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Rápida y furiosa irreverencia

por Rebeca Fortul Rebull


Durante algunos años me negué terminantemente a sentarme dos horas a ver Rápido y furioso (Cohen, 2001). ¿Mis razones? Mis pocos talentos al volante, no me prenden los autos, o los güeyes mamados de gimnasio, ni mucho menos el reggaetón. Además mi moralina que me decía “Dichas películas son un atentado en contra de la sociedad, de la dignidad femenina y afectan seriamente la concepción de la realidad en los espectadores”.

Alguna vez en un desenfrenado repaso de los canales de películas vi un cacho de una de los filmes de la saga (ahora sé que fue la 3, subtitulada Reto en Tokio (Lin, 2006)), y noté una escena de una grandeza estilística perturbadora: una bodega llena de mujeres semidesnudas bailando al ritmo de algo que parecía un sampleo interminable, donde una serie de tipos espantosos jugaban a ser los padrotones de la carnicería. Bastaron dos minutos para que yo decidiera apagar la televisión. Me parecía insufrible someterme a ese tratamiento de espectador retrasado.

Tiempo después, por voluntad propia y en señal de justiciera que no puede juzgar lo que nunca ha visto, decidí sentarme a ver la primera película. Tenía que empezar por el principio, pues temí que con tan complicada trama no fuera yo a entender las otras cuatro que ya habían salido hasta de cartelera. Bien, respiré profundo y me senté a ver la película. Cierto es que, desde que comienza la película, contiene tanta carne y tanta acción que provoca algo de morbo. Como prólogo, un policía encubierto parece coquetear con una mujer que atiende un restaurante en el que no se paran ni las moscas, pero la mujer está leyendo, posible señal de que la película contiene un elevado sentido de la intelectualidad (je). Close up: lo que hojea es una revista de autos.

La historia está ambientada en Los Ángeles, ciudad en la que, al parecer, por los pocos choques que se producen a las grandes velocidades a las que conducen los protagonistas, creo que nadie más que los grandes conductores protagonistas manejan. El policía encubierto se hace amigo de un sospechoso de ratero; la hermana está guapa, se la liga. Se une a la banda de ladronzuelos y al conocer el cursilón pasado del líder (Vin Diesel) entiende que no es mala persona, sino que roba por necesidad (digo, ¿quién no necesita un Charger tuneadísimo? ¡Necesidades básicas!). Al final, pese a ir en contra de su trabajo, deja escapar al ladrón, se convierte en un policía corrupto y se queda sin novia y sin amigos. ¿Fin? ¡N’ombre!

Ahí viene la segunda parte (digamos que me la salté, para ahorrarle a usted lector un exceso adrenalínico purgante) y luego la tercera, que por sentirme atraída por la cultura oriental me decidí a ver sin tanto remilgo. ¡Sorpresa! No sale nadie de la primera película. Parece no una secuela, sino un timo, no hay continuidad, la ciudad de Tokio es algo parecido a Las Vegas con tantas luces y pura nipona en traje de Sailor Moon versión más stripper, y confieso que me la aventé completa porque me gusta el japonés que sale comiendo dulces o papas o sepa la chingada qué todo el tiempo. Alguien me dijo “¿Viste Karate Kid, la de China (Zwart, 2010)? Pues es lo mismo, pero el tipo no aprende kung fu, sino que aprende a manejar en lugares cerrados”.

Hay una cuarta parte, en donde tuve que hacer un riguroso esfuerzo por acordarme de qué había pasado en la primera, pues ahora sí salen todos, otra vez. Fácil: matan a la novia del ladrón, y éste, por querer vengarse, une fuerzas con el ex policía, se enfrentan a un narco que no conoce una forma más discreta de pasar droga del sur (siempre del sur) hacia Estados Unidos, más que con autos de lujo manejados por expertos. Todo se complica cuando no saben bien quién es el líder de la banda, pero asombrosamente al final logran matarlo, consumar la venganza, vuelven a ser amigos todos y para que todo quede en familia, ahora el ex policía también se queda con la hermana de Vin Diesel, quien cae preso por vengar a la amada caída en combate.

Después de tanto desmadre y de que ya todos se querían tanto, no pueden dejar que Dom Toretto, tan bueno él, se vaya a la cárcel. No: hay que ayudarlo a fugarse. Ahí empieza la 5, y una vez fugado, claro, Brasil es la solución, vámonos a bailar danza Kuduro, pues para mejorar el reparto ahora el reggaetonero Don Omar no sólo canta la pieza principal del soundtrack, sino que también es un piloto, medio güey, pero ¿cómo negarse a los cinco minutos de fama cinematográfica? En Río, ya todos más jodidos por los años y sin un clavo de sus antiguos robos planean ayudar a robar carros, pero Vin Diesel no tiene un pelo de tonto, y se da cuenta que algo raro pasa ahí. Manda a su hermana a que se robe un carro que por azares del destino es el único que el director de la misión quería, ¡y es que trae un chip! Sí, un chip que tenía que traerlo en un carro de lujo, nuevamente para no levantar sospechas. Cuando Toretto y el ex policía descubren que el chip contiene la ubicación de 10 casas de seguridad, donde un corrupto político (perdonen la redundancia) guarda más de 100 millones de dólares. Deciden atracarlo, pero entre tres, imposible. Hay que llamar a toda la banda de las otras 4 películas.

