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Porno charro

He aquí un valiente llamado de atención desde la Ciudad de los Ángeles por el porno de calidad en nuestro país. Una inusitada arenga a los creadores fílmicos industriales que sólo se atreven medianamente a asomarse desde una ventanita soslayada a este mundo prohibido. 

 

por Omar Villaseñor Zayas

 

Una de mis autoconsignas, que en ocasiones llega a ser flagelante, es analizar al cine nacional. Y en cuanto F.I.L.M.E. puso manos a la obra en torno al porno, en un principio pensé en morderme el reboso y revisar cintas que en sus secuencias ofrecieran escenas que pudieran considerarse como porno blando. Películas como La mujer del pueblo (Rotberg, 2000), Asesino en serio (Urrutia, 2002), El búfalo de la noche (Hernández Aldana, 2007) o incluso Daniel y Ana (Franco, 2009), pero luego vinieron a mi mente obras con cierta carga erótica: Como agua para chocolate (Arau, 1992), El callejón de los milagros (Fons, 1995) o hasta Sexo, pudor y lágrimas (Serrano, 1999); finalmente, y por último, recordé las denominadas sexycomedias de la época dorada del cine de ficheras.

Pero no. De un día a otro me encontré buscando películas pornográficas mexicanas de buena o mediana calidad entre cines para adultos, tiendas eróticas y puestos de piratas. Repasando en la mirada senos y falos descomunales tan falsos como las representaciones sexuales que se exhiben en los minutos de video que guardan. Leyendo títulos tan patéticos como “Moteles” y “Chicas universitarias”.

Así me vi, y es que en mi natal Puebla, una de las ciudades más mochas del país (89.2% de población de creencia católica), me resultó difícil encontrar una cinta nacional de este estilo. Ni el Pardavé, ni el Colonial, ni el Teresa mostraban en sus carteleras, llenas de producciones gringas y europeas XXX, algún material resueltamente mexicano.

Ni siquiera en “La Fayuca”, ni la “Cuchilla” (mercados de piratería) pudieron dar respuesta a mi búsqueda y mucho menos las llamadas sexshops de la ciudad lo lograron. Por lo que no me quedó más opción que recurrir a la red, al internet. Pero ¡oh, sorpresa!, me encontré con una nueva barrera, los buscadores sólo me arrojaron resultados de sitios que ofrecen únicamente videos porno, sin historia, sin argumento, sin guión, sin una estructura fílmica o, por otra parte, videos caseros, todos subidos alevosamente sin consentimiento de la fémina videograbada, generalmente.

¿Pero es que acaso uno ya no puede disfrutar de un buen producto pornográfico mexicano? ¿Alguna vez esto fue posible? Al parecer no. A pesar de que la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México guarda en sus anaqueles títulos tan añejos como El sueño de Fray Vergazo, que data de los años 20, (que narra un encuentro sexual con un sacerdote como protagonista, a todas luces desconcertante para la época, aunque por eso carezca de firma) no se tiene gran avance en este lado de la industria.

Mientras que la pornografía asiática (principalmente Japón, Corea y China) y claramente la estadounidense (donde en 2008 se filmó la cinta porno más cara de la historia, Pirates II Stagnetti's Revenge, Joone) encuentran grandes ganancias económicas, la mexicana se encuentra lejos de compararse con ellas, en todos los sentidos.

Por poner un ejemplo del impacto que tiene esta industria en el país vecino del norte, actualmente se está debatiendo, legalmente, la obligación del uso de condón por parte de sus estrellas, ante el descubrimiento de actores infectados por alguna enfermedad de transmisión sexual.

Pero yendo al punto que nos concierne, sí, sí pude encontrar una película porno mexicana, al menos uno de los legendarios videohomes: Liliana y Lorena (Sosa, 1994). Esta barrabasada de 84 extensos minutos mezcla una pésima dirección con una nula interpretación, además por supuesto de nefastas fotografía, música, edición, etcétera. La historia, que va de lo risible a lo grotesco, toca temas como el adulterio, la violencia femenina y el narcotráfico, rematando con un melodrama familiar, género nacional por excelencia. Todo esto entremezclado con escenas propiamente pornográficas de la misma calidad, que ofrecen, bajo planos detalles de los genitales, el viejo mete y saca –por cierto con gemidos pregrabados–.

¿Es necesaria una industria pornográfica nacional? No lo sé. Lo que me queda claro es que hay un público que la exige. Aquél que no deja morir los cinemas xxx. Aquél que acude a sitios web con estas temáticas. El mismo que lo vuelve decadente al buscar solamente una satisfacción inmediata sobre su necesidad de placer sexual básico, inocuo.

 

11.10.13

Omar Villase√Īor Zayas


Medio melómano, medio cinéfilo. defensor de lo hecho en México. Director Creativo en @ToppingCreativo. Colaborador en @FilmeMagazine, @CulturaColectiv y @Extraordinerd. Sígueme en twitter: @omarVzayas

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