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Las horas muertas

por Crhistian J. Benítez

 

La pasión descarriada por las fabulas del deseo, la intención del conspicuo romance del graduado, el fatídico encuentro con lo sublime. El rollo alentado por las palabras de bienaventuranza. El gimoteo que se escucha tras los muros, las puertas, la habitación. El agitado golpe que surge dentro del ombligo de la juventud reforzado por las fantasías. La complejidad haciendo de las suyas y el rostro amistoso del niño incapacitado para ser el hombre: su hombre.

Un personaje invisible: la soledad. Aquella es tan intimidante como necesaria ante las vicisitudes de cualquier individuo. Soledad podría traernos al encuentro con uno mismo o rozarnos con la desdicha de creernos en perpetuo silencio. ¿Qué papel funge la soledad ante las decisiones de ser con los otros y ser consigo mismo? Por lo  menos eso nos hace preguntarnos, en principio, el FILME Las horas muertas (2013) del director Aarón Fernández.

Estrenada en el extranjero a finales del año pasado, después de haber obtenido el premio a mejor contribución artística en la vigésima sexta edición del Tokio International Film Festival, y que la ateza figura de Rudo y Cursi (2008), Adriana Paz, se llevase el premio como mejor actriz en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2013, por su protagónico de Miranda. La película llega a las pantallas comerciales mexicanas para contarnos una balada jarocha que poco suena entre los rincones de un motel.

Aarón Fernández, cuya ópera prima fue Partes usadas (2007), ha mantenido su intención por desarrollar situaciones que confieren el pensarse mexicano. En esta entrega elige a Veracruz como su marco contextual, ya con ello, podemos pensar desde la trinchera del citadino que la lenta aventura que nos espera, pero no por ello es un filme que carece de ganchos que nos envuelven en la trama. Hasta el título nos previene de padecer esto.

Fernández involucra a un joven de 17 años llamado Sebastián, interpretado por Kristyan Ferrer; chico en proceso de resignificación y deseoso por las pasiones carnales. Se le encomienda el motel de su tío que por motivos de salud necesita salir de Costa Esmeralda y no tiene a quien más encargar de tan grata y aburrida labor. Sin embargo se verá involucrado con Miranda, portento de mujer, que no figura en los estándares de un bisoño, como es el buen “Sebas”.

La breve relación que juegan ambos personajes se desliza por la espumosa agua que dejan las olas a la orilla de la playa, recordándonos versos de Efraín Huerta. El nebuloso y opaco cielo veracruzano infiere nostalgia a las veces que en cuadro vemos a una Miranda ensimismada, aburrida, sin senso en la brújula, sentada entre las piedras donde choca el mar y te muestran el faro de Tecolutla.

A pesar de ser una narrativa novelesca, pues encontramos como elementos al amor no correspondido y al tan esperado caballero que se marchó antes de llegar, el cuento se logra en las veces que la protagonista sugiere el pensar las relaciones e historias que se quedan en rinconcitos de amor, en este caso un motel. Aquí es donde la forzada actuación de joven galante que realiza Ferrer, incita al espectador a perfilar a las parejas que acuden a los cuartos, entrando en una especie de juego voyerista. 

“A mí ya se me fue el tren”, confiesa Miranda al muchacho. El personaje femenino resignado a su suerte y empotrándose en sus tacones para robar un poco de tiempo y atención a hombres comprometidos, aquellos que pueden jurarle por un momento, su leal cariño. Y el personaje masculino, que va llegando a una terminal para comenzar los juegos torpes del cortejo. Finalmente todo se resume a ese ritual: primero la decepción de la experiencia y después, la gratitud  por lo aprendido. 

 

18.05.14      

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