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The Revenant: profundamente latinoamericana

 

por Daniel Valdez Puertos

 

The Revenant, con todo y spoiler, es más bien otro lujoso banquete de cinematografía esteticista irreverentemente precioso, al que nos tiene acostumbrado Lubezki. Es también muchas películas (Praxedis Razo dixit) pero es sobre todo un soberbio compendio de múltiples referencias a modo de guiño que harán las delicias del cinéfilo empedernido. Es una película en la que mucho cabe, es una película portmanteau.

No al modo tosco y paródico de Tarantino, no como el enciclopedismo romántico de Godard, ni mucho menos como a la Woody Allen; las referencias contenidas en The Revenant están esparcidas delicadamente sobre la tundra de su infierno congelado. Es este filme un homenaje a la historia del cine consagrado, a la formación del director en espléndido código poético, y a sus raíces profundamente latinoamericanas. ¿Cómo? Así de simple: desde el comienzo.

El fundamento esencial de la primera escena, esa batalla de cinco minutos, que tan bien puede docuficcionar la lente de 12-22 mm de Lubezki petrificando sus cielos rasos a la Gabriel Figueroa, cual estalactitas, o como si de un filme de Kalatózov se tratara; esa batalla campal, como si de estudiantes de diferentes secundarias se tratase, entre las privadas y las públicas, o entre pandillitas de condominios multifamiliares antagónicos se tratase, se extrapola hacia el conflicto primigenio de la dominación de la región norteamericana, entre los Pawnee y los tramperos mercenarios norteamericanos en busca de pieles de oso. Es muy latinoamericana, pues esa batalla sabe bien el autor y el fotógrafo, cómo se vivieron. Era muy común en México haber experimentado enfrentamientos de ese calibre en 80's y 90's. Y como dicen los memes, si no lo viviste, no tuviste infancia. Pero hay razones más relevantes para decir que The Revenant es profundamente latinoamericana y multicinéfila.

El sentimentalismo. La camaradería. El compadrazgo. La lealtad. Valores que apuntan hacia una fraternidad que los anglosajones no tenían en absoluto en esas circunstancias de superviviencia. Esos valores encarnados en el mayor Andrew Henry ( Domnhall Gleesson) quien comisiona cuidar de Glass de tumba a ras de la tierra tras el ataque de la osezna, y tan solo por un puñado de dólares, pues su empresa se ve malograda y es triste (Herzog, Fitzcarraldo, 1982). Estos mismos valores se ven en el joven Jim Bridger (Will Poulter), pero que Fitzgerald ( Tom Hardy, que excelentemente se transforma, pues no se parece a si mismo ni un momento) viene a ser el mal, el otro oso. Maniqueísmo de un filme del siglo XXI, donde el versus buenos y malos se erosiona por el rebase de las condiciones existenciales de su empresa absurda, repito, por un puñado de dólares. Y todo esto es irreal.

Es así como The Revenant maneja todos los registros de realismo, e incluso genera nuevas categorías. No es un western. Es un paleo-western que repasa desde el infrarrealismo, realismo, realismo mágico, hiperrealismo, fantástico e híbridos. Y estas categorías, no vienen a ser más que profundamente latinoamericanas.  Si bien Todorov, Borges y Casares se entretuvieron leyendo lo que encontraban de sentido en la literatura china y nórdica, es que vieron algo de la realidad que les comunicaba en su latinismo. Eso lo recoge Iñarritu tal cual.

La irrealidad se demuestra aplomo. La cámara se mancha para decirnos que esto es un filme. La infrarrealidad deviene de lo anterior, pues nos resistimos a creer que es un mero filme, pero nos hacemos cómplices de esta ilusión de circunstancias infrahumanas, violenta y cruenta, cual 127 horas,  (Danny Boyle, 2010) o incluso como Alive ( Katheleen Kennedy, 1993) Ambas basadas en hechos reales.

Sin embargo la realidad está fuera de la imagen, está situada en el relato mismo, y es cuando ya hemos empatizado con las circunstancias; y nos morimos de frio; y nos duele la garganta; y los brazos; y trastabillamos para ir al baño o para adquirir un poco de comida, aunque sea carne de búfalo semicrudo.  

Pero es también, sobre todo, por el amor filial, porque su compañero mató a su hijo, es el amor filial lo que demuestra más que nada Iñarritu, su hijo marginal, su hijo quemado, sus flashbacks cual Gladiador (Ridley Scott, 2000)  pero más hacia el lirismo como Padre e hijo ( Sokurov, 2003, una de las más bellas películas sobre el tema) y desde luego como motivo de venganza y fuerza vital para renacer, en Kill Bill (2003 y 2004).

No obstante, el discurso narrativo, casi etéreo, nos avienta flechas puntiagudas para voltear nuestra mira hacia direcciones inesperadas. Es ahí cuando ya estamos inmersos en un mundo alucinante. El realismo mágico y el cine de inmersión. Ahí nos mantiene Iñarritu/Lubezki.

 

La madriza de la osa.

Esta escena mantiene una postura. Es descarnada porque la violencia está en exacta justificación. La osa razona más que el hombre. Podemos escuchar un diálogo aunque no exista. La osa dice: Estate quieto. No te voy a comer. Pero estate quieto y deja a mis oseznos pasar y a mí vivir. Pero no se estuvo quieto. Es que los humanos no entienden que no son compatibles con el territorio de los osos (Grizzly Man, Herzog, 2006)

El realismo mágico

Y bien, el realismo mágico en The Revenant lo descubrimos en otra parte. Y es la más latina de todas. La escena en la que hace fuego con el aliento en ese clima infrahumano. Tras invocaciones. Casi rezando. La escena en la que por enfrentamiento con la bestia se hace bestia y adquiere sus poderes de supervivencia como transformación, renacimiento mágico (Bravestarr, o Vaquero Galáctico, (¿Se acuerdan de esa caricatura? que tiene fuerza de oso, mirada de halcón, oído de lobo, agilidad de puma) ). Por otro lado, también existe lo fantástico-hiperreal y lo encontramos al momento en que vuelve a renacer del caballito que destripó para no morir cual Luke Skywalker en el planeta Hoth ( Lucas, The empire strikes back, 1980)

Al final, Glass es un perfecto desclasado. No es pawnee ni es norteamericano. Es un náufrago abatido en las colinas níveas, (Naufrago, Zemeckis, 2000) Que termina como en Titanic (Cameron, 97) con el agua hasta el cuello; y que sólo la benevolencia humana de los oprimidos, que asumen ya una terrible dominación, perdonan su vida y lo ven con desprecio. Entonces, para mí, creo que sí es un socavar desde Hollywood, mensajes detonadores, estratégicos, quizá de murmullos, sobre las políticas migratorias que se prospectan en ese país y su recalcitrante dominación. Por eso creo que es profundamente latinoamericana. No creo que gane el Óscar a mejor director, en absoluto. Pero si pasara en un plano fantástico, ocurrirían cosas determinantes en todos los niveles de la cultura cinematográfica en México. Algo que a U.S.A. no le conviene. 

 

25.01.16

Daniel Valdez Puertos


@Tuittiritero

Textoservidor. Lic. en Técnicas de la alusión con especialidad en Historia de lo no verídico. UNAM generación XY. Editor en Jefe y cofundador de la revista F.I.L.M.E. Fabricante de words, Times New Roman, 12 puntos. Es....ver perfil

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