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Moonrise Kingdom

Dicen que un realizador cinematográfico sólo hace una pieza en toda su carrera y que vuelve a ella en cada filme que dirige. La séptima película de Wes Anderson es un gran ejemplo de un autor que ha elaborado y reelaborado una y otra vez la difícil etapa que sufrió con sus dos hermanos en la vida real: crecer en un hogar partido por la mitad, no era huérfano pero nunca pudo decir que tuvo padres.

por Bruno Bazin

 

 

Moonrise Kingdom (2012), de Wes Anderson, divertida, entrañable y adorable como muchas de sus antecesoras; un nuevo lienzo donde el director vuelve a plasmar todas sus obsesiones en torno a las relaciones de familia y algunas cuestiones estéticas. La cinta nos pone en pantalla muchos de esos recuerdos inmaculados de la niñez, mezclados con las fascinaciones pop del director: por un lado reviviremos aquel romance de la infancia con el que todos alguna vez fantaseamos, por otro lado, la música coral decorará esta fantasía llena de niños jugando a ser adultos.

 

La historia de este filme es muy sencilla y gira en torno a dos niños raros (de los años 60) que se enamoran de un modo inusual: a través de epístolas. Estos púberes son Sam (Jared Gilman) y Zuzy (Kara Hayward). Él, un huérfano, ahora ex boy scout, además prófugo, que tiene mucho de James Dean y de poeta maldito. Ella, una niña rica incomprendida que se maquilla los parpados al estilo femme fatale y fantasea con todas las historias de sus libros de cuentos: una poeta beat en formación o quizás alguna pintora neoyorquina. Alrededor de ellos se desatará la explosión visual en tonos pastel de un territorio totalmente andersoniano; unas excéntricas islas que sintetizan dentro de sí mucho de la idealización del paisaje de los Estados Unidos de Norteamérica. Esta geografía desaforada recuerda mucho las historias de mar que nos narra el viejo capitán (Bill Murray) de La vida acuática con Steve Zissou (2004). Tal será el escenario sobre el cual se desatará la casería que un violento grupo de niños exploradores realizará en pos de la pareja de prófugos, de estos Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) pubertos.

 

 

El escape de los dos chicos es importante porque nunca tratan de huir de las islas, más bien buscan un reino propio en ellas, donde las inmaduras reglas que han elaborado los adultos no existan. La escapada es hacia sí mismos y hacia lo que realmente son, es un viaje, como muchos, de descubrimiento interno. Sin embargo el orden buscará a toda costa recuperar a los hijos pródigos que han descarrilado su camino. Sólo el honor de los scouts, la amistad y la fe, con un poco de ayuda del otrora héroe de acción ahora convertido en un viejo policía con el corazón roto, el Captain Sharp (Bruce Willis), acomodarán las cosas para que el amor prospere.

 

Como en tantas otras películas de Anderson estamos ante grupos de personas (seres quebrados, locos o enrarecidos) que intentan agruparse en un simulacro de familia. Como si con dichos intentos de precaria comunidad lograsen recobrar algo que hubieran perdido desde mucho tiempo atrás: como los hijos atolondrados de Viaje a Darjeeling que buscan desesperadamente a su madre; como de igual modo Mr. Fox busca la aventura en el robo en El fantastico Señor Zorro (2009); o como el viejo y cínico Royal intenta restituir la unión que mucho tiempo atrás perdió con su familia, en Los excéntricos Tenenbaums (2001).

Situaciones y personajes que se repiten obsesivamente, como en el caso de la eterna musa incomprendida del universo andersoniano. La pequeña Zuzy de Moonrise Kingdom conecta de forma bastante interesante con la bella Margot (Gwyneth Paltrow) de The royal Tenenbaums, quien a su vez transmuta en la creativa Mrs. Fox (Meryl Streep) y en Eleanor Zissou (Anjelica Huston). Una misma musa, un mismo personaje saltando de un escenario a otro a través del pintoresco imaginario de este realizador.

