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La inmersión al caos de la realidad materna.

Desde una mirada contemplativa que oscila constantemente entre la ficción y el documental, la cineasta mexicana Marta Hernaiz Pidal nos presenta su ópera prima: La caótica vida de Nada Kadić (2018). Una cinta que retrata la cotidianidad de una mujer que debe aprender a sobrellevar, en soledad, el rol de madre de una niña con autismo, el de una profesionista y, de manera casi desapercibida, el de una sexualidad truncada por sus obligaciones.

La cinta, que a pesar de no poseer dentro de su narrativa una trama muy compleja, resulta ser provocadora y arriesgada al apostar mediante elementos cinematográficos como el sonido (terriblemente estruendoso durante todo el filme) y los movimientos de cámara (escenas en donde pareciera que el control de la cámara es inexistente) a un montaje de inmersión que lleva al espectador al límite de la paciencia y la incomodidad.

Pero todos estos elementos fueron puestos tal como debían ser para contar lo que Marta Hernaiz quería contar, y es que aunque el guion tuviera que cambiar a partir del diagnóstico de autismo de la pequeña Hava Dombic, hija de la protagonista Aida Hadzibegovic, el argumento que se resuelve en un sencillo road trip  esconde detrás varias aristas que, ya sea de manera accidental o no, hacen del filme algo más que sólo caos.

La historia que inspiró la cinta, basada en la vida real de la protagonista; una madre soltera que intenta lidiar con el autismo de su hija pequeña en una sociedad que no le es de gran ayuda, sobrepasó los clichés del guión y se posicionó, asertivamente, como un testimonio en el que se representa la realidad de miles de mujeres alrededor del mundo. Lo personal se vuelve público cuando la historia que se cuenta responde a una realidad social que debe cambiar.

El caos que invade a Nada Kadić y a su pequeña hija se puede leer a partir de la falta de atención a problemáticas que sufren las madres solteras, mismas que atañen por todo el mundo y que se acompañan de un montón de dificultades presentes de manera muy implícita en el filme: la falta de normativas laborales en casos de maternidad, lo difícil que resulta hacerse acreedora de un apoyo gubernamental y el irremediable olvido de la feminidad y la sexualidad.

A pesar de que la directora declaró en varias ocasiones que no quería parecer irrespetuosa u oportunista con el diagnóstico de la pequeña Hava Dombic, podemos asegurar que la decisión de incluirla en la cinta resulta ser uno (si no es que el principal) de los grandes aciertos de la obra. Pues hizo que la realidad rebasara al filme en planos estéticos y argumentativos.

Estéticamente la cinta se construye a partir de la niña, de sus necesidades particulares y del caos que ocasiona en todos los personajes (maravillosa analogía visual que podemos observar en las diversas tomas de Hava saltando en charcos, siendo la epítome de la vorágine). Argumentativamente los menos se convierten en más cuando los múltiples accidentes que sufre la protagonista se acompañan de los chillantes sonidos emitidos por su hija que, irremediablemente, nos hacen ignorar al personaje materno a pesar de que esté ahí, en primer plano, con su desordenado cabello rojo, mirándonos y pidiéndonos que no la olvidemos. Como ella lo ha hecho consigo misma.

La ópera prima de Hernaiz Pidal es, sin lugar a dudas, un grito de ayuda que sorprendentemente jamás sale de la boca de la protagonista pero que se implanta en el espectador después de sólo unos minutos de proyección y que no nos suelta hasta el final, en dónde un contrastante y sencillo dialogo de la pequeña Hava rompe con la tensión y da por concluido el filme entre inocentes e inesperadas risas.

Al final el encanto de la vorágine también depende de la óptica desde donde la mires, tal como lo dice la caótica y terriblemente amorosa protagonista “Todo es cuestión de perspectiva. Un cabello en la cabeza no es nada, pero un cabello en la sopa es demasiado”.

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