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Hubo una vez un Tarantino, breve réquiem

por Praxedis Razo

 

Había una vez en Hollywood (2019), novena obra que perdió el nuclear sin sentido –pensada beethoveana y vanagloriada en penosa presunción– de un Quentin Tarantino solemnizado y huérfano ya para siempre de su diablo guardián y productor concienzudo Harvey Weinstein, se presenta como un tontazo y extenso prólogo de un cortometraje moralejista y vindicador, ambos filmes contenidos en el también presunto título tan homenajeador cuan vacuo.

Oleada de referencias populares (cada vez más desesperada y estentórea), lluvia de gratuidades autolisonjeras, inútil y absurda fractal redundante, simplona y aburrida, Había una vez… atrae solamente a miradas curiosas que entran a una sala de maniquíes a comprar ropa, pues es un museo de cera viviente de los actores pasados de moda que no sabe si reírse de sí misma ¡con fabulosos chistes que Krusty el payaso lleva contándonos 30 años! o tomarse en serio con los pocos datos duros de la Familia Manson, si reírse de sí misma con la exhaustiva recreación de programas de la infumable televisión gringa o tomarse en serio con la también minuciosa radiodocumentación angelina, esta vez no sabe si ser la fantasía tangible de Tiempos violentos (Pulp fiction, 1994) o la cargada histórica inverosímil de Bastardos sin gloria (2009).   

Estertores del Juan Orol de El fantástico mundo de los hippies (1969), las dos películas que son Había una vez… son un autojustificante médico para cometer todas las faltas cinematográficas que se puedan porque son un sermón en el Benedict Canyon que “salva” a la Tate para darle continuidad a la onanista “gran” vida de las celebrideidades sexuales asexuadas.

Ruinosa exposición de sí misma, hay algo que garantiza esta megalómana y terminal obra tarantinesca: la no continuidad de su tradición, se autoinmola (redundancia in memoriam Quentin). Cúspide demagógica de un cine industrial decadente, sí nos encontramos ante una calle cerrada en la que a pesar de que “la Historia” fue trocada, malversada, malentendida, no pasa de ser una anécdota de noche de borrachera y banal a la que ni de lejos salva su cinefotógrafo de cabecera (Robert Richardson y sus amaneradas luminosidades) pero que sí acaba denunciando la factura de su montajista (Fred Raskin y sus luces de bengala).

De las soporíferas callejuelas angelinas a las lujosas colinas de Beverly, Tarantino trazó su trayectoria hacia su propio entierro. Adiós, parlante podófilo, adiós insertómano de legendaria basura gringa en sus filmes, adiós falso profeta de la serie B. Hubo una vez un Tarantino allá en Hollywood.

 

28.09.19

Praxedis Razo


Un no le aunque sin hay te voy ni otros textículos que valgan. Este hombre gato quiere escribir de cine sin parar, a sabiendas de que un día llegará a su fin... es lo que más le duele: no revisar todas las películas que querría. Y también es plomero de avanzada. Mayores informes y ofertas al 5522476333. ....ver perfil
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