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Cementerio de esplendor

Estamos dormidos

por Edgar Aldape

 

La somnolienta Jen mira un polvoso campo de fútbol mientras algunos niños patean el balón. Y tal cómo se lo ha dicho un espíritu, ella abre los ojos con tal fuerza que hasta parece gracioso. Ella mira un porvenir incierto, quizá en espera de un camino certero que trascienda los campos de arroz y las ruinas de un nosocomio perdido. Este último plano es la conclusión del más reciente largometraje de Apichatpong Weerasethakul, artista visual y cineasta tailandés cuyas películas han sido reconocidas en diversos festivales de cine; en particular el Festival de Cannes, donde ha obtenido galardones como el Premio del Jurado por Tropical Malady en 2004 y la Palma de Oro por La leyenda del tío Boonmee en 2010.

«Yo sólo le sirvo a mi país» recita la joven Keng, una médium que trabaja en el hospital al cual arriba Jen, una ama de casa minusválida quien se ofrece como voluntaria en un hospital instalado dentro de una escuela abandonada. El recuerdo de Jen y su trabajo como profesora impregna el aire del lugar, ahora convertido en un lugar de vigía para soldados indispuestos por un extraño trastorno de sueño que los hace reposar en camas mientras viajan por pesadillas recurrentes. Ahí conocerá a Itt, un militar con el que pareciera tener una relación en principio erótica y después maternal. No obstante, el énfasis de Weerasethakul para esta historia será la construcción espiritual de Jen (o más bien de todo un pueblo en particular) mientras navega por un elegía determinada por las sabias palabras de Keng.

Con fuertes reminiscencias –en su concepción estética y hasta narrativa- a trabajos previos como los ya mencionados (Tropical Malady y La leyenda del tío Boonmee), el realizador tailandés diseña una alegoría política en alusión al golpe de estado suscitado en su país en 2014, donde no renuncia a aquellos planos fijos y contemplativos, los paisajes tropicales de cara a un entorno onírico, y la atención de la fotografía —realizada por el mexicano Diego García— a los detalles, elementos ya definidos como estilemas de su filmografía. Continua jugando con el inconsciente social a través del tiempo del relato, engañando al espectador y confundiéndolo al no dejar distinguir entre la realidad y la alucinación, arista que podría no ser del agrado del espectador no asiduo a las propuestas arriesgadas de autor. Cementerio de esplendor (2015) es una sesión hipnótica, en la cual existe un sentido irónico (leve, eso sí) en la figura de Jen, inserta ahora en una concesión que Weerasethakul otorga: apropiarse de la estructura del melodrama —en la etérea relación de Jen e Itt— y ofrecer las pistas necesarias para entender la que resulta ser su película más apegada a lo cotidiano.

En algún momento de la historia, dos divinidades (las cuales se presentan tangibles en el cuerpo de dos chicas) le agradecen a Jen la ofrenda depositada en su altar. El trasfondo es onírico. Las acciones, sujetas a la realidad de Jen, van generando un amor patriótico, como le dice su esposo, un estadounidense retirado de la armada. La patria se convierte en una metáfora cuyo terreno (el hospital, el pueblo o la selva) expone las pesadillas de una sociedad dormida frente a la crudeza del poder político. ¿Cuándo despertar y cuándo dormir? Las luces sobre el pueblo cambian; el ambiente se hace efímero mientras vemos un parabús, el parque y el santuario del lago. Jen navega entre la realidad y el sueño, a veces despierta y a veces dormida.

Cementerio de esplendor «expresa esos sentimientos de estar fuera de la realidad, en una fase donde se ignora estar dormido o despierto», dice Weerasethakul respecto al contenido político de la película. Las mismas divinidades le explicarán a Jen que debajo del nosocomio se localizaba un antiguo cementerio de reyes, donde los espíritus se nutren de la energía de hombres dormidos para librar sus batallas. Ahí está el cementerio, pero ¿dónde queda el esplendor? El pueblo es una marioneta; fichas de ajedrez que se mueven como los personajes en las bancas del parque frente al lago en un episodio surreal, pero metafórico. Weerasethakul sintetiza en Cementerio de esplendor su largometrajes previos, y le otorga al espectador la posibilidad de entender su trabajo, simbólico e inexplicable como resultó ser La leyenda del tío Boonmee.

El ritmo es pausado, y más de uno quedará intrigado o incrédulo al tratar de entender el melodrama propuesto. Sin embargo, el esplendor lo da esta visión alegórica del realizador tailandés sobre el golpe de estado: el poder político endormece, y cientos de mariposas liberadas permanecen ancladas a una sesión hipnótica, de la cual no se quiere despertar. Estamos dormidos, y Jen abre los ojos para intentar despertar de una pesadilla impalpable porque «en el corazón del reino, aparte de los campos de arroz, no hay nada más».

 

29.08.16

Edgar Aldape


@EdgAldape
Estudiante –dícese de Ciencias de la Comunicación de la UNAM- y novato productor audiovisual del Centro de la Ciudad de México. Fiel admirador de Jean-Luc Godard y Stanley Kubrick, y en su momento lúcido es investigador, pr....ver perfil
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