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Mórbido 2014: Murakami y Wolfcop

por Julio César Durán

fotos cortesía de Francisco Suárez/Imagen Latente

 

Para el primer día de actividades oficiales, entre tanta sangre y ente oscuro, lucha libre en el zócalo poblano y tecnohorror, el adelanto de la esperada secuela de Kilómetro 31 y exposiciones de arte pop (bastante mórbido por supuesto), los puntos relevantes de la jornada para el séptimo Festival Internacional de Cine Fantástico y de Terror, a consideración de un servidor, fueron las exhibiciones de la ópera prima del artista plástico Takashi Murakami, Jellyfish eyes (2013) y la canadiense de horror-comedia, Wolfcop (Lowell Dean, 2014).

 

Por un lado, el arte pop psicodélico del célebre Murakami llega ahora al séptimo arte a través de una excéntrica fábula que combina animalitos digitales con un vistazo accesible al mundo espiritual vs el estado vs la tecnología. En el filme, un pequeño niño recién llegado a una nueva ciudad con su madre (que ha enviudado) se topa de manera fortuita e inmediata con un ser traído al mundo accidentalmente gracias a un experimento hecho por siniestros adolescentes mitad sacerdotes de un culto lúgubre, mitad científicos locos.

El contacto entre Kurage-bo, una creaturita muy similar a las medusas, y el niño se hará tan cercano como el clásico encuentro de E.T. con otro niño sin figura paterna: Elliot. Aquí, con una narrativa más vistosa, llena de texturas que a ratos nos recuerda al Miyazaki de Ponyo o en todo caso de Mi vecino Totoro, va a estructurar un argumento que avanza velozmente hasta entablar un drama sobre la amistad, los sentimientos, la tecnología mal usada y el carácter de unos infantes que se conectan rápidamente con estos seres digitales llamados A.M.I.G.O.s.

No obstante ser una película para los pequeños de la casa, el grave incidente de Fukushima se siente por todos lados. Hay en Jellyfish eyes una fuerte preocupación por la experimentación tecnológica desmedida. Sin duda, la maldad que se cierne sobre los niños del filme y sus pequeños monstruos amigables, está alimentada del ego y la tristeza, en mucho provocadas por las catástrofes nucleares y la neurosis devenida de la tecnología.

El autor, Takashi Murakami, en su visita presencial al estreno en México (con sede en el Teatro de la Ciudad, clavado en el centro mismo de Puebla), comentó al público  que hacía tiempo deseaba dirigir una película y cuando ocurrió el terremoto, mismo que desató la radiación y consecuente contaminación radiactiva en Fukushima, la historia lo encontró a él.

“Tengo una gran preocupación por la radiación que aún existe” –comentó Murakami. También habló sobre su estilo particular de arte, al que se le ha llamado “Superflat”, del cual adelanta que no hay mucho de ello en su ópera prima, sino que más bien se trata de un filme futurista y con influencias de el cine o videojuegos de artes marciales –como Street Fighter, afirma – y de su entusiasmo por las artes marciales mixtas tan famosas ahora por la UFC.

 

En otro orden de ideas, la primer función de medianoche, que comenzó con un elegante retaso también en el Teatro de la Ciudad, fue presentada por Pablo Guisa con unos kilos de maquillaje encima muy bien hechos. El evento fue la exhibición de la esperada película, Wolfcop.

Como con la gran mayoría de obras del cine de género, Wolfcop no tiene sobresaltos ni situaciones inesperadas… salvo la transformación del pene del protagonista a cuadro, quizás. La historia es sencilla, el borracho Lou Garou –transliteración de werewolf desde la lengua francesa, culturalmente identificado por el Lobo-hombre de Boris Vian– es un pésimo policía en un pueblito perdido del Canada llamado, Woodhaven donde año con año se celebra el festival “Drunken hunt”, misteriosamente cancelado cada 32 años con sendas muertes completamente sangrientas relacionadas a ello.

El argumento avanza de manera muy veloz, casi cual episodio de serie de televisión acerca de cosas sobrenaturales, de manera muy obvia y referenciando (con su “marca de la bestia”, el conocido pentagrama invertido) por supuesto al padre de los hombres lobos en el cine: The wolfman (1941). Lou será victima de un ritual cuasi satánico y se convertirá en el licántropo del lugar, manifestado poca preocupación al respecto pero si bastante curiosidad a causa de algunos fantasmas de su pasado.

La película, fuera de ser un simple divertimento muy bien enclavado en el género fársico, queda a deber al submundo fílmico de los hombres lobo. Con algunas puntadas que caen en gracia, como los geniales personajes de soporte o lo que bien podríamos llamar una escena erótica de zoofilia, Wolfcop no tiene nada más que ofrecernos que una serie de secuencias gore por supuesto divertidas que llegan ya bien arrancada la segunda mitad de la obra y que sostienen el verdadero tono hasta que nuestro licántropo se convierte en un justiciero paranormal que bien arranca cabezas de ladrones u olfatea metanfetaminas a kilómetros de distancia

Sin duda el filme es risible y en ello se encuentra su valor, pero el arco narrativo y las acciones son bastante obvias. Quizá el logro sea traer de vuelta el mundo de la brujería al universo de los lobos cinematográficos y mezclarlos con rituales satánicos hechos por algo muy similar a reptilianos… esperemos la secuela.

 

15.11.14

Julio César Durán


@Jools_Duran
Filósofo, esteta, investigador e intento de cineasta. Después de estudiar filosofía y cine, y vagar de manera "ilegal" por el mundo, decide regresar a México-Tenochtitlan (su ciudad natal), para ofrecer sus servicios en las....ver perfil
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