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Atrapen al gringo y Salvajes: nueva cosmogonía vecina

por Praxedis Razo


Este verano se nos regaló una bonita postal cinematográfica: gringos locos que ponen manos a la obra en México. Unos desde la metáfora sutil. Otros desde la monografía ilusa. Ambos caricaturas de los sentimientos de temor que cargan en sus espaldas nuestros vecinos cuando se trata de hablar seriamente de nosotros.


Lo que el calderonismo nos dejó no es ni lejanamente proporcional a lo que le hemos legado a nuestro presindentucho. Mientras él nos deja una hemerobibliofilmografía nutridísima casi impagable sobre el narco, nosotros lo vapuleamos ya (como desde hace seis años) sin ton ni son.

A él y a su unívoca política de lucha contra el narcotráfico (eso es el calderonismo) les debemos la valiosa revaloración estética del videohome comprometido, ¡militante!, por parte no sólo de la gran industria cinematográfica nacional (El infierno y Miss Bala), sino también por parte de la madre de las industrias de cine, Hollywood, que saca sus uñas manicuradas y nos enseña dos de las fábulas más crudas que pueda contar.

Atrapen al gringo (Grunberg, 12) no es más que la ópera prima de un hombre de cine que se ha fletado de asistente y de director de segunda unidad en películas que en todo hermanan a México y Estados Unidos (Perdita Durango 97, Traficc 00, Frida 02, Man on fire 04) toda su vida. Es el filme de un hombre que cree que puede abordar el tema con mucha autoridad y se atreve a hacer una alegoría de México como un gran infierno carcelario para los estadounidenses.

En Atrapen... Mel Gibson (como Mel Gibson que quiere ser de nuevo Mad Max) cae “injustamente” en una ilustre cárcel mexicana, El Pueblito (locación facilitada por el gobierno de Veracruz, que desalojó un reclusorio para hacer posible la película del señor), pero más temprano que tarde logrará desentrañar todos los secretos que se necesitan para escapar de ahí y cobrarles todas las deudas a sus “captores”, tal como lo había hecho en 1999, en el remake del excelente Point Blank (Boorman rompe iconoclastias, 67) que fabricó Helgeland para Hollywood, titulado Payback. Obviamente se trata de un via crucis (que tanto gustan a Gibson) bilingüe y multicultural, del que sobresale la secuencia con paragüas de cuando va a estallar la oficina de su traidor exsocio y su imitación de Eastwood al teléfono, sin embargo deja mucho qué desear a lo largo de toda la película saturada de nerviosas rupturas narrativas, pestañeos que sólo le van a provocar espasmos a los más sensibles, como si de un largo tráiler de una película de acción con Mel Gibson se tratara.

En Salvajes (Stone, 12), al contrario de lo que sucede en la cárcel del gringo, vemos cómo se trata arduamente de contar de manera cursi la historia de lo que está pasando en el shakespeareano mundo de la droga entre México y Estados Unidos que construye con mal tacto el experto en dar tumbos, irónicamente viejo lobo de mar, Oliver Stone, basado en un cool best seller, Savages (2010), de Don Wislow.

Un bonito trío de Beach Boys –Ben, Chung y O.– vive en el paraíso sin ningún reparo, hasta que los mexicanos se aparecen para reordenar su mundo ideal de marihuana y medio los despiertan de su feliz inocencia de heal the world con el mismo número de absurdos intercortes jugando a ser videoclip. Y aunque quisiera pasar en la reflexión como una mala versión de un viajezote monumental e incontrolable que quisiera emular a la peor versión de una cruda post Nacido el cuatro de julio (Stone 89), o la de los cómicos y sabios avatares de Cheech and Chong (Adler 78), acaso únicamente logra pasar por una caricatura de guerra con rúbrica de Chavo del 8 y todo... ah, eso sí, con finales alternativos para que el espectador elija, porque el director no se atreve ni a exhibir la moraleja, ni a suplantarla con la edificante, suave y melosa conclusión, que muy atrás ha dejado a los Asesinos por naturaleza (Stone 94).

Ambas películas representan el infiernito en que ha devenido México para el imaginario gringo. Por un lado: la cárcel de tercera en la que sobrevive el ciudadano norteamericano con un dedo de ínfulas policíacas, dispuesto a defender su causa justa (¡!) y, por supuesto, monetaria. Por otro: la invasión de los bárbaros a los bárbaros; unos hiperbronceados e inspirados que defenderán ante todo a su mujercita que los reafirma en su homosexualismo, otros monstruosos y corporativos de pacotilla que van por la vida torturando y descabezando a quien se deje.

México se ha convertido (¿o cuándo dejó de serlo?) en territorio hostil, como en época de la Revolución Mexicana, para estas producciones gringas que ya para siempre perdieron el sentido de una cámara estática, o el corte de escena razonado, lo que se ha convertido en tendencia top formal en Hollywood (cfr. todas las de súper héroes y más). Ambos filmes dibujan al nuevo estereotipo del mexicano: pasó de ser nuestro hegemónico sombrerudo, gritón, bogotón, ladino come chilli, babosón, violentazo hijo de su chingada madre y jodido, para transformarse insospechadamente en lo mismo, pero sin sombrero y con la dolariza en sus toscas manos.

Atrapen al gringo y Salvajes divierten si se está consciente de la ecuación y se juega a invertirla. Una, la que apadrina Gibson, en interiores evocadores de gran ruina de pueblo del viejo oeste pekinpahquiano. Otra, la que juega a deconstruir Stone, en exteriores de duelo trasnochado entre pistoleros legendarios que traen guerras imborrables dentro de ellos mismos. Las dos siguen repitiendo el western constante que siempre se está haciendo en Hollywood cuando se trata de exhibir las contrincancias políticas entre vecinos que se aman y se odian, no saben por qué es así, sólo que así es; así se sienten y se torturan, ¿verdad, Catulo?


14.07.12



Praxedis Razo


Un no le aunque sin hay te voy ni otros textículos que valgan. Este hombre gato quiere escribir de cine sin parar, a sabiendas de que un día llegará a su fin... es lo que más le duele: no revisar todas las películas que querría. Y también es plomero de avanzada. Mayores informes y ofertas al 5522476333. ....ver perfil
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