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¿Cómo saber a qué sabe el amor?

Amor a la carta

por Andrea Sánchez // Ipso Facto

 

Tengo una amiga que dice que a los hombres se les conquista por el estómago.  Creo que ésa es una idea universal, tan universal como el amor. O más bien, la esperanza de volver a sentirlo. Un afán tan romántico como el papel, como las cartas a puño y letra.

¿Cómo saber a qué sabe el amor? A veces puede estar salado. En otras ocasiones picante. También puede provocar indigestión. O simplemente ser delicioso. ¿Cómo saberlo? El realizador, Ritesh Batra, intenta responder a esta pregunta con su primer largometraje Amor a la carta (Dabba, 2013).

Un lugar: Bombay. Un servicio único: Dabbawallah, que encarga de transportar comida a las oficinas. Una lonchera en una bolsa verde. Una mujer: Ila. Un hombre: Saajan Fernandes. Y el repartidor equivocado que dejó el paquete en el lugar correcto. Estos son los ingredientes de la cinta.

Ila (Ninrat Kaur) es una mujer que ha sido olvidada por su esposo, que pasa todo el día sola en su apartamento, cocinando y, en ocasiones, charlando con su tía que vive en el departamento de arriba. Pero está muy sola y triste; sabe que su esposo tiene una amante y sabe también que las carencias en su matrimonio no se solucionarán.

Saajan (Ifran Khan) es un viejo contador que está a punto de jubilarse. Es viudo y está solo. Pero un día recibe la lonchera equivocada. A pesar de que los repartidores aseguran que su servicio es totalmente eficiente, tanto que les es imposible confundirse, la lonchera que contenía la comida que Ila había preparado tomó el camino equivocado y llegó a manos de Saajan.

Ila se percata de esto y le escribe a Saajan, y luego éste le escribe de vuelta, de tal manera que se convierten el uno en el confidente del otro. Los aromas, los sabores, los condimentos de cada lunch que recibe Saajan, son emociones, historia. La comida evoca memorias de la infancia de Ila, como son algunas canciones, y también algunos recuerdos de Saajan, quien perdió a su esposa pero la encuentra en algunos espacios, lugares como un viejo hospital, pero también en un sillón vacío frente al televisor donde se reproduce el videotape de una serie cómica.

Amor a la carta parte de dos hechos comunes de la región. En primer lugar, los matrimonios acordados donde las esposas, que son olvidadas por sus maridos y abandonadas en sus apartamentos, están alejadas del amor y acorraladas por el compromiso como ya lo describía Deepha Metha en su cinta Fuego (1996) –en dicho filme, dos mujeres casadas inician una relación lésbica porque sus maridos las ignoran; a una, porque el esposo ha hecho una promesa de castidad, a la otra porque el esposo amaba a la amante y sólo se había casado porque era lo que los padres querían. En segundo lugar, otro hecho es el del servicio de almuerzos, los famosos Dabbawallah de Bombay, un servicio único en el mundo, practicado desde hace 125 años. Y que se popularizó con la cinta Quisiera ser millonario (2008). Ambos elementos se conectan para reflexionar acerca de la memoria, de la memoria conjunta.

Tengo otro amigo que dice que las emociones –todas– se acomodan en el estómago, por eso, cada lunch en la cinta es capaz de explicar las cartas que envía Ila a Saajan, cada alimento simboliza una historia, el peso de ésta en la memoria de los personajes. La ingesta de los alimentos es la asimilación de las historias, de las emociones e incluso de las posibilidades.

En una carta que escribe Saajan a Ila, le dice “muchas veces olvidamos las cosas porque no tenemos a quién contárselas”. Y a partir de lo que se muestra en la puesta en escena, la comida que preparaba Ila para su esposo eran cosas que contarle, cosas que poco a poco fue olvidando porque que la lonchera llegaba llena,  como si no hubiera a quién contarle algo, o bien, una negativa del receptor, un no querer escuchar. Por esa razón a los hombres (y a las mujeres también) se les conquista por el estómago, porque quizá no estén dispuestos a escuchar, pero sí a comer, y en la comida está sazonada en eso que queremos expresar.

¿A qué sabe el amor? A almacenes de la memoria, cassettes, periódicos viejos, series de tv; a lugares, escuelas, hospitales, a juguetes y joyas antiguas, a cartas. A todo aquello que podemos compartir, aquello de lo que podemos a hablar, a aquello que podemos cocinar. A todas esas cosas que guardamos sólo por románticos.

 

20.04.14



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