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El resto del mundo

Fisiología de las Casas

por José Antonio Morales Malagón // Ipso Facto

 

Un biólogo comienza a hacer cine de manera autodidacta. Pablo Chavarría Gutiérrez es originario de Nuevo León y miembro de Sierra Madre Oriental ―colectivo/grupo de cineastas, colegas y amigos que comparten una visión sobre el cine y la creación―. Después de un par de becas y tres producciones [Cynomys (2010), Terrafeni (Premio a Mejor Largometraje de Nuevo León en el FICMonterrey, 2012), Tapetum Lucidum (2013)], trae ―o quita― a la luz su película más reciente: El resto del mundo (2014).

Documental a medio tiempo (73’), de horizontes recortados contra el nublado cielo de una San Cristóbal de las Casas amarilla. Escindida, una familia trata de entenderse a sí misma y a su abstracto entorno: la lagartija entrega sus colores con inocencia cuando se mira, la lluvia cede una entrevista, la amplitud del espacio oscila incomprensiva. Sin embargo, pocas cosas se mueven, tienen que detenerse ante su continua existencia. La cámara observa tratando de entender.

Alejandro: padre noble, pelado, vulgar, tatuador, casi artista abstracto, mediante la manipulación piedras y café semipreciosos; Kiara: hija comemocos, resentida, medio abandonada y dispersa, de abuelos queretanos, cabello limpio y madre en Mexicali. Ambos refugiados en la estrechez de un cuarto, comparten un patio internacional con dos inmigrantes y una amante del cine. Cerrado el semicírculo, el resto del resto del mundo marcha en silencio.

Patishtán hace sonar su cara en el papel acardenalado de las manos de un silente, el cielo amoratado atardece sobre Chiapas y la indignación anochece sobre las bocas relegadas en su misma tierra. Estos restos de vida se entregan a nuestra mirada sin caer en cuenta de sus colores, insinuándose como misterios angustiantes ante los afilados ojos vulgarmente.

Fuera del sello, la cámara observa desorientada: demasiado cerca o demasiado lejos, cámara bisturí o cámara ecológica. La disección mantiene vivo al espécimen y su corazón palpita. Debe ser cuidadosa. Lo que antes era forma y ahora es corte no puede mirarse, al menos no a simple vista si se le ha dado la desmembrada pausa por coreografía. Desde el vórtice de la danza todo parece fijo. Hay que salir y observar, inmóvil como ella, para encontrar su impaciencia.

Un rostro nuevo, intruso, recién enamorado, hace eco del berrinche desesperado con comprensión. El peine fino y el cabello limpio y cuidado relucen bajo la sombra del mocoso reproche juguetón. La semi-familia aparece como familia en toda su extensión vista de cerca: todos son hermanos al jugar bajo la comunidad de los tendederos. Los golpes finales son amorosos. El corte de la pausa, del paisaje eterno y salvaje, selvático, no llega a las profundas intimidades orgánicas. El infarto es falso.

El espacio de las recámaras expele lo íntimo hacia el exterior. Las nubes constantes, sin embargo, nos impiden ver sus alcances. La imagen trunca deja un guiño por retrato. No se logra ir a contracorriente y nos quedamos en el umbral donde termina la intimidad.

Su tiempo íntimo, inalcanzable, obliga a recrear una musical juventud perdida, pero el dolor presente sólo insinúa la nostalgia. Acaso inevitable, esta situación es un reflejo de la inconsciencia propia del entendimiento pueril de la entrevista que, aunque lúcida, no encuentra en quien reflejarse. La pregunta por Dios recibe su respuesta por omisión y se cae al vacío. No hay reconocimiento.

En El resto del mundo el retrato no termina de revelarse, impidiendo la empatía unitaria de lo orgánico. Se enfocan las oquedades y los tumores con cubrebocas. Pero los planos mutilan la unidad del cuerpo y el montaje entorpece el lento ritmo de la danza, ya de por sí difícil de alcanzar.

 

09.03.14



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