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FICUNAM 05. Los ausentes

Ahora México

por Miriam Matus

 

Un viejo está de pie ante la vegetación; sólo nos deja ver su espalda desnuda. No quiere mirar, pero principalmente, no quiere ser mirado. Parece que se ha convertido en fantasma. Ha esperado tanto el regreso de los ausentes, que su cuerpo se ha desvanecido colándose por en medio de sus huesos. De él nada más quedan los recuerdos reflejados bajo una mirada infinita, dispersa, insistente en consultarle a la ventana si un buen día alguien volverá, o si, quizás, es él mismo el que se ha marchado. Tal vez, cuando alguien regrese, le ayude a liberarse de la silenciosa sombra que le ha arrebatado su propia presencia.

Su tumba y única reliquia, es la misma casa en la que habita: se trata de un lugar imposible de abandonar, por tratarse del punto de encuentro al que los que  partieron, habrán de retornar.

La morada es íntima, impenetrable a pasos sonoros, sólo la cámara (de Diego Romero) puede conducirnos de manera sutil por la estancia del viejo desnudo, como si fuésemos invisibles, espías o testigos secretos de una corporalidad desgastada y prohibida –que muy rara vez sale a cuadro en producciones mainstream–, y que aquí se dibuja a partir de tenues claroscuros, que permiten dilucidar quién es aquel misterioso anciano, gracias al contacto que sentimos por medio de los pliegues que se narran con la fotografía.

Pese a la suerte del cálido encuentro, pocas son las veces que tenemos la fortuna de quedarnos estáticos: los paneos juegan como una mirada evasiva, y se desentienden cautelosos cuando se alejan del lugar en donde acontecen las cosas (¿o es que también acontecen en otros lados?). Los movimientos de cámara suceden bajo una suerte de metáfora de la mente ausente: dispersa, esquiva, en búsqueda permanente, o con la pretensión de encontrarse con aquellos que prometieron regresar. Las huidas son constantes y en ocasiones impertinentes, sobre todo en el momento del juicio aquel en el que el anciano pierde su propiedad; en lugar de permanecer atentos ante el dictamen, nos vemos obligados a voltear hacia la viva calle, que se nos aparece relatándonos un breve episodio documental. Probablemente  era imposible escuchar enunciados ininteligibles de una burocracia anquilosada e inmóvil, similar en analogía a 2 vacas viejas indispuestas a dar un sólo paso más. Escapamos, pues, por alguna calle de Pochutla, esperando encontrarnos con los que ya no están.

 

… Un viejo está de pie, adverso a la vegetación. Ahora voltea hacia el frente, y parece que ya no esconde nada. Mira y busca ser mirado; está a punto de relatarnos su propia historia.

 

Junto con la pérdida legal de su casa, el hombre trae de vuelta a uno de los ausentes (tal vez porque piensa que así evitará ser desterrado de su propia tumba). Parece que lo ha traído con la memoria, bajo un desdoblamiento de sí mismo que nos presenta a una versión suya en tiempo pasado, o quizás presente, pero con la piel más joven.  Parece un soldado que se ha herido la oreja, o un sicario que ha vuelto de la sierra. Su aparente juventud, nos permite quitarle al anciano los prejuicios de la santa vejez, y mirarlo ahora como un hombre cualquiera, sin ese baño de inocencia que protege a las personas mayores de los juicios severos. Es un hombre solitario, que puede ser violento, o no; inocente, pero tal vez culpable, y que con su transitar por la casa –cada vez más mimetizado con el del anciano–, nos deja menos claro, si él es el delirio o quizás el delirante.

Pero es antes de comprender los recovecos de la psique y deshilvanar la locura, que nos encontramos con un derrumbe –ya sea el del viejo, el del joven, o el de la casa que los albergaba a ambos–, y entonces sí, las preguntas revolotean entre la las bocanadas de tierra que resultan de los escombros: si ese recinto desaparece, si alguien destruyen sus paredes, el portal y su ventana ¿a qué lugar llegarán los ausentes?, ¿por dónde veremos su arribo de entre la maleza? Y peor aún ¿a dónde se irán los fantasmas que ahí habitan?.

Cuando los recuerdos son demolidos, es probablemente el momento en el que podemos ser libres. El pasado se hace añicos y entonces no hay otra opción más que caminar hacia adelante, abandonar las sombras que nos habían invadido el rostro y dialogar con todas las identidades que componen nuestra existencia.

Guadalupe al fin es liberado de la casa, así como probablemente de una parte del personaje, y bajo esa autonomía de expresión, se subleva ante la pantalla enunciando su propia voz. No es aquel otro que el cine de Rivero (Mai Morire, 2014) plantea como anodino y desértico de palabras; muy por el contrario, se escapa de la mirada del lente occidental, insistente en retratar al mexicano pobre bajo el mito (místico/mágico/romántico) del taciturno que sólo mira sin pronunciar un simple sonido.

En Los ausentes, Pereda no sólo narra la historia de un desdoblamiento por abandono y destierro, sino que, para cerrar, le propone un desafío a su propia dirección hasta lograr lo que muchos no se han permitido: ausentarse; porque sólo invisibilizando sus mitos y silenciando su voz, es que podemos escuchar los relatos en primera persona de aquellos a quienes sólo hemos entendido a través de ficciones impuestas, las mismas que han exotizado al otro y marcado distancias infinitas.

¿Cómo vas a saber quién soy yo, si jamás me has permitido pronunciar una sola palabra? (diría algún desterrado de su voz).

 

03.03.15

Miriam Matus


@MatusOnTuits

Je ne suis pas infâme, je suis une femme. ....ver perfil

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