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Last Night I Saw You Smiling

por Bianca Ashanti

 

El cine, como la vida, se compone de contrastes; algunos de ellos nos ayudan a dilucidar nuestros errores y otros tantos configuran nuestros aciertos. Ambos resultan igualmente necesarios para contar historias.

Esto es justo lo que logra el cineasta Kavich Neang en Last Night I Saw You Smiling (Camboya-Francia, 2019), filme documental que aborda la compleja realidad de su hogar, el Edificio Blanco de Phnom Penh, una icónica estructura en ruinas que resguarda dentro de sus paredes las fracturas físicas y sociales de un pueblo en resistencia.

La resistencia al olvido, que se materializa dentro del gigantesco edificio ubicado en el centro de la capital de Camboya, contrasta con la riqueza y modernidad capitalista que amenaza con destruir la memoria colectiva de sus habitantes, borrando los contrastes y desplazando a todos aquellos que no logren adaptarse al superficial cambio.

Last Night I Saw You Smiling es una historia de desplazamientos, migraciones e incertidumbres; columnas estructurales dentro de la sociedad camboyana, una población sumida en la pobreza donde aún permean las consecuencias de la dictadura genocida de Pol Pot, recuerdos que sirven como un lazo afectivo entre cada una de las casi 500 familias que habitan el lugar.

Con una cámara que parece mirar siempre desde las fracturas del inmueble Neang retrata los últimos días del histórico edificio construido en 1963 bajo la inspiración del utópico proyecto de viviendas de Le Corbusier. Una estructura que, mirando en retrospectiva, parece haber augurado una serie de desgracias para la comunidad camboyana.

De aquellos sobrevivientes se compone el Edificio Blanco, en donde más de 2,500 personas conforman un pintoresco cuadro lleno las discusiones familiares y rutinas que están por terminar y que nos permiten vislumbrar la sinceridad e intimidad de un filme lleno de miradas incidentales, rostros que se esconden ante la cámara y testimonios que cargan en sí todo el peso histórico de la resistencia.

¿Cómo podemos protestar? Ahora todos estamos viejos.

Dentro de todas las maneras del séptimo arte, el cine documental es uno de los favoritos a la hora de retratar realidades difíciles; un acercamiento directo a la historia y el mejor argumento al momento de defender la importancia de construir desde la intimidad. El joven cineasta camboyano Kavich Neang parece saberlo, conoce las formas para hablar acerca de todo un país utilizando su historia familiar, un ejemplo arquetípico que muestra la descomposición social y nos invita a reflexionar sobre las distintas formas de habitar espacios vacíos.

Con un padre obligado a migrar del campo, una madre que esboza melancólica los recuerdos dorados de una época que ya no existe y una comunidad que se enorgullece de ser “pobre pero feliz”, el joven documentalista construye su primer largometraje como un último intento por hacer que las vidas de su entorno trasciendan y que su amado Edificio Blanco nunca sea erradicado completamente. Así, nos lega un testimonio sincero sobre lo difícil que resulta vivir sin tener un lugar de pertenencia.

“Nos estamos quedando sin tiempo” declara ante la cámara su madre mientras otra mujer le canta al recuerdo, un par de niños corren desnudos por los pasillos y una familia se reúne frente a una pantalla, pequeño esbozo de la modernidad que avanza a pasos agigantados pero que no termina de entrar en el condominio familiar donde la pobreza, la esperanza y las memorias compartidas parecen haber detenido el tiempo formando una capsula onírica de sueños en ruinas, murales desgastados y sonrisas perdidas que se despiden de sus hogares sin saber a dónde ir.

“Nos vamos de la misma manera, pero esta vez tenemos suerte. Tenemos camiones para llevarnos nuestras cosas”.

09.04.2020

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