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Días de Morelia

Crónica sobre los últimos tres días del Décimo Festival Internacional de cine de Morelia

por Jorge Tercero Alvizo


Poetry is seeking the answer

Joy is knowing there is an answer...

Gregory Corso


Un sueƱo profundo dentro de una camioneta desvencijada, como una caverna oscura que viaja sobre ruedas. Las voces de gente charlando sobre cine en el asiento trasero y la sensación de incertidumbre que se siente siempre que se visita un festival de cine. Mentira; que se siente siempre que se viaja.

Entre sueƱos escuchaba las voces de Daniel y Julio (consejo editorial de esta revista online) charlando con aquel dude al que dieron por nombrar ā€œel primo de Werner Herzogā€. Al lado de mí, un colega que no dejaba de mirar su teléfono. Adelante creí ver al tipo alto que posteriormente intentaría teclearme en una peda de hotel. Las piezas aún en suspenso, buscando su sitio en una película que jamás habríamos de filmar. Mientras tanto mi sueƱo recorre de nuevo, aún en este momento de flashback simulado, una carretera que siempre me ha dado pereza mirar. Para de pronto estar ahí, lleno de maletas, parado en el centro histórico de Morelia; observando un costado de aquella rozada catedral barroca: Catedral de la Transfiguración del SeƱor de Morelia. No quería moverme de allí, no quería arruinar el momento hasta que alguien habló de ir a registrarse al hotel. ā€œFirst is first and fair is fairā€, ā€“según dicen. Aún no entiendo bien de qué se trata todo esto de los festivales: llegas al lugar, peinas la zona, intentas ver algo (mucho o poco) de cine, disfrutas del lugar y regresas a casa. Simple pero laberíntico, en algún punto la mente siempre se te queda atorada en digresiones y fárragos.


Tomamos el cuarto 424 del Hotel Alameda: número que se me ha quedado grabado de forma extraƱa, como una carta de póquer que te hizo perder o como un tatuaje mal hecho pero inofensivo. Aunque no me atrevo a decir que de forma funesta, porque nunca es para tanto. Alguien me comentó que en el cuarto de al lado (y en el hotel en general) sucedían cosas paranormales, algo así como fantasmas. Pero yo los únicos ectoplasmas que pude percibir fueron los de siempre, los del deseo fallido y los de la cruda del otro día. De cualquier forma, mi cuarto asignado cumplió bien su misión: ser un espacio para botar las cosas en pos de salir a buscar las películas aƱoradas.

La mayor concentración de las cintas en exhibición sólo se podían ver en los Cinépolis de la ciudad (Centro y Las Américas); otro tanto fue destinado a sedes especiales como el Aula Mater de la Universidad o el Auditorio de la Casa Natal de Morelos, entre otras. Lo que, en mi opinión, falló en este festival fue eso: casi todo sucedía en las salas de Cinépolis y no en lugares reales. Una verdadera pena, sobre todo cuando se tiene una ciudad tan deliciosa como Morelia de marco. Se entiende que la cadena es uno de los principales inversores, pero quizás deberían darle un poco más de prioridad a otros espacios.

A pesar de esto, es imposible no disfrutar de la ciudad y vagabundear a lo bohemio por ella, como hicimos casi todos los críticos (los raritos de la ā€œprensaā€ a ojos de los periodistas). Después de haber caminado un poco y de deshacerme de la compaƱía, pagué mi ticket para ver una mala película; pero una película de festival a fin de cuentas.


La cinta fue Rezeta (2011) de Luis Fernando Frías. Una comedia ligera que habla sobre un amor inusual que se sitúa en el DF. Es raro que hablen de casa cuando andas lejos, lo cual me hizo pensar en mis vínculos con la ciudad que me recibía. Pensé en mi padre que vive en algún punto de aquella urbe michoacana (pensé en visitarlo); también recordé a una amiga que prometió darme asilo si alguna vez yo llegaba a su pueblo. Claro, ninguna de estas opciones era realmente viable, además de ser innecesarias, porque el hotel era bastante eficiente.

Más tarde vería el documental Miradas múltiples (la máquina loca) (2012) de Emilio Maillé. Una película bastante disfrutable, sobre todo por los jugueteos entre las imágenes de Gabriel Figueroa y la música de Michael Nyman; de lo poco que realmente agradecí de este festival. En algún punto antes de ver este filme, recuerdo como entre sueƱos, haberme fotografiado con Daniela Michel, directora del festival: imagen sin soundtrack que tal vez nunca salga a la luz.

Al salir del complejo del Cinépolis Centro tuve un encuentro con un hijo perdido de Drácula. De pronto avisté a unos tipos de uniforme (como de alguna institución rara) que me dijeron Ā”Cuidado, un murciélago! Al mirar al piso vi una especie de rata que se arrastraba penosamente; pero no pude entender la consternación de toda la gente que la rodeaba. Nunca había visto un vampiro tan de cerca pero me pareció menos impresionante que un narco.

Seguí caminando en busca de un buen lugar para echar la hamburguesa y la chelaā€¦ y que no cerrara tan temprano porque, además, ya pasaban de las 12:00am. Encontré un restaurante muy concurrido (por lo regular no me gustan ese tipo de lugares), llamado El Jardín de las Rosas. Allí cené una hamburguesa y dos chelas en silencio total, o al menos así me gustaría recordarlo.

