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Memoria de mis putas tristes

Aburrida esperanza de la vejez


Tener 90 años y hecerse el inocentón ya había sido una mala idea para una de las más espantosas novelas mediomalescritas por un Nobel –que hasta logró hacer huir despavoridas a sus lectoras más fieles, las que no lo leían–, pero maladaptarla para el cine tratando de empeorarla es una de las empresas más inusitadas de la vidita fílmica reciente.


por Xidarto P. Legribés


Mal arranque. El querer consentirte con una niña virgen en tu cumpleaños 90 puede llegar a ser un asunto muy importante... bien tratado. Levantar la bocina dl teléfono y pedirla como si fuera pizza, ¡pfff! Así se presenta un hombre a mala hora llamado el Sabio (Emilio Echeverría que sigue desarrollando al vagabundo de su destino, llamado el Chivo)que lo único que quiere es cogerse a una chavita. Ah, sí, ya se había dicho dos líneas arriba, ¿no? Pues no importa porque eso es lo que quiere y la película se obstina ¡en cada maldita secuencia! en decírnoslo y nada más importa.

Mal desarrollo. En clave de flashback gratuito, el filme recorre la vida de el Sabio que transcurre en dos o tres calles de en un villorrio realista mágico en decadencia, como sucede en El lugar sin límites (Ripstein, 1973), o incluso en El coronel no tiene quien le escriba (Ibídem, 2002) ¿será la misma locación? Bien pudiera. Y se nos cuenta la vida completita de este hombre, que también es periodista cursi, nomás para que nos quede claro que es un buen putañero, un señor de la casa de citas, un coscolino (ah, sí, es lo mismo, pero la película insiste); que cuando se iba a casar, se fue de putas; que cuando se hallaba a la espera de la inspiración, se cogió a su criada por aquellito que, a decir de ella misma con cara de agonía, “se hizo para salir, no para entrar”; que cuando era niño conoció un harén apestoso; que cuando... y así.

Mala conclusión. Se enamoran víctima y victimario (si partimos del hecho de que todo se trata de un delito solapado por la madrona del lugar, una momia azteca hecha de Geraldine Chaplin) en medio de un contexto militar que nunca queda claro, pero es el Sabio el que sale y grita a los cuatro vientos algo así como un “all you need is love” incrédulo de sí mismo que nadie quiere escuchar, ni los espectadores, porque todos estamos en cosas más importantes, como imaginarnos qué hubiéramos hecho con el mismo asunto que no hizo, por un lado, el indignante Henning Carlsen (un hombre de 84 años al que se le cuecen las habas por merendarse a una chavita), que no obstante ser el realizador de más de veinte títulos se renovó a tal grado que se podría decir que está en pañales, haciendo una mala ópera prima con esta Memoria...; que no hizo el triste guionista Jean-Claude Carrière ya en plenitud de su fuera de lugar (y un amigo debe decírselo); que no hicieron ninguno de los productores que se fueron de vacaciones al pueblito pintoresco y la zona roja que se medio recrea después de que dieron su coperacha, tranquilos porque ya su nombre está a lado del Nobel colombiano, sumo pontífice del boom latinoamericano, que en nunca en ninguna de sus presentaciones pretensiosas (autores intelectuales o guionistas) ha llegado bien al cine.

Lamentable estreno, pero más lamentable el que se maltrate el nombre de una vejez lujuriosa que sigue a la espera de su gran interpretación cinematográfica.


21.10.12

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