siguenos
IT / ESO: Capítulo I

 

Julio César Durán

 

Han pasado 27 años desde la última vez que Pennywise se mostró en el medio cinematográfico para esparcir el terror en todos los ojos que dieron cuenta de su aparición. En aquel entonces fue una pequeña pantalla de señal análoga la que ayudó a propagar su maldad fabricada en 35mm, hoy la gran pantalla digital revive los miedos de nuestra infancia en un filme que se anuncia con bombo y platillo como un espectáculo horripilante, escabroso, pero también nostálgico. El segundo largometraje de Andy Muschietti, Eso: Capítulo I (Estados Unidos-Canadá, 2017), falla en dos aspectos y con buenas intenciones quiere conseguir el tercero.

Pese a tener el referente de la novela original (It, Stephen King, 1986) y de la adaptación televisiva (Eso, Tommy Lee Wallace, Estados Unidos-Canadá, 1990), el nuevo Eso de Muschietti (o será más preciso decir de los estudios) consigue ser una obra cercana a la acción del libro pero que se acerca de manera distinta al universo kingiano, no obstante que sí homenajea a estas obras predecesoras. Sin embargo eso no es suficiente.

 

La adaptación

Para comenzar el asunto dejemos en claro que el filme no tiene que ser una calca de la novela y no es eso lo que habría que esperar. Sin embargo para que pueda relacionársele con ella, sí debería mantener su sentido y sus motivos intactos.

La historia, que retoma tan sólo una cuarta parte del libro, arranca de la misma manera que éste, con la muerte de Georgie Denbrough, y retoma la manera exacta en la que sucede en la versión de televisiva de Wallace. Desde ahí, con un payaso maldito asesinando a un infante, veremos al tartamudo Bill Denbrough con sus amigos de la escuela, el judío Stan, el hipocondriaco Eddie y el chistoso Richie, evadiendo a un grupo de adolescentes malosos comandados por Henry Bowers, y padeciendo poco a poco el acecho de algo paranormal. A estos se les sumarán el gordito Ben, la coqueta Beverly y el casi inexistente Mike para formar un grupo de rechazados que darán cuenta del horror y decidirán tomar venganza por el pequeño hermano caído.

Eso que logra Andy Muschietti es tomar momentos climáticos de Stephen King convirtiéndolos en episodios sin poder tejer entre ellos emociones, personalidades, atmósfera, ni suspenso. Entre todo esto podremos ver un desfile de monstruos como un leproso o el zombi de Georgie, también la casona de Neibolt Street, la sangre en el baño de Beverly, hasta la estatua de Paul Bunyan (que acá no cobra vida), detalles todos incluidos en la obra de King, pero que se quedan en eso, en detalles que no representan o significan mucho más allá de intentar apegarse a la línea argumental de la novela. A cambio tenemos pura acción sin trama, con corrección política por censura, con un Mike (uno de los narradores principales de la historia) como mero muñeco de utilería, tenemos Club de los Perdedores lejos de los Barrens (el punto de encuentro y escape favorito) desapareciendo con ello la magia que crean a partir de su amistad, con una Bev fríamente sexualizada que termina como la típica dama en peligro cuando en realidad debería ser un personaje activo, sumados a un beso de final de telenovela que le quita toda la fuerza a la promesa de sangre que llevan a cabo los siete.

Eso de lo que carece la película es de criterio. Al intentar caracterizar la obra de King con un excelente diseño de producción, evadieron toda el alma de la novela, cifrada en el miedo y el sufrimiento vencidos por la alegría y la fe, en la amistad que estrecha lazos capaces de enfrentar a una maldad ancestral, en el vistazo que el autor hizo al medio oeste norteamericano con todo y su sangrienta historia nacional. Todo eso que se quedó en el tintero fue lo fundamental, a los espectadores nos entregaron sólo los restos de un cadáver.

La técnica

En gran parte de la película se aprovecha el dominio que Chung-hoon Chung (el cinefotógrafo detrás de Chan-wook Park) tiene de la imagen en 2K, a cambio de un exceso de efectos digitales, que en pos de provocar miedo lo que hacen es provocar sospecha e incredulidad (quizá hasta risa).

Eso que le sobra Muschietti es grandilocuencia. La historia no necesitaba a un leproso sin nariz con gusanos saliendo por todos lados, al menos no “dibujado”, bastaría un buen artista de maquillaje y a un buen actor en lugar de una oficina llena de computadoras haciendo “renders” para provocarnos angustia. La técnica se hace evidente, no sólo aquí, sino con la mayoría de las manifestaciones de Eso, situación que saca al espectador una y otra vez de la embrujada Derry, para devolverlo a su cómodo asiento en la sala de cine.

Eso que la producción de It confunde con el personaje de la cajita feliz es Pennywise, y lo mismo pasa con toda la película. La fina fotografía y decorados son perfectos, nítidos, brillantes, coloridos… como un payaso. La vieja mansión de Neibolt Street es de una manufactura impecable, cercana a cualquier caricatura para niños y absolutamente lejos del ambiente enrarecido que supondría un espacio infanticida. Eso que se quiere mostrar, a cambio de no poder ofrecer un miedo revelador, es un gore descafeinado, accesible, obvio, mínimo. Sí, el efectismo es demasiado, pero inofensivo: se trata de litros de pintura roja de un “Serie B” que desearían ser el montaje de un Hitchcock.

