y, sin embargo se vincula con la condición precaria, dependiente de cada uno de sus integrantes. Así tenemos uno de los momentos más impactantes del filme, cuando la enfermera —quien miente para sustituir a una joven tenista que muere en un accidente automovilístico—, después de ser expulsada por el líder, irrumpe en la casa de los padres para seguir interpretando su papel, aferrándose al simulacro como su propia identidad.

De tal forma, los personajes de Lánthimos transitan entre la soledad, la ausencia y la pérdida, siempre transmitida a distancia por las estrategias de elipsis narrativas y el efecto de la composición visual. El director duplica las divisiones internas del encuadre, a través de un uso sistemático del espacio segmentado por puertas, ventanales y mosaicos. Cuerpos cortados en cuadro, proximidades regidas por cambios de foco al interior del encuadre, primeros planos asfixiantes y extremos, emplazamientos excéntricos de la cámara, en fin una puesta en escena que aprovecha las posibilidades de expresión de la pantalla ancha.

El juego de espejos de una realidad permutable y simulada (en la idea de hiperrealidad baudrilleardeana), que nos conduce también al propio proceso representativo, toma en Alpes la forma de una violencia transmitida mediante la economía narrativa. En este sentido, Lánthimos continúa la vena temática abordada desde su película anterior Diente de perro (Kynódontas, 2010), sobre las causas entre lo genuino y lo falso, la búsqueda de la identidad y la artificialidad de los medios de construcción del sentido, que determinan los criterios de relación entre distintas formas de existencia.

 

22.10.12

 



Adriana Bellamy



Maestra en Literatura Comparada y Licenciada en Letras Inglesas por la Facultad de Filosof√≠a y Letras de la UNAM. Se desempe√Īa como conductora del Cine-An√°lisis en la Divisi√≥n de Educaci√≥n Continua de la Facultad de Psicolog√≠a de la UNAM, ha sido docente en la Facultad de Filosof√≠a y Letras y sus √°reas de....ver perfil
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