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Elle de Paul Verhoeven

por Brianda Pineda Melgarejo

 

El cine sirve para desmitificar las ideas, imágenes, y deseos que habitan en el terreno de lo improbable y que a veces, porque nos cuesta o nos negamos a imaginar, creemos no existen. Elle (2016) filme dirigido por el neerlandés Paul Verhoeven –conocido por sus cintas de ciencia ficción y sobre la línea por De vierde man (1983), Bajos Instintos (1992) y Showgirls (1995)– es una película curiosa en su composición.

A simples secuencias una adaptación sencilla y lineal salvo un par de flashbacks donde la protagonista intenta recrear el evento traumático que abre el filme: Michèle (la magnífica Isabelle Huppert) es golpeada y violada por un hombre que se oculta tras una máscara negra y ante la impresión no puede sino comenzar una búsqueda en favor de la venganza; también es notable el racconto que nos lleva a otra línea argumental: el escándalo en el que se vio envuelta cuando era niña gracias a su padre, un hombre común en apariencia, que en realidad era un asesino y abusador sexual condenado décadas atrás por el descubrimiento de sus múltiples crímenes, a una cadena perpetua. Fuera de estos regresos, el filme está situado en un presente con el que nos identificamos gracias a los guiños tecnológicos, videojuegos y celulares.

La película está construida, hay que decirlo, para ser descifrada a pesar de un suspenso bien logrado sin mayores interpretaciones por parte de cualquier público; aunque ostenta la temida etiqueta No se deje al alcance de los niños, como cualquier invención artística cuyo trasfondo es la expresión de lo obsceno. Sin embargo, a pesar de dejar entrar a quien se atreva a mirarla, Elle no es un filme cuya protesta en contra de la violencia se mueva en los términos de una moral fundada en la repulsión experimentada cual reacción natural ante la crueldad y los bajos instintos transfigurados en violencia física y psicológica.

La virtud de la película gala es mostrar en la gran pantalla una crítica sobre los peligros que trae involucrarse en relaciones basadas en una atracción fatal, sin enfocar y juzgar dichos peligros desde ningún juicio moral que esté basado en el idealismo.

En ese sentido Elle revela los actos ocultos del día a día donde violadores y psicópatas van descargando la violencia que compone su pasión e instinto incomprensible. Después de entrar a su casa y violarla, el personaje (Laurent Lafitte) cuya identidad es en un inicio perseguida por Michèle (Isabelle Huppert) nos permite, al instalarse a frecuencias de aparición como uno más de los personajes centrales, ahondar en la naturaleza maligna del hombre y a un tiempo nos recuerda la dualidad, a lo Jekyll y Mr. Hyde, del monstruo que a ratos puede ser también un humano encantador.

Es, por lo tanto, un sobrio y no por ello menos delirante retrato de los ocultamientos retorcidos a los que se entrega una sociedad de clase media-alta cuyo único triunfo y asidero está en las apariencias y su puesta en práctica: las costumbres; es gracias a ellas que un psicópata que las más de las veces es un buen tipo y una misántropa exitosa y segura de sí misma (sobran descripciones, cualquier cinéfilo sabrá al recordar el temperamento actoral de Isabelle Huppert de qué hablo) pueden ir por la vida con las máscaras tan bien puestas que se necesitará una catarsis, un atisbo de anagnórisis lumínica, para que como personajes, capaces de alcanzar una evolución que los redima de sus vicios, puedan acceder a la contemplación de sus errores y entonces, sí, tomar cartas en el asunto. La película explora los caminos para llegar a esa catarsis y lo hace bien.

Esta divagación cinematográfica dio inicio con la expresión de lo improbable. A ese concepto se entrega Elle. Y, de la mano del contraste, aborda dicho tren filosófico a partir de lo ordinario. El acomodo del guion (a cargo de David Birke) permite los atrevimientos. Gilles Deleuze habla en su libro La imagen-tiempo (Paidós, 2015) sobre una idea propuesta por Leibniz que reza: el mundo está compuesto por series que se  basan en una ley ordinaria pero las alteraciones del orden a las que se entregan dichas series nos llevan a creer que hay algo nuevo en su composición. Por lo tanto, la raíz del asombro es también ordinaria, no hay sorpresa, nos la inventamos… En el lenguaje cinematográfico y su construcción visual Deleuze lo expresa de la siguiente manera:

“Un término ordinario sale de su secuencia, surge en medio de otra secuencia de cosas ordinarias con respecto a las cuales adopta la apariencia de un momento fuerte, de un punto notable o complejo”. (Gilles, 2015, pág. 29)

De ahí la importancia de qué sabe sobre la trama cada personaje y qué desconoce o qué cosas revela de su mundo ordinario interior al lanzar diálogos durante una secuencia inesperada.

Estamos ante una película cuya astucia se mueve entre su aspiración a lo inolvidable (A. K. A. convertirse en un llamado filme de culto) y la sospecha hiperbólica. Lo improbable de su carácter aparece en los diálogos terribles y lúcidos de Michèle en contra de la extravagante vida de su madre, las equivocaciones inmaduras de su hijo y los celos que le provoca convivir con su ex esposo; y en su capacidad de hilar una trama seria y profunda y a la vez conseguir a giros delirantes que la oscuridad de su atmósfera desemboque en una comedia negra y una historia de enredos amorosos y casualidades casi ridículas.

Asusta, conmueve, perturba y hace reír. Su cualidad sonora, si bien anda de puntillas todo el largometraje, nunca desentona y logra crear una atmósfera de misterio.  Lo más cercano a decir algo conclusivo sobre qué tan buena o mala es será recomendar a quien no la haya visto que lo haga y a quien sí que se pregunte a qué sitio desconocido de la psique consiguió llegar contemplándola.

Una observación final, divertida aunque no sé qué tan bien hable del director y sus fanatismos cinematográficos, es que aquí como nunca todo parece estar hecho a la medida poética de la carrera de Huppert; sobre todo en su tregua con el cineasta austríaco Michael Haneke (Amour, 2012; El tiempo del lobo, 2003 y La Pianista, 2001). No es que el filme lo imite pero sí lo invoca, en más de tres ocasiones.

En fin, nos queda la curiosidad despierta al imaginar qué diferencias y semejanzas habrá entre la novela Oh… de Philippe Djian y la película. Y una sensación trémula y reflexiva sobre las consecuencias vitales que pueden traer a nuestra vida el dejarnos llevar por la pasión.

 

24.03.2017

Brianda Pineda


@brryanda

Xalapa, 1991. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Ganadora en dos ocasiones del Premio Nacional al Estudiante Universitario Carlos Fuentes. Ha publicado reseñas y artículos en La Palabra y el Hombre y rese....ver perfil

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