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La edad atómica

por Carlos Rgó

 

Cuando los recursos económicos son limitados, el grado de expresión en los elementos fílmicos utilizados es idóneo para observar la creatividad del realizador. Éste es el caso del primer largometraje de Héléne Klotz, que utiliza pocos elementos para contar la historia de dos adolescentes: Víctor (Eliott Paquet) y Rainer (Dominik Wojcik) abordan un tren para iniciar un recorrido nocturno por las calles de una París decadente y lúgubre.

El alma de los personajes está íntimamente ligada con la búsqueda de placer, en una discoteca, en las calles o en el interior de un bosque. El placer que motiva los sentimentalismos y los quiebres de varios personajes es el motor para pensar su existencia y, sobre todo, a París como un lugar emocional. Entre los planos y contraplanos en las escenas y una paleta de colores de neón a sepia, tonos grises, negros y azulados: la luz es uno de los elementos primordiales en La edad atómica (L’áge atomique, 2012). El trabajo de Hélène Louvart, como fotógrafa, es extraordinario para explorar las posibilidades de los objetos como principios de atemporalidad en la narración. Su trabajo en Pina (2011) de Wim Wenders o con directores como Christophe Honoré, le da un atractivo más a la ópera prima de Héléne Klotz.

En los colores, hay una dinámica sombría, no así en el guión, el cual subordina unas ráfagas de entusiasmo a una pobreza en el desarrollo de los diálogos. El naturalismo en las actuaciones proyecta un número reducido de posibilidades. Hay poca sorpresa, sí mucho tejido visual que incluye un elevado número de silencios: “Nunca el ruido del mundo será más fuerte que su silencio”[1], puede servir como fórmula para entrar en la película. Sugiero dos elementos a destacar: la luz, es decir, el color, por un lado; por otro, una imagen que nace en el interior de los personajes: el vacío. Si conectamos la luz con la imagen del vacío que los personajes alimentan en los 62 minutos que dura el largometraje, hay un elemento que pasa de visto, a hacerse visible: la curiosidad.

Las imágenes acontecen como paraísos artificiales que dan lugar a una atmósfera disminuida y de nulas esperanzas. Estamos en una Ciudad luz que, paradójicamente, se encuentra sin luces deslumbrantes, ni grandes marcas, en cambio, tenemos peleas callejeras, robos, noctámbulos subterráneos, que encuentran en un bosque el amanecer de sus inquietudes. Estos personajes experimentan y es ahí donde está su martirio: en la búsqueda empírica del conocimiento. Ambos personajes están curiosos, uno sueña mientras recita poesía por las noches, otro quiere tener su primer encuentro sexual y sobrevivir al vacío. A uno, lo detiene Rilke; a otro, la amistad. Nada sale como ellos quieren. Todavía están a medio camino entre lo que desean y la construcción de sus fantasías; gracias a ello, hay una conexión palpitante con una sensación universal dentro del filme: la juventud, que invita a recorrer los momentos de duda y confusión, amistades inolvidables, rechazo o pequeñas victorias llenas de energía con una agudeza particular. Si la pobreza o la poca sorpresa en los diálogos me parecen relevantes de notar, todo queda justificado en la búsqueda del placer para luchar contra el vacío.

Con un aroma a Joy Division, según Klotz, con los Stone Roses y Elvis Presley entre las referencias musicales que atraviesan la película o con vibraciones emotivas inspiradas en Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock, el largometraje tiene una suerte de ajedrez y motiva la contemplación de una historia de juventud que hace movimientos en el tablero de la existencia. Si la curiosidad nace de un modo de pensar, es en primera instancia porque nace de un modo de sentir: ese modo de sentir plantea el compromiso con una manera de actuar y dejar la comodidad de la opinión o la utilidad inmediata en segundo plano, en favor de una búsqueda existencial por encontrar el imperativo que da sentido a las acciones de los personajes.

Ganadora del Premio FIPRESCI en el Festival Internacional de Cine de Berlín en 2012 y el Premio Jean Vigo a la Mejor Ópera Prima[2], La edad atómica formará parte de una trilogía sobre la juventud que la realizadora francesa entregará en los próximos meses. Y valdrá la pena revisar.

 

25.06.14

 

[1] Merleau-Ponty, Maurice, Lo visible y lo invisible, Seix Barral, 1970.

[2] No olvidemos que el Premio Jean Vigo, que se otorga a realizadores jóvenes, fue ganado por directores como Chris Marker, Jean-Luc Godard, Alain Resnais o Bruno Dumont.



Carlos Rgo


@Rgock

Con estudios en Letras Hispánicas y Filosofía, se interesa por las artes plásticas y el cine. Actualmente escribe una tesis sobre literatura mexicana del siglo XX y cursa un seminario sobre teoría y crítica para abordar la imagen y las prácticas fotográficas.

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