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Creed

por Rebeca Fortul Rebull

 

Creer o no en una nueva versión de la saga de Rocky es cosa solamente de aventurarse. Uno debe saber qué va a ver y no esperar una cosa totalmente diferente de lo que ha visto. Si acaso lo que se espera es que no le quiten a uno el recuerdo de un personaje que se ganó su lugar en la historia del cine con tremendas golpizas. Es por eso que yo invariablemente tuve que sortear las caras de hueva de algunos conocidos míos, adeptos al cine de arte (sea lo que sea que eso signifique, para ellos) cuando propuse que fuéramos a ver Creed al cine. Ni modo, iré yo, porque a mí Rocky me significó muchas cosas.

Era una empresa arriesgada, después de 40 años, retornar a la figura del semental italiano que tanta fama obtuvo, sobre todo si la última, Rocky Balboa (2006), salió casi tan amoratada como Rocky en su enfrentamiento contra Apollo en el 76. Y si a eso le sumamos que Rocky ya no figurara como personaje principal, sino como actor de reparto entrenando a un muchachito desconocido, que no sabíamos si podía con un protagónico de tan nostálgica potencia, el arrebato podía salir caro.

A decir verdad yo tenía mucha fe cuando compré mis boletos para verla. Películas malas y aburridas he visto muchas, pero Rocky no se contaba entre ellas, así es que sin tanto darle vueltas al asunto me introduje en la sala con la esperanza de ver algo que mínimo no me arruinara el grato recuerdo. A veces gano, ésta fue una de ellas. Creed es de esas películas que uno debe ver sin mayores pretensiones, sólo para pasarla bien y de paso agarrar un poco de coraje para inscribirse a un gimnasio. Me gustó porque creo que Ryan Coogler tuvo el buen tino y el respeto necesario para no querer descubrir ningún hilo negro en una historia que ya se había contado con mucha gracia; quiso emular los puntos climáticos de las viejas películas con cierto tono moderno, pero que no arrastrasen por el suelo la memoria de los seguidores de la historia.

Michael B. Jordan resultó un protagonista muy carismático, papel por demás difícil el que cargaba, pues no es cualquier cosa no opacarse ante un personaje que ya llevaba varias peleas ganadas en seis películas anteriores. Ser el hijo ilegítimo del excampeón Apollo Creed fue un primer acercamiento para que el espectador no rechazara de inmediato al junior arrogante, al niño consentido que todo lo tenía y ahora también quería la fama del difunto padre. No, el bastardo Adonis no tenía ni el apellido, tenía el Mustang y la mansión, sí, pero no tenía la certeza de que aun siendo el heredero de unos puños de acero pudiera desligarse del fantasma de su padre, o mejor aún, de aceptar su destino y fundirse con él. Eso sí, para que no hubiera duda, el nombre debía ser griego, de tal Apollo, tal Adonis.

La película es ágil, va rápido, no se detiene en nimiedades, es acción, es entrenamiento, es sudor y por supuesto es drama. Adonis no tiene familia, se la va construyendo con el transcurso del tiempo: se consigue una mamá generosa, se consigue un tío blanco y se consigue una novia sensible, como lo fuera antes Adrián. Además se incluye la muy trágica condición física de Rocky. El campeón también deberá librar una batalla contra el cáncer. He ahí el desdoble de las peleas que se libran en la vida, en el ring o en el hospital. Tal vez por esa parte sensiblera para muchos es que Rocky ha sido contundente como material de cultura popular. El espectador hace catarsis al identificarse pobre, con problemas, azotado por la vida y con la única sensación de que no queda de otra más que levantarse y esquivar los golpes. ¡Así es esto! Te paras y sueltas tu mejor gancho, igual no ganas, pero el chiste es dar un buen espectáculo.

Evidentemente el entrenamiento a cargo de Rocky debía ser tan austero como siempre lo vimos, no en gimnasios equipados, sino en un corral atrapando una gallina para agilizar el movimiento de piernas ¿Qué sería de una película donde sale Rocky, si no se recorriera en pants gris de algodón las calles de Filadelfia? Aunque hubo una parte que sí me falló. Quien conoce de sobra y (hasta en sus mejores días de atleta esmerado) se pone “Gonna fly now” para agarrar inspiración, sabe que la canción explota en algún momento, pero en Creed sólo nos dejan escuchar el sampleo cortito del principio y después se convierte en una cosa hiphopera, muy ad hoc con el nuevo protagonista, que termina por no dejar que el clímax de la canción reviente. Del mismo modo, para aclimatar a la nueva época la aceptación de Adonis en los barrios bajos, se muestra a  un montón de motocicletas manejadas por jóvenes seguidores; ya no son niños corriendo tras el gran boxeador, ahora son motociclistas que han aceptado a un nuevo héroe.

Otro acierto que le veo es que Rocky es Rocky en todas y cada una de las películas, confesaré que ya no sé si Stallone y el semental italiano son dos figuras diferentes, porque ha llevado el personaje a tal grado que es difícil separarlos. El personaje gana porque es consistente, porque tiene la misma actitud desde la primera película hasta la última. Su sentido del humor blanquísimo e ingenuo es algo que lo hace reconocible; es tan buena gente que uno sufre porque lo muelen a golpes y es algo que Adonis le hereda, pero este nuevo personaje tiene la ventaja de ser la fusión de los dos antiguos rivales, pega arriba como Rocky y pega al cuerpo como Apollo, es impetuoso como su padre y también se tranquiliza como el tío postizo. Rocky lo alienta como antes lo hizo Mickey con él y entonces vemos cómo en la historia cada uno va pasando su relevo a las generaciones futuras, cambia el personaje, pero no la personalidad. Un campeón que estuvo en la cima sólo sigue siendo un campeón cuando no pierde el piso, cuando desciende del triunfo con suficiente sabiduría y dignidad para no ser un mamonazo insoportable y mucho de esa serenidad muestra el hijo de Apollo, por ello es que la película no se sale del canon impuesto por sus antecesoras. Claro, no hay bueno sin malo que lo ponga a prueba y el turno le tocó a Tony Bellew como Ricky Conlan, un poderoso y fanfarrón boxeador que debe sacar de sus cabales al nuevo Creed, pero vaya, todo es parte del show, pues al final el británico muestra el espíritu deportivo reconociendo la fuerza de su rival.

Las escenas de la gran pelea no dejan en mal a la película. Son, como lo fueron las otras, escenas que a la sala de cine entera hicieron exclamar “ayes” y resoplidos por la paliza que se meten los dos boxeadores. Vi a la señora de la fila de enfrente de verdad taparse los ojos ante un posible knockout. Tomas que, quienes ingenuamente hemos pretendido ver el box real esperando algo similar, nunca veremos fuera del cine y por eso es que ya vale la pena el precio de la entrada.

Y al final ¿qué más da quién gane? El buen Adonis ha conseguido lo que buscaba, una pasión, un amor y un entrenador que le han hecho recobrar la confianza en su talento. El fantasma de un padre al que nunca conoció ahora se desvanece para tenerlo en su esquina integrado al short despampanante de Creed y después de todo, como ya lo presentíamos, la pelea la gana uno y la noche y seguro las taquillas las gana Creed.

 

09.02.16

Rebeca Fortul Rebull


Entusiasta de las letras, ferviente creyente del arte y su poder reivindicativo. Seguidora de la realidad a través de la ficción. Directora de sus errores, guionista de sus monólogos y espectadora de la tragedia humana. Ser humano de tiempo completo.....ver perfil
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