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Skyfall

La esperanza en la madriguera


El señor Bond regresa en un cifrado opus de muerte/resurrección que muestra el paseo digno de un museo de los horrores del personaje creado por Ian Fleming. El héroe entrando a sus cinco décadas ya, presentará a partir del buen gusto del director Sam Mendes un capítulo más en la interminable historia del agente secreto menos secreto del mundo.


por Praxedis Razo

Escribe Daniel González Dueñas en una de las nutricionales notas al pie de página de uno de los libros más lúcidos en contra de Hollywood, Mirador en una cuerda floja [1], que en un documental que él vio sobre los ya lejanos 40 años de Bond, varios guionistas de la serie declaraban que cada vez era más complicado abordar al personaje de Fleming, pues la consigna es, desde hace muchos Bond, “no repetirse”, lo que en términos reales, traduce González Dueñas, significa que para ellos es arduo imaginar apariencias novedosas para decir siempre lo mismo, mostrar una serie de elementos y situaciones que los espectadores esperan con avidez, ese exigente y preciso coctel que no puede alterarse sin que el público se sienta decepcionado y hasta traicionado, y abunda con insidia:

Singularísima forma de lo “nuevo” (“ruptura”) que sacraliza a lo “viejo” (“tradición”): el espectador espera ser sorprendido por la originalidad, ingenio y vistosidad con que le son presentadas las partes de una estructura que conoce de antemano y a las que ha vuelto una y otra vez hasta la saciedad […]: lo que lo hace feliz es poder predecir lo que sucederá pero no cómo. [Entonces, el espectador] está protegido dentro de los límites de lo redundante (lo macrocósmico debe ser predecible), pero no siente que haya perdido su libertad, ni que esa protección sea un ahogo, precisamente porque los detalles de lo redundante son en sí irrepetibles (lo microcósmico es impredecible). La “ruptura” consiste en inventar nuevos vestuarios, siempre adaptados a la respectiva modernidad, para un invariable y monolítico maniquí.

Así es, el nuevo James Bond es el viejo James Bond un tanto traducido para las expectativas actuales que, honestamente, no son muy distintas de las de los espectadores que vieron El satánico Dr. No (Young) en 1962. Pero ahora, y discretamente desde Casino Royale (Martin Campbell, 2006), los escritores han llevado al límite su “gran” reto: inventarle un pasado congruente con su asepsia a este don Juan antitrágico (por inexpresivo), paralizado en una movilidad que no va a ningún lado, como la de un engranaje útil, y esta vez van a la infancia que en todo es harrypotteresca, pero antes nos elaboran varios cortometrajes que pretenden homenajear tiernamente a todos los Bonds, James Bonds en su 50º aniversario.



Bond y sus inicios (del cine)

El gran acierto de Mendes (que regresa de ultratumba, luego de su chantajista, virtuoso y quebranta mitología de Titanic (Cameron, 1999), Revolutionary Road, 2008) de dejar a cuadro todo lo que ya pasó, es singular, aunque debió causar ciertas angustias entre los productores que le piden una cosa por otra. “Si me vas a ahorrar una balacera, que sea intensísima la persecución”, podría escuchársele decir durante la preproducción a Barbara Broccoli [2], la única y verdadera chica Bond -ha producido desde el 95 todas las películas del 007-, apostadora de esta mesa llamada Skyfall que no reparan en gastos

Luego de un ¿raro, consistente, inesperado, gratuito (usted elija)? borroso perfil simiesco (a la Monkey shines, Dickson, 1890, tal vez) que se acerca a nosotros –con las trompetas a todo y todas las posibilidades de juego de la luz posibles en cinco segundos de una sola toma en aparente profundidad de campo– de un plano general hasta un primerísimo plano fractal, vemos cómo se va a desarrollar esta entrega: la obediencia ritual de los espías que dejan morir a un amigo en nombre de la misión.

Y pasamos a exteriores pavorosos de la gran persecución cardíaca que guiña para muchos lados a la vez: en primer lugar Tintín, ese núcleo solar de un sistema bien claro de personajes hollywoodescos (desde Chabelo y Pepito hasta Indiana Jones), y sus persecuciones sepias entre espectaculares y modestas en motocicleta; luego por supuesto los Lumière (en las humildes lecciones de Mendes y sus inicios de historia del cine) y su culpable llegada de tren; para terminar toda esta secuencia, antes de créditos con cancioncita de Adele, con gran coreografía keatoneana sobre los vagones del ferrocarril, que sorprende no hayan explorado antes los creadores de ningún Bond: ahora queda al descubierto el trabajo de Craig sobre el espía británico: es un sentido e irónico homenaje constante a Buster Keaton y su huesuda e inatributiva jeta.

