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Príncipe de Sam de Jong

Estilo no es actitud

por Edgar Aldape Morales

 

Las calurosas periferias de Ámsterdam acogen a Ayoub y a su banda de amigos mientras se reúnen en la plazuela frente a las viviendas rojizas de interés social. Hacen explotar buzones de correo mientras pierden el tiempo e idealizan una vida de lujo: Gucci, Marc Jacobs, tenis Zanetti. Su tiempo vendrá. Especialmente para Ayoub, quien se pondrá al servicio de Kalpa, el maniático gangster de la zona, para consagrarse, obtener la corona y ser el "monarca" de este peculiar cuento de hadas para nuestros tiempos. Príncipe (Prins, Países Bajos, 2015), el debut en el largometraje del joven holandés Sam de Jong —cuyo trabajo ha sido proyectado en su mayoría en la sección Generation del Festival de Cine de Berlín— narra la historia de Ayoub, un chico tímido de 17 años quien se siente atraído por Laura, la novia del gang boy del barrio. Acercarse a ella significará sumergirse en el mundo criminal liderado por Kalpa.

Héroe por canon propio, Ayoub emerge del mainstream para transfigurarse. Su inocencia es puesta a prueba ante una fugaz autenticidad determinada por Gucci, relojes Rolex, chicas bonitas y un lujoso auto Lamborghini. En el camino, aprende a hablar, actuar y caminar con cierta pose para lograr ser el "chico rudo/marginal". Una lógica prevista por la "compañía" productora de este filme, Vice, la popular revista especializada en crear por sí misma un estilo visual —léase crónicas de jóvenes marginados en contextos turbios, periferias de Europa, o mejor aun, de América Latina— y que se traduce aquí en una arista riesgosa: la fotografía (limpia, impecable y formal) de Paul Özgur y la estilística utilizada por De Jong extraen los lineamientos Vice ante un engañoso truco cinematográfico en el cual lo mainstream es el arte del videoclip. Esto parece opacar el discurso narrativo del director, en el cual predomina una irónica mirada a la construcción de la identidad juvenil.

Actitud significa estilo, mas estilo no significa actitud. Y los diálogos cuyos tonos asemejan a los riffs del hip-hop patentizan la crítica propuesta por el joven De Jong. Ropa, accesorios y vanidad frente a un machismo desfigurado en tretas y peleas, cadenas y motonetas, juegos inocentes y torsos desnudos en un vestidor. Todo lo demás importa una mierda, aparentemente. Las sugerencias sonoras de la curaduría musical de Palmbomen estilizan aun más la atmosfera (piénsese en John Carpenter) y le vierte una chispa techno-dance-new beat de los años 80. Bits clásicos ante la caótica realidad del presente. Ritmos para la consolidación de Ayoub; mismos que junto a la imagen y al sonido son despojados de su formalismo narrativo para formar parte de la identidad gráfica de nuestro peculiar príncipe. ¿Ser joven es ser frívolo?

Sin el descaro radical ni la denuncia o inconformidad tan explícitas de personajes como Larry Clark y Harmony Korine, De Jong apuesta por mostrar una rebeldía mesurada. La apropiación del consumo como actitud. La elegancia aliada con la desfachatez y la rudeza. Jóvenes crecidos en barrios desalienados del Centro, sin una educación formal —"todo lo demás importa una mierda"— ni las habilidades para ser un deportista de éxito. Desconcierto juvenil que encuentra su respuesta en actos delictivos con los cuales uno como espectador se identifica. Huídas fútiles donde Ayoub sabe cómo confrontarse ante sí. La noche es su escape. Pistolas y bebidas energéticas. Manejar el glorioso Lamborghini bajo el largo túnel vehicular y las luces neón. Sin embargo, el día es su pared.

Los rayos del sol lo aterrizan. Ser joven no es ser imbécil y Ayoub lo sabe. Su conciencia le dicta el mundo real: una madre inestable, la relación afectiva con su padre drogadicto y el constante acoso por su origen marroquí (resonancias actuales de una Europa sumergida en conflictos raciales; ecos universales para cualquier país) que aquí se traduce como una de las fortalezas del relato de Príncipe: la migración como problema velado por la apariencia. Blanquitos versus morenitos. Estilo no es actitud. El golpe final se produce cuando Franky, el mejor amigo de Ayoub, inicia un romance con su bonita hermana Demi, encanto trigueño y lírico de una juventud todavía inocente.

Esta construcción (Ayoub como héroe/joven/migrante) teje la virtud de Príncipe. Y la rescata ante la banalización estética de la sombra que supone Vice y su cuasi modelo visual rimbombante sujetada a una paleta de colores y un desfile de marcas visuales y sonoras bajo el signo de la marginalidad como inocuo estandarte de denuncia. Lo mainstream como protesta. De Jong opta por configurar dicha estética para aleccionar los atributos, debilidades y miedos de Ayoub en la lucha (aparente) para atrapar la atención de Laura. "Estoy harto de estos juegos". No hay miedo a madurar siempre y cuando la actitud cautive, y genere el principado de un joven inocente con problemas.

El hombre de la casa. La felicidad constante de la adolescencia. Al final, solo se obtiene el triunfo si se rescata la nostalgia (macheteada por Marc Jacobs y los tenis Zanetti) y se vive conforme a las reglas del juego: estilo no es actitud. Y tanto Sam de Jong como su protagonista Ayoub Elasri lo saben, por lo que finalizan con éxito el camino del héroe en este peculiar cuento de hadas para nuestros tiempos.

 

13.06.16

Edgar Aldape


@EdgAldape
Estudiante –dícese de Ciencias de la Comunicación de la UNAM- y novato productor audiovisual del Centro de la Ciudad de México. Fiel admirador de Jean-Luc Godard y Stanley Kubrick, y en su momento lúcido es investigador, pr....ver perfil
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