De noche tuve una mini aventura en pos de encontrar un cajero. Caminé algunas calles en compaƱía de un dude del Canal 22. Había unas estructuras de puestos ambulantes (en proceso de ser montados) alrededor de la catedral. Había gente nocturna con miradas nocturnas y policías de rostros hoscos que jugueteaban con su reglamentaria mientras te sostenían la vista; sin embargo la noche era hermosa y el cajero correcto jamás fue encontrado. Compré unas chelas que ni recuerdo haber bebido.

Más tarde el día 1 sería liquidado en un cuarto de hotel (número 425) lleno de chelas y gente bailando en un espacio muy reducido. Incluso yo me eché un par de cumbias y unas rolas de Pink Floyd. Hubo un borroso incidente con un fantasma (al cual nunca vi) y terminé escribiendo toda la noche sobre el suelo de mi cuarto, como debe de ser.


Para empezar el día 2, fui de los primeros en el comedor para desayunar y recuerdo haber charlado sobre las posibles ganadoras del festival con Rafael AviƱa y con un tocayo que trabaja en el periódico La Jornada. Una charla matutina estimulante, todo lo que un detective privado necesita para sacar algunos datos en duro. Reconsideré aquello sobre disiparme entre las arterias de Morelia después del desayuno e intenté escribir sobre las cintas apreciadas, antes de caminar.

Nunca pude visitar los famosos lugares del mapa, tales como el Centro Cultural Universitario, el Mercado de los Dulces o la Casa de las Artesanías. Sólo imaginé que los visitaba y, de hecho, ya en el DF le pregunté a una compaƱera sobre éstos. Ella me habló de un zoológico que da visitas de noche, de nombre Benito Juárez: allí, supuestamente, se puede jugar a distinguir a las bestias sólo por sus ojos. Aquello me hizo pensar en el filme Cat People (1982), donde sale la hermosa Nastassja kinski pero nunca llegué a ver ese Zoo. Destinos turísticos y atracciones locales que son más para venir en familia o con la abuela. Como ese no era mi caso, opté por perderme entre las curiosas calles de la urbe.

En algún momento al estar en los suburbios, o no sé que serían, encontré un par de puestos de tacos de carnitas, con el sabor más vaporoso y glorioso que se pueda probar. De lo poco bueno que me dejó esa ciudad. Tacos que a su vez me evocaron unos tacos de tripa que me comí junto a la Alhóndiga de Granaditas, en el festival de cine de Guanajuato. Otro vínculo cinematográfico-alimenticio; todos los tacos de México están sutilmente interconectados.

Era curioso ver y percibir la vida cotidiana la ciudad entremezclada con las actividades del festival: salir de un evento de prensa con Geraldine Chaplin y encontrarte con una boda a lo mexicanote o con una especie de feria popular alrededor de la catedral. Recuerdo que caminamos entre una verbena de gente y puestos sobre la Plaza de Armas, en pos de una fiesta de prensa. En un punto pensé que tal vez hubiera sido más interesante quedarse con toda esa gente, llenando las calles, que ir a la party, pero no hubo tiempo para todo.

Esa no sería la única verbena que veríamos, fue impresionante la cola de gente que se gestó para la función de clausura. Sobre todo porque esa noche se exhibió la película Moonrise Kingdom (2012) de Wes Anderson. La verdad que no me quedé demasiado, la pieza del Anderson ya la había visto en el DF, y horas antes allí en Morelia, acababa de ver Cielo Negro (1951) de Manuel Mur Oti. Un drama espaƱol ā€“sobre una humilde jovencita que no puede hallar el amor y que al final lo pierde todoā€“ que no fue suficiente para vencer las alucinaciones en las que me vería envuelto más adelante.


También había extranjeros en el panorama, como esos franceses del hotel que nos ayudaron a arrojar una gorra, de un piso al otro, en un absurdo juego de niƱos para insomnes. Esto me hacía pensar en algo que quizás leí de BolaƱo: algo sobre que en cada ciudad que se visita, uno está destinado a reproducir su propio recorrido. No recuerdo con precisión la cita pero la idea siempre me ha parecido muy acertada. Así, mi versión de Morelia y sus películas terminó por transmutarse, por unas horas más, en mi pequeƱo laberinto personal; lo mismo de siempre pero en cucharadas rápidas. Una encrucijada de fiestas y devenires que murió con la noche, con la misma oscuridad dentro de la que se había gestado. Como haya sido, esa misma noche, después de bastante rebotar entre cascos de cerveza, los pasillos del hotel y trastornos de la mente, cerré la segunda noche charlando filosóficamente al lado de la pandilla de F.I.L.M.E: Julio y Daniel. Una noche excepcional sin duda, reveladora (como pocas) y saturada de meditaciones oscuras, sabor Morelia.

Así, Morelia, su cine, su festival, sus frivolidades barrocas y sus vivencias, como tantas otras ciudades que danzan al paso del arriero loco (del bebedor de noches, del vagabundo o del trotamundosā€¦) se quedó en el horizonte de otra carretera lejana. Se quedó en un punto-pantalla en fade out, al que, quizás en otro momento, nos volveremos a asomar.


11.11.12

Jorge Luis Tercero Alvizo


@GiorgioDammit
En ocasiones simplemente Giorgio o George, es un sirviente de la palabra (online) que escribe sobre variadas cosas y temas, aunque a veces nada tiene sentido y todo se condensa en un insensato diƔlogo interno. En el centro....ver perfil
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