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Chicuarotes

por Brianda Pineda

 

Chicuarotes (2019) es un ejemplo elocuente de una ficción que se construye a raíz de historias escuchadas. En El arco y la lira, Octavio Paz dice que la mitología es la historia de las imágenes de un pueblo. Esta película es resultado de una investigación de corte realista. A manera de etnógrafos, tal vez dotados de cierta informalidad, el director y su equipo acudieron a Atlapulco durante varios años, lo que tuvo por resultado la aparición del primer proyecto de La Corriente del Golfo, casa productora que Bernal creó junto con Diego Luna.

     Relato de iniciación. La historia de “El Cagalera” (Benny Emmanuel) y “El Moloteco” (Gabriel Carbajal) es entrañable, posee una inocencia ingenua en inmadurez capaz de fomentar la empatía y a ratos, la repulsión en el espectador. Dos payasos adolescentes que, al no obtener una solución económica por las buenas, asaltan peseros, roban lencería y secuestran a un niño con la esperanza de salir del hoyo, es decir: huir del agua estancada en que se funda ya su pueblo. Si esta película es, como dice el director y algunos que escriben sobre ella, una “fábula infinita” o una “epopeya”, habría que añadir que está contada en un callejón sin salida. Bien pudo el Charolastra, al compartir su opinión sobre el film (https://www.youtube.com/watch?v=t-mLbEC-490&t=5s), contrastar y hablar del fracaso y no sólo del optimismo basado en perspectivas que nacen de cierto privilegio. Eso sí, dicho callejón es un barrio que, gracias a la dirección de arte y a las actuaciones, respalda tanto a la comunidad que refleja la representación como al placer estético de quienes asoman a una serie de historias que son el pan envenenado de cada día no sólo en el olvidado sur de la Ciudad de México, sino en la mayoría de los municipios que tienden a estar más cerca del anonimato cultural del país.

     Es una película cruda y violenta. Heredera de poéticas dolorosas que pueden revisitarse en Perfume de violetas (Maryse Sistach, 2000); Amores perros (Alejandro González Iñarritu, 2000); La ley de Herodes (Luis Estrada, 1999), etc. Su otra faz es el humor que se apoya en la facilidad que tiene el mexicano de hacer de la grosería una fiesta. Esto halla énfasis también en sus variantes cercanas al odio, pues entre hermanos, padres, hijos y gandallas, reina el castre; así como entre lacras sedientas de poder es común descontarse, chingarse al otro y hasta mandarlo al más allá como una forma de hacer reír a la muerte, santa patrona de muchos de los que andan en malos pasos. Otro de los puntos fuertes del filme es la camaradería, ese puente tendido en medio de lo oscuro, esa complicidad amorosa dada en duros instantes entre amigos, amantes, madres e hijos.

     Estamos ante una obra donde lo trágico raya en lo absurdo. Las circunstancias descarnadas de los sobrevivientes de dichas comunidades cuyo deseo es destacar, salir de pobres, crecer en un ambiente menos tóxico que el agua de sus canales revelan los mecanismos que ayudan a confeccionar cierta máscara social. “El Moloteco” (Gabriel Carbajal), huérfano que vive ahí donde no pasó Dios [como Los olvidados (Luis Buñuel, 1950) o los pepenadores de Los bandidos de Río Frío (Manuel Payno, 1891)], rinde un extraño culto a la figura del payaso: tras esa máscara noble y triste se oculta. Reír o hacer reír para no llorar, no definir una identidad; como el mago utilizar el disfraz, la ilusión y alienación. Los chicuarotes se mueven a tropiezos por las habitaciones salvajes de una corte oscura de la que quieren escapar, hartos de ser bufones de un rey que se regodea en la ilegalidad de su cetro cruel.

     La película posee un humor afortunado e incisivo, aunque llega a caer en la hipérbole propia de las comedias televisivas que alcanzan gran éxito en cadena nacional. El soundtrack se pierde en fantasmagorías como lo hacen algunos personajes que prometían dar más a la trama (El planchado, interpretado por Ricardo Abarca) o el mismo final, cuya ambigüedad impone una esperanza que algo tiene de forzada.

     Chicuarotes muestra en un tono serio escenas repetidas ad infinitum en un país de patriarcas fracasados. El baturro (Enoc Leaño), padre del Cagalera y borracho empedernido que alardea ser descendiente de Belisario Domínguez golpea y humilla cuando tiene oportunidad a Tonchi, su esposa (Dolores Heredia, quien encarna con discreción y elegancia resignada el estereotipo de la mujer abnegada). Ver ese tipo de violencia doméstica en el cine es, sin duda, asomarse a un espejo histórico que anhelamos destruir para que cese esa imagen. La evolución de los personajes femeninos en medio del tenso panorama es favorable porque se enfrentan a sí mismas y a aquello que las oprime con la intención de alcanzar la libertad.

     Otro personaje masculino, el Chillamil (Daniel Giménez Cacho), lacra poderosa, cabecilla de San Gregorio ilustra el gusto por la corrupción y la injusticia a mano propia. Lo más detestable de la cinta es que nos presenta en pantalla al prototipo peligroso de patriarca que practica una y otra vez la cultura de la violación. Al verlo, no sin sorna, nos sentimos a unos pocos pasos de dar rostro e identidad a esa serie de hombres oscuros que matan diariamente a las mujeres de nuestro país. Una se pregunta por qué esta historia de terror nacional no deja de escribirse y agradece que en un país que tiende a la censura histórica aún se busque representar la evolución de los males que nos aquejan.

     El acierto es, sin duda, la transformación al lenguaje cinematográfico de un guion que a su vez nace de historias oídas. Es decir, la composición de un objeto artístico realista que provoca la reflexión, a ratos el goce oscuro del humor y también ñañaras. Que Gael saliera del centro, de la zona de confort que hemos visto como escenario en cintas mexicanas durante los últimos años [Roma (2018); Te prometo anarquía (2015); Los insólitos peces gato (2013); Güeros (2014)], y se atreviera a contar una historia en equipo que, por lo menos en apariencia, poco tiene que ver con él.

 

23.07.19

Mr. FILME


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La letra encarnada de la esencia de F.I.L.M.E., y en ocasiones, el capataz del consejo editorial.....ver perfil
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