La película, en momentos, se derrite narrativamente entre esos lugares comunes o juegos estilísticos a veces no tan sorprendentes de este autor: muchachos excéntricos, lindos y súper dotados (como tomados del imaginario de J. D. Salinger o Alessandro Baricco), adultos no menos excéntricos que terminan actuando más como niños que los mismos infantes y un happy ending lleno de magia. Una magia que bien podría devenir en epifanías llenas de tristeza; como siempre pareciera suceder en los recuerdos de lo idealizado pero que en Anderson se vuelven estáticos bajo esa idea de una armonía que neuróticamente siempre se restablece. Aquí es donde el ejercicio del cine independiente se rompe, la película está cifrada sí en mucho por el viaje del héroe: después de un impacto que lo saca de su cotidianeidad, del encuentro con un mentor y la travesía por los umbrales que tiene que superar, lo esperado y peor aún lo obvio, por supuesto, es que nuestro protagonista encuentre la manera de restablecer el equilibrio de su universo una vez más… y sucede.

 

 

Con todas las de ganar en el circuito del cine de autor, Anderson desperdicia la gran tensión que va creando desde el inicio al presentarnos una posible tragedia que de hecho ya sucedió y que los personajes están por vivir. La información que el espectador tiene y el protagonista no, es el gran gancho que nos llevará de la mano para conocer no el “qué” si no el “cómo” de la historia. El gran descenlace se vuelve plano cuando todo dirige a un punto de no retorno, pero en lugar de eso, el realizador es condescendiente, nos da un respiro y nos devuelve la tranquilidad al notar que al final todo salió bien.

 

Tal vez esa es la idea a fin de cuentas con este cineasta, porque con todo, su cine siempre parece como de cuento de hadas. Detalle que Anderson sabe formar deliciosamente a través de sus relatos llenos de “amor y sordidez”. Una vez más, este realizador nos conduce con bastante belleza y plasticidad –hay planos que parecen homenajes a Kubrick y a mucho del cine de los años 60– hacia el mapa de nuestra infancia perdida. Moonrise Kingdom nos hace ingerir recuerdos hasta dejarnos borrachos de maleabilidad coloreada y de esa deliberada artificialidad de sus películas. Como bien diría el melancólico Owen Wilson, varias veces musa del realizador texano, Wes tiene la sorprendente capacidad de elaborar universos demasiado artificiales, pero que poseen sentimientos sumamente reales. Justo ese es la base de su verosimilitud y de la conexión con el público, las emociones que se despliegan desde la pantalla con la filmografía de Wes Anderson son demasiado cercanas al hombre común del siglo XXI y son capaces de atravesarle las entrañas de la manera más amable posible.

La filmografía de Anderson es un conjunto de historias de padres que no supieron cómo ser padres e hijos que no pudieron ser hijos. Moonrise Kingdom es una especie de punto de fuga de las aventuras que los jóvenes vástagos de la familia Tenenbaum, pero en contraste con las dificultades que las relaciones han supuesto en el resto de las obras de Wes, en ésta ocasión el amor ha cuajado desde el inicio y será precisamente ese el disparador de una odisea que está cerca de toda poesía de viaje, desde Blake hasta Kerouac.

De nuevo el buen amigo Wes se reafirma con ese particular estilo kitsch-existencial, que siempre ha procurado. Una vez más nos reencontraremos con nuevos especimenes de niños neuróticos, pobladores nativos de las fantasías del realizador. Niños que, además, funcionarán como contenedores simbólicos: personajes saturados de referencias artísticas y obligadas de la cultura americana contemporánea.

POSDATA: si usted lector es de aquellos que apenas iniciados los créditos creen que la película ya terminó y huye de la sala de cine, le recomendamos quedarse hasta el último fotograma de dicha relación, valdrá la pena.


08.12.12



Bruno Bazin


Bizarro espécimen franco-mexicano que busca entre el mezcal y el champagne un mínimo de sentido en plena posmodernidad. Crítico de cine y de arte, escultor enamorado de la obra de John Cassavetes y de Arlo Guthrie, colabordorador, corresponsal y ensayista de F.I.L.M.E. y Metropolis Mag. ....ver perfil
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