Venga el veneno del disparo femenino (ay, fatalidad sexista). El veneno del disparo ardiente de la perra fiel. Tenía que ser mujer la que se equivocara, por supuesto. Tenía que ser mujer la que obligara a equivocarse a la otra mujer, por supuesto. Tenía que ser su puta madre la que impulsara a Bond al útero que planearon fuera parte del diseño de los créditos iniciales, y del que volverá a nacer un tanto afectadito, pero poco; un tanto humanizado, pero con sus mismas muletillas monolíticas, sin duda. Siempre dispuesto a seguir en la trinchera, como la marioneta que es.



Bond y los viejitos

La jubilación vista como fin de una era es un lugar común. No será distinto para el mundo Bond. “M” (Judi Dench casi ciega) huele a rancio en la realidad, y como en la mejor tradición telenovelesca mexicana hay que sacarla de cuadro. Mostrándola piadosamente acabada, los espectadores entienden que tenga que irse, y al quite le entra Mallory (Ralph Fiennes desencantador) que tendrá que ganarse la confianza del perro más fiel de la camada, Bond.

Entonces entiéndase algo, esta es la película de “M”, la fiesta jubilatoria de las balas para la anciana sanguinaria, y el villano esta vez es un monstruo salido de las propias filas de la superpolicía inglesa a las órdenes de la reina: Silva (Javier Bardem atrofiadón y al más puro estilo hannibalecteriano) fue un agente vasallo del pasado que, de pronto, le da por destruirlo todo para poder recordarle a “M” los pecados que ella cometió. Así se va media película en ir y venir para dar con el personaje, que se aparece monumental y con cierto mal gusto en una isla tan desierta como sus agrias intenciones, donde convida a Bond de la manzana del lado oscuro.

Ahí sucede lo inesperado: Silva y Bond coquetean para después practicar un peculiar ménage à trois con sendos pistolones y la mujercita victimada es perfectamente desechada. Ya sabemos que a Bond no le duele su corazoncito, y que sus pasiones son matar, morir, algo de su melancólico pasado (del que se va a ver casi todo en esta película) y su Aston Martin, por el que sí se enoja cuando se lo estropean. El amor entre los dos agentes se desenvuelve de tal modo que en determinado momento Silva arremete a Bond con un súperfalo demencial y democrático: ¡le deja caer los nueve vagones de un metro!

Entre los créditos iniciales y la escapada a Skyfall suceden varios cortometrajes de Sam Mendes y varios escritores, unos peores que los otros, y a ratos sin congruencia interna. No obstante, entre ráfaga y ráfaga, siempre queda denunciado el buen oficio fílmico que tiene este director, de la mano de un gran fotógrafo con el que consiguió milagros en Revolutionary Road, el veterano también fetiche de los Coen, Roger Deakins. Quizás el mejor de todos esos cortos estén en China (también país productor): el ballet mortal del cuarto de los cristales con anuncio de neón en chino mandarín, un duelo de sombras incendiadas por la furia con fondo frío, o la entrada sobre el agua al casino con dragones de Comodo.



Bond en Strawberry fields

Este título del 007 es también un gran homenaje a los paisajistas románticos que supieron retratar el sentimiento que reinaba entre los siglos XVIII y XIX allá en la tierra del té y lo nebuloso. Principalmente, en toda la parte final del extenso largometraje, se trata de recrear la luz que inventó con tan mudo placer Turner, y por eso se decide llevar a un terreno formalmente inédito la acción tumultuaria de Bond, dando paso a un semitono casi poético de la campiña inglesa.

Skyfall es el nombre de la infancia de James. Un ranchito donde se crió en la orfandad el niño Bond a lado de Hagrid (no leyeron mal, el guardabosques de Potter sale cifrado y bien librado por su acento escocés para recordarnos burdamente que Sean Connery, el primer Bond, es de Edimburgo). Skyfall es lo que faltaba deconstruir del pasado fundamental del agente secreto. A partir de ya se le puede considerar un Robocop cualquiera que tiró la última de sus lágrimas en una recreación de La Pietá de Buonaroti a la inversa, donde el Cristo lamenta la desaparición de su madre.

Mendes logra con creces hacer de una apacible parcela turneriana un Vietnam coppolesco con entrada dramática y todo (por cierto una versión sanguinaria del gran boogie “Boom boom” de Lee Hooker). Skyfall se transforma en el escenario donde se desnuda a Bond como una rata de campo cualquiera y es el sueño inconfesado de Norman Bates: para Bond porque se trata de la destrucción grosera y altiva de su traslúcida infancia traumática, y para Silva porque trata de darle un cariño abstruso final a la madrecita santa que lo ha tratado como res en carnicería.

Skyfall es la esperanzadora madriguera de nuestro espía que revienta siempre para sí, siempre para sus adentros.



