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El sembrador: Melissa Elizondo, aurista

 

por JJ Flores Hernández

 

A Mata, porque soñamos otro mundo.

 

Teorizado por Euclides y secuenciado por Fibonacci el número áureo es astral. De inspiración divina, se piensa como se lee el infinito: en una estela en el firmamento que se ramifica por constelaciones. El infinito también es el mar o las nubes en el cielo. De carácter inefable, la belleza como categoría y concepto estético ha sido pensada gracias a la divina proporción. Abstracción al tiempo que declaratoria de principios. Lo que la proporción áurea ha mostrado es que nada es sólo una cosa. Así, el número áureo es una paradoja en Euclides. La pedagogía más tradicional concibe que la enseñanza debe ser unidireccional y que el objetivo máximo es garantizar aprendizajes. La dimensión en la que se inscribe una enseñanza en esa lógica pedagógica es una línea recta. Ir hacia adelante, superar lo anterior, acumular conocimientos. Una enseñanza por fuera de esa lógica pensaría el complejo entramado de una espiral. La concha de un caracol es también un hogar. La línea recta puede ser la vía más corta pero no la más amable, mucho menos la más significativa. Así es la memoria, recuerda con emoción y no sólo como acto sináptico. La teoría del número áureo intentó explicar el mundo y fracasó. Melissa Elizondo en El sembrador (2018), su debut en largometraje, persigue una intención menos abstracta: no explicar el mundo sino retratar la belleza en el acto de enseñar. Aurista por accidente, Elizondo hace un acto divino.

En círculo y en el piso, en lo que parece un salón de computo pero que es también el escenario del inicio de un mundo, un grupo de niños y niñas y un adulto discuten sobre una persona de su comunidad. “El borrachito”, le llaman. Un hombre que deambula por las calles del pueblo siempre alcoholizado. El adulto, que reconocemos sólo por su voz, porque como todo mundo está también sentado en el piso, les pregunta: ¿y por qué está así, que habrá tomado? Bebe muchas cervezas, dice uno de los niños. ¿Y por qué habrá bebido?, pregunta el adulto ahora. Se gasta su dinero en alcohol, dice alguien más. Yo creo que no está bien, la voz de una niña. Ustedes van a ser grandes algún día y tal vez van a tomar, les dice Bartolomé, el adulto, quien no sólo es una persona más en el grupo, sino que también es el profesor. Yo sí, dice Iván, un niño. Bartolomé escucha y de pronto las niñas y niños empiezan a hacer comentarios de por qué Iván no debería tomar. Y concluyen que es algo malo. Iván cambia, está de acuerdo. No hizo falta un discurso aleccionador. En la disposición del espacio, en la propuesta de una escucha compartida, en el formato conversatorio hay una enseñanza de proporciones divinas: la escuela es colectividad. Bartolomé debe abandonar el salón por unas horas y les encomienda trabajar de manera colaborativa. Antes de salir no hace amenazas, ni señalamientos de cargos. Ya saben cómo, los grandes le ayudan a los chicos, dice. Sigue sus propios principios: el maestro de un niño, piensa Bartolomé, es otro niño, no un adulto. Esta escena inaugura El sembrador (2018), tesis aurista.

Hay magia en cómo Melissa Elizondo decide escuchar/filmar. Uno de los recuerdos de infancia de Bartolomé Vázquez López sucede en su primaria. Nativo hablante tzotzil, Bartolomé acudió a una escuela en la que cualquier idioma indígena estaba prohibido. En una de sus clases el profesor que tuvo había dado ya las indicaciones, como siempre, sólo en español. Angustiado por no entender, le preguntó a un compañero si le podía explicar. El profesor lo reprendió por hablar en una lengua distinta al español. En ese momento Bartolomé, con una franca y luminosa sonrisa en ojos y labios que rememoran frente a la cámara, supo dos cosas: que sería profesor rural y que nunca le prohibiría a nadie usar la lengua en que nació. Al contrario, su deber es aprender más, estudiar más y, de ser posible, hablar más idiomas. Sus clases, nos muestra Elizondo con arrobo, son bilingües. En otro momento un alumno, que además tiene una condición especial psicomotriz, expone en medio del salón de clases su opinión sobre una lectura. Lo dice tartamudeando y en tzeltal. Bartolomé dialoga con él. Le pregunta en tzeltal y habla al grupo en español, reflexionan en multitud y el grupo aplaude a su compañero. Lo divino de una enseñanza no es el saber que contiene sino las relaciones que posibilita. El profesor Bartolomé lee la belleza en lo diverso. En la escuela primaria bilingüe Mariano Escobedo en la comunidad Monte de los Olivos, Bartolomé es el único profesor en una escuela multigrado. Consciente de las dificultades e implicaciones, Bartolomé prioriza la formación por encima de la información; esa es su política. El conocimiento se construye a partir de la utilidad y la diversión; esta su ética. Las y los estudiantes no son recipientes que hay que llenar sino fuegos que hay que hacer arder; su poética. De ese ardor, Melissa Elizondo hace tesoro.