Eso que no conoce Muschietti es la sutileza. El realizador argentino corrió tras el tremendismo de los efectos especiales, tras el impacto de lo evidente. Todo el tiempo el filme mata la construcción de una atmósfera perversa al utilizar la música de Benjamin Wallfisch para anunciarnos que viene el susto fácil… un monstruo colmilludo se devoró nuestra sorpresa.

Los personajes

Hay algo importante qué reconocer, por un lado los siete intérpretes del Club de los Perdedores son carismáticos y generan una empatía que tiene su grado de dificultad; por otro las actuaciones son bastante verosímiles, lejanas al acartonamiento de la miniserie noventera. A pesar de esto los personajes que encarnan no tienen personalidad ni profundidad, no están construidos desde las robustas historias personales que tenemos en la fuente original de esta película, se trata simplemente de un conjunto de estereotipos que bien funcionan en unos nostálgicos años donde todavía jugábamos en las maquinitas.

Eso que desapareció es la construcción de personajes. Con todos los protagonistas se evade la revelación de su carácter, sólo tenemos clichés; no importan sus motivos, los lazos que establecen unos con otros, incluso sus miedos, todos estos elementos los anuncian cuando se agota la trama, en lugar de permitir que la película misma, como producto artístico, nos lo vaya develando para así avanzar la historia. Aquí no encontramos una fuerte hermandad formándose, vemos secuencias ocurrentes, chistosas, prefabricadas, que nos llevan a lo retro como objeto publicitario, no como agente emocional. Consumimos las referencias como producto, en lugar de asimilarlas como elementos significantes.

Esos que mejores atisbos de personalidad tienen son la joven Bev, a quien no obstante se la presenta como fetiche de lo erótico al igual que cualquier otro personaje femenino del blockbuster veraniego, conocemos tanto dentro como fuera de casa, con los abusos y rechazos que padece. El otro es Pennywise, quien se desperdicia por su obvia monstruosidad (evitada genialmente por la versión de Tim Curry) pero que aún así consigue una interpretación interesante, grotesca y sobre todo propia, que quizá sí refresque al villano por un buen tiempo.

Y todo eso qué

Esta primera entrega de It (que espera sus resultados de negocio para poder comenzar los contratos comerciales que traigan el Capítulo II) se construye a partir de la nueva fórmula eficiente de los grandes estudios: la acción sin contenido por encima de la creación autoral.

En el inicio nos ofrecen bajo intertítulos un mes y un año, ¿acaso no es eso evidente con los objetos, la ropa, la música, las referencias de cine y cultura pop que van en pleno desfile circense durante toda la película? Al final se nos explica, por si alguien no se dio cuenta, palabra por palabra los motivos de cada protagonista y del antagonista, ¿acaso no se contó con más de 120 minutos para darlo a conocer a través de un arco dramático pobre? Todo eso lo extrapolamos al resto del filme y obtenemos la segunda película de Andy Muschietti.

Eso que nos ofrecen es comida masticada. La producción que adapta por tercera ocasión (sí, no se olviden de la telenovela de la india llamada Woh) a la entidad macrocósmica de Stephen King es una película que subestima al espectador y lo quiere pasivo. Eso que va a producir el filme es entretenimiento de fuegos artificiales. Es cierto, It no pretende ser más que un sobresalto. La diversión y un rato de esparcimiento inofensivo están asegurados. Pero se trata de un filme que no llega sólo, viene con combo de palomitas y refresco. Eso que estamos consumiendo es un marketing que nos prepara para el filme, porque no se sostiene por sí mismo. Sin duda todo espectador sin expectativas, que busque pasar un buen rato en la sala de cine lo va a conseguir, pero no estamos ante una gran película, estamos ante el gran devorador de infancias.

 

A eso le agregamos…

Finalmente no podemos pasar por alto la polémica y atropellada preproducción del filme. Cary Fukunaga (Beast of No Nation, 2015; True Detective, 2014) fue originalmente fichado para realizar la película y al lado del guionista Chase Palmer, llevaron al papel una historia en la que, en palabras del primero, pusieron su infancia y sus miedos más profundos, en la que estaban construyendo personajes palpables…[1] Mientras eso pasaba, New Line Cinema, quienes querían algo inofensivo y lleno de estereotipos, iban dándose cuenta que necesitaban un cineasta más controlable y menos exigente, que pudiera darles eso que buscaban, es decir una película de fórmula con brincos y no un horror “elevado” como mencionaría Fukunaga. Finalmente –aunque en los créditos de It siguen apareciendo Cary y Chase–  llegaron noticias de la reescritura del guión y de la contratación del argentino Andy para capitanear el barquito de papel.

 

 

[1] Ramin Setoodeh recoge frases de Fukunaga para el artículo publicado en Variety el 2 de septiembre de 2015 y que puede consultarse aquí: http://variety.com/2015/film/news/cary-fukunaga-it-exit-1201584416/

Julio César Durán


@Jools_Duran
Filósofo, esteta, investigador e intento de cineasta. Después de estudiar filosofía y cine, y vagar de manera "ilegal" por el mundo, decide regresar a México-Tenochtitlan (su ciudad natal), para ofrecer sus servicios en las....ver perfil
Notas Relacionadas
Comentarios:
comentarios.
Comentar:
Nombre*

Email

Website

*