ADENDA
por Julio César Durán

James Bond celebra su quincuagésimo aniversario y como todo hombre maduro sufre de los estragos que el tiempo y las experiencias hacen sobre él. Justo lo que Mendes estará citando a lo largo de Skyfall. Si bien es notorio que Daniel Craig es el primer 007 que es presentado (desde que Paul Haggis escribe sus aventuras para cine) como un agente secreto vulnerable, el cual ha cambiado su porte impecable -esa imagen de galán que no se despeina aunque esté en una explosión nuclear, héroe que puede vencer al más fino supervillano al mismo tiempo que puede conquistar a la más fría femme fatale- del que nuestras madres se enamoraron hace varias décadas, es en su película número 23, un personaje que desde el inicio se exagera su edad. No será de extrañar que las arrugas se marquen más y la barba se deje crecer hasta pasados los 50 minutos del filme, y que el argumento entero esté en clave de ave fénix. Con esto como punto de partida, habrá que tomar en cuenta que el Bond que festeja su medio siglo esté homenajeándose a sí mismo y a la historia de la que él mismo ha sido parte. Veamos, pues, las claves:

* Durante toda la película se pasará lista por las melodías que han sido icónicas para cada uno de los 6 que han encarnado al agente secreto. La más reconocible para nuestra generación, "The World Is Not Enough" de Garbage.
* Sam Mendes trae de nuevo un ojo de autor a la franquicia del 007 que se había dejado de lado desde el mismo Terence Young -quien realizó la primer película de James Bond, Dr. No- (y tal vez Lee Tamahori) y ya no solamente cine por pedido.
* Skyfall, junto a Goldeneye (Martin Campbell, 1995) son las únicas dos películas que hasta ahora han tocado el tema de la muerte de los padres de Bond, y curiosamente, son las cintas protagonizadas por Pierce Brosnan y Daniel Craig las que han tenido al personaje "M" (Judi Dench, única mujer en ese papel) como figura materna.
* La aventura 23 del agente secreto será una de las pocas (si no es que la única) que tome como escenario principal a la ciudad de Londres, cambiando los lugares exóticos, misteriosos o simplemente extranjeros. Tanto así que la empresa Brit Movie Tours realiza actualmente un recorrido turístico de 3 horas al rededor de la capital británica por los sitios mostrados en Skyfall.
* Al inicio del último acto de la película se hace un homenaje a El Samurai (Jean-Pierre Melville, 1967) cuando Bond y M recogen el Aston Martin de una pequeña bodega de suburbio. La cinta del francés es una obvia respuesta al subgénero que inauguró el 007 en los sesenta.
* El villano interpretado por Javier Bardem, Silva/Tiago Rodríguez, y sus coquetos motivos calavéricos (Día de Muertos), es parte de la actual afición británica por lo mexicano; a parte de ser el catalizador de homosexualidad explícita mostrada por primera vez en la franquicia (tanto que se sugiere que Bond tuvo un encuentro homoerótico en algún punto de su carrera).
* La complejidad sexual de Silva, que hará de la chica Bond un elemento de utilería que aparece 5 minutos durante toda la cinta, será superada únicamente por su guiño a los mosntruos clásicos de la Unviersal al presentarse como la creatura/vástago de "M".
* La idea de viajar hasta Escocia para el duelo final no es gratuita. Bond regresará a las highlands a casa de sus padres, es decir la tierra que vio nacer a Sean Conery, el primer agente 007.
* Albert Finney, famoso por la generación del Free Cinema inglés, es presentado como el protector en la orfandad de James Bond. Figura importante de la generación de los años 60.
* La entrada triunfal de Silva, hacia el final de Skyfall, es una obvia referencia a Apocalypse Now (Coppola, 1979). Será necesario quemar todo para poder resucitarlo en la siguiente entrega, con nuevo "M" y nuevo "Q".

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[1] CONACULTA, 2012, ejemplar del que pronto habrá ejemplares para los lectores de esta revista.
[2] La experimentada Barbara Broccoli junto a su cuñado Michael G. Wilson han sido productores de la franquicia del 007 desde que la familia dueña de Eon Productions (Albert R. Broccoli, padre y dueño de la compañía norteamericana compró los derechos del personaje de Fleming desde 1961) les legara el trabajo con la primer cinta de Pierce Brosnan. Nota del editor.


04.11.12

Praxedis Razo


Un no le aunque sin hay te voy ni otros textículos que valgan. Este hombre gato quiere escribir de cine sin parar, a sabiendas de que un día llegará a su fin... es lo que más le duele: no revisar todas las películas que querría. Y también es plomero de avanzada. Mayores informes y ofertas al 5522476333. ....ver perfil
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