Bartolomé es coprotagonista, las voces de las niñas y niños son la otra parte. El bilingüismo en el que está contado también tiene un papel importante y sobre todo el equilibrio que hay entre la cámara, el sonido y el montaje. A las y los estudiantes, Elizondo les filma en planos generales y primeros planos, en medio de una siembra. Les pregunta por su porvenir y sus sueños. Al maestro Bartolomé en espacios abiertos, en planos medios casi siempre. He ahí también una dialogía, una bidireccionalidad. La composición indica una relación cuya proporción además de dorada es equitativa. El título, El sembrador, enmarca a Vázquez López pero éste nunca lo abarca todo, es maestro porque posibilita pensar. Porque a pesar de la pobreza y marginación sigue soñando en una educación no sólo como formación, sino que sea una herramienta para sobrevivir. Dos aforismos más edifican su práctica docente: un valor no se enseña sentado; hay que construir ejemplos. La responsabilidad se desarrolla frente a una necesidad.  

 

Si en la primaria hay una relación horizontal, lo que Elizondo nos hace reflexionar está sobre el porvenir. Elizondo no es sólo celebratoria de la enseñanza de Bartolomé, hace contrapesos, un equilibrio perfecto. Mostrándonos una secuencia en la telesecundaria, el futuro parece oscuro. Las y los estudiantes adolescentes miran una pantalla. Metáfora del desamparo: mientras que en la primaria construyen en acto saberes, en la secundaria reciben de manera virtual información. Lo lúdico contra lo inmóvil. La educación no se da sólo en el aula. En Distancias cortas (2015, Guzmán) la amistad sirve como escuela. La hermandad es recinto pedagógico en Sing Street (2016, Carney). Y en Capitán Fantástico (2016, Ross) paternar no es aleccionar sino empujar a construir pensamiento propio. Aquí, una escena. En el autobús en movimiento, que es también la casa de la familia, una de las hijas lee Lolita. El padre, que en ese momento conduce, mira por el retrovisor y pregunta: ¿y, qué te parece? A lo que la hija responde con un resumen pormenorizado. Me estás contando el libro, quiero saber qué piensas, intervine el padre dando pie a que ella, ante lo inesperado, construya su opinión. No le exige que cancele la lectura, tampoco que no se lo cuente porque le arruinará la experiencia, le pide que le dé su opinión, que hable y piense por sí misma; como en el aludido inicio de El sembrador. Bartolomé es guía, no autoridad. El respeto no se impone, se merece. Y Elizondo mira con respeto no sólo al maestro sino también a las y los niños. Los momentos más bellos que nos da están poblados de juegos en donde, con hermosa clarividencia, decide ralentizar los planos. Cuando juegan en un río, cuando persiguen bombas de jabón. Elizondo filma con brutal hermosura.      

Hacia el final del documental, la cámara en gran plano general, mira el horizonte. De fondo las montañas cubiertas por nubes. Una presa o río que resplandece y las niñas y niños que caminan siguiendo esa estela. Poco a poco se alejan de la cámara y vemos que ahí, justo ahí, donde también camina el maestro Bartolomé acompañando y haciéndose acompañar, está otra proporción áurea: no explicar el mundo sino reinventarlo.

 

Nuevo San Juan, San Juan del Río, Querétaro

10.06.20

Mr. FILME


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La letra encarnada de la esencia de F.I.L.M.E., y en ocasiones, el capataz del consejo editorial.....ver perfil
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