Al mero estilo del llamado de don Gato cuando toca el bote, todos llegan desde distintas partes del mundo, y para que nadie se sienta excluido llega un par de negros (uno muy inteligente y el otro muy parlanchín), dos latinos (uno muy positivo y Don Omar, que la lleva de patiño), un japonés (un camaleón que nadie notará con el chingo de japoneses que debe haber en Río), y no podía faltar una mujer (una flaca que llega con muchas pistolas en su motocicleta, por aquello de que no se fuera a notar machista o misógina la película ¿no?).

Bien. Con la banda de ladrones estrella completa, trazan un plan en el que pese a traer al FBI buscando a todos, consiguen autos, una bodega vacía que sirve de guarida, una caja fuerte del tamaño de una casa grande de las favelas y hasta hay tiempo para el romance y la camaradería. La hermana de Toretto está embarazada, así es que no está de más ir previniendo las secuelas para nuestros futuros hijos. El plan maestro les falla, pero deciden jugárselo todo o nada, y ya sin discreción alguna meten patrullas a robarse la caja fuerte, que por sus dimensiones sólo podría abrir el Cristo de Corcovado, y hacen tan tremendo destrozo por toda la ciudad que ni la lana que se están robando puede pagar los daños.

En la escena principal de acción, The Rock, policía incorruptible, se ve amenazado por los vándalos del político. Toretto le salva la vida, y con eso logra que al alcanzarlo, The Rock le dé chance de 24 horas para escapar. Todos los amigos muy contentos se van con la lanota a diferentes lugares y pretenden empezar una nueva vida ahora ya sin actividades ilícitas.

Ahora entiendo todo el furor, los chavitos y alguno que otro treintón, cuarentón o cincuentón forever young, de verdad creen que la felicidad de la vida consiste en viejas buenas, que en todas las películas se muestran muy cristianas, muy religiosas ellas; en autos rápidos y faroles, en que la policía te siga; y en la fama de rebelde que te hace más hombre y en una lana que ni en los sueños más chaqueteros van a conseguir trabajando 24/7 en sus oficinas. La felicidad se consigue de manera ilícita, pero eso sí, con mucha camaradería, con el apoyo de la familia y con una mente tan simplona, que basta obtener todo lo anterior para vivir en paz.

Sin duda alguna el cine es el creador de los sueños, el creador de irrealidades, también de esperanzas ¿por qué no? Yo ya me bajé de internet (para empezar con la ilegalidad) mis rolas de Don Omar; he empezado con mis clases de catecismo para ver si me ligo a un raterillo con cruz de plata en el cuello; estoy pensando en tomar clases de manejo para conseguirme ya muy jodido un Corvette e ir subiendo el rango en los arrancones de Iztapalapa. Sí, a huevo: la felicidad a 250 km/h.

Y ya fuera de jalada, la verdad es que dicha saga sí me ha causado mucho más entretenimiento que otras películas del mismo tipo. ¿Que por qué? Fácil, porque es tanto el derroche de ficción que a veces necesito acordarme que el mundo afuera también puede ser evadido por medio del cine, de la risa catártica por una trama tan absurda, por medio de esas infravaloradas películas palomeras. Sigo pensando fielmente que estas películas son una afrenta a la mujer, a la educación vial y, para acabar rápido, a toda forma de vida real en nuestro planeta, pero debo admitir –ya sin pena– que espero la sexta entrega, próxima a estrenarse en mayo, porque para cafres al volante sin chiste ya me basta con los peseros. Y sólo como medida preventiva, para aquellos que sí se sientan los rápidos y furiosos, acuérdense que no están en un set, que su Jetta destartalado no va a lograr hacerlos ningunos héroes y, de paso, que las viejas buenas no los van a pelar a menos que pongan el auto a su nombre.

¡Bendita ficción!


12.02.13



Rebeca Fortul Rebull


Entusiasta de las letras, ferviente creyente del arte y su poder reivindicativo. Seguidora de la realidad a través de la ficción. Directora de sus errores, guionista de sus monólogos y espectadora de la tragedia humana. Ser humano de tiempo completo.....ver perfil
Comentarios:
13.03.13
viridiana dice:
un placer y un gusto leerte como me rei y luego llore de tanta ficcion jajajaja,y con gusto te acompaño a ver la sexta por que a mi si me gusta el mamado de vin diesel jajajaja y bueno con tus comentarios la pelicula aun sera mas amena y divertida jajaja
12.05.13
Yazmn Espinoza dice:
jaja morí de risa, yo también me resistía a verlas, peor caí...y sí, también espero la sexta en unos días! Me encantó tu forma de escribir, twitter, blog o algún medio por el cual seguirte los pasos muchacha?
comentarios.
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