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Maldito cielo

Escapando de la soledad

por Elizabeth Limón

 

A lo largo del amplio historial cinematográfico, siempre se han tejido historias que abordan problemáticas sociales pertinentes a su época y que, de alguna forma, hacen eco en las generaciones posteriores; tal es el caso de la “generación x”, aquella que vivió el boom de la tecnología, pero no logró asimilarlo del todo. Hay en ellos una hermosa fascinación por los formatos físicos, los cd's y dvd's son más atrayentes que un disco duro repleto de música y películas, incluso la forma en que se desarrollan las relaciones sociales tenía que ver un poco con ese contacto físico que se cree están perdiendo las generaciones posteriores.

Pese a que la nueva juventud parece mantener un vínculo con el mundo entero, muchos predicen que se inclina a "perder" la calidez de antaño; no obstante sería un engaño creer que se está perdiendo algo que ha sido parte fundamental del ser humano desde su existencia, aquellos vínculos sociales que lo han convertido en lo que es en la actualidad.

En un rescate de viejas estructuras se sitúa Maldito Cielo (Stinking Heaven, 2015) de Nathan Silver, una historia que se remonta a 1990 en un New Jersey —lugar muy distinto al que el nuevo formato televisivo de MTV explora en la actualidad— aún suburbano, un poco inocente, pero a la vez sumamente perverso donde la modernidad ha dejado un sitio sin dibujar, pues las apariencias se encargan de ocultar detrás de ellas toda una serie de conflictos que sólo adentrándonos a ellos son evidentes.

El hecho de que esté grabada en formato betacam nos permite trasladarnos a la época, inmiscuirnos poco a poco dentro de las escenas que a cada momento se vuelven más íntimas, como sucede al observar aquellas viejas cintas familiares de las que no somos parte. Miramos esos viejos y desgastados colores que por momentos se distorsionan y sólo así entendemos que aquello que observamos no era idéntico a lo que los presentes vivieron, "contemplamos una realidad distorsionada". Puede ser esa la intención de Maldito Cielo, mostrar que esto tan solo es la punta de un problema mayor, de un conflicto de identidad en busca de consuelo y compañía.

La cinta cuenta una trama sencilla pero cruda: un grupo de ex-adictos son parte de una comuna, en ella viven bajo sus propios estatutos y lineamientos. Permanecer en ese grupo les brinda un sentido de identidad y los aleja de aquel vacío que en principio los llevó ahí, los vínculos que se crean entre ellos fomentan el surgimiento de parejas, reforzando así la necesidad de mantenerse con alguien a su lado. La idea de dependencia llega a grados intensos cuando incluso mantienen una terapia que les hace revivir —y reinterpretar— el punto más bajo en su vida y ser grabados mientras colapsan para posteriormente obtener el apoyo de su pequeña sociedad. Todo es una bella utopía que les permite estar alejados de las drogas, pero al igual que cualquier estructura endeble, ésta se hunde al momento en que un nuevo miembro llega a la casa. El nombre del agente del caos es Ann (Hannah Gross) una chica que decide formar parte del colectivo al notar que Betty (Eleonore Hendricks) la mujer que tiempo atrás amó, es parte de ellos. Pero la historia no sólo está centrada en estas dos mujeres, sino en cada miembro de la casa, por lo que pronto los personajes van pasando a segundo plano, ya que es el hogar el que va sufriendo los embates de sus habitantes. Así que lo que por momentos son sólo acciones individuales que parecen no tener graves repercusiones, pronto van creando una cadena de circunstancias que logran tirar uno a uno los pilares de la estructura hasta llegar a los cimientos. Es durante esta situación que surge el abandono, la reincidencia y el enfrentamiento a aquello que todos temen: la soledad.

Nathan Silver ya ha explorado con anterioridad estos reducidos círculos sociales donde sus personajes necesitan escapar del desamparo. Desde Uncertain Terms —dónde también participan  Hannah Gross y Tallie Medel— y Exit Elena, todas sus figuras se encuentran en la búsqueda de aquello que los complemente, de aquello que les permita mitigar el abandono al que las circunstancias los exponen. Pero esa belleza anhelada se desvirtúa, volviéndose sólo un frío espejismo que al difuminarse, expone el crudo rostro de una realidad latente. El caos lo reina todo, va carcomiendo relaciones y lugares, siempre con actos impredecibles pero no por ello irreales —ese es el discurso de un director que pide a sus actores improvisar en las escenas, proyectando una vorágine que la cámara retrata fielmente. Es sobre ese desorden que sus personajes tienen que avanzar, ese es el precio que la Generación X paga por escapar de la soledad, viviendo solamente en una aparente realidad idílica, creando frágiles vínculos a cambio de un poco de compañía.

 

06.11.16

Elizabeth Limón


Cree haber nacido en una época en la que no debió de nacer, tal cómo un guionista que Woody Allen retrató alguna vez. Piensa que el pasado suena mejor que el futuro, eso se debe a su falta de comprensión tecnológica, incluso los personajes de Tarkovsky podrían saber más de redes sociales que ella.....ver perfil
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