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El cine a modo I

El cine a modo I

Juan Orol, celebrando al genialmente infame rey del churro mexicano.

Juan Orol (1897-1988), ese enorme e involuntario genio incomprensible que surgió en la cinematografía mexicana, era capaz de todo con tal de hacer una película, su gran pasión luego de su extraña idea del “bajo mundo”.

En su vida fue tan parco como su alter ego de celuloide, Johnny Carmenta, y como buen director de cine: corto de palabra, verbalmente inexpresivo. Un buen día el crítico de cine Emilio García Riera le cuestionó el no haber roto en mil pedazos un ventanal que era parte de una singular escena del crimen: una ráfaga de metralleta (modelo Thompson 1928) acribilla a un grupo de individuos sospechosos que se hallaba sentado frente al ventanal y, no obstante de que el gatillero no presenta el menor rasgo de tener el control sobre la dirección que le da al cañón de dicho subfusil, el vidrio que estaba detrás de los violentamente asesinados queda intacto luego de la balacera.

García Riera, podríamos suponer, aducía razones para suponer que se había cometido algún error de continuidad y coherencia escénica, pero de inmediato fue increpado por Orol: “¿Y qué? ¿Usted me iba a pagar los vidrios rotos? Y además ¿cree usted que el público va a ver vidrios rotos al cine?”, dejando en claro cómo concebía el hecho cinematográfico, cómo se enfrentaba espontáneamente a las problemáticas estructurales de la imagen en movimiento.

A la luz del próximo estreno de El fantástico mundo de Juan Orol (ópera prima del otrora cinefotógrafo Sebastián del Amo, 2012), vale la pena detenerse a ponderar el cine de ese brillante realizador nada convencional, inclasificable, único y a la vez impresentable.


Publicado originalmente en 2011

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