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El premio

Ganadora en el Festival Internacional de Cine de Morelia en 2011, la coproducción mexico-argentina dirigida por el ojo y la mano geniales de Paula Marcovitch llega a salas comerciales para deleite de todos, pero más aún, para nuestro impacto. Esta ópera prima llega a las entrañas con la poderosa interpretación de su joven protagonista y nos muestra dónde se encuentra en realidad el nuevo cine mexicano.


Entre lo lúdico y lo político

por Josefina Gámez Rodríguez

En el cosmos de El premio (una magistral y honesta ópera prima de Marcovitch, 2011), el mar y la playa son un sinónimo de aprisionamiento y de congoja radical. La circunstancia cinematográfica de los personajes que se mueven en ese cosmos específico es de una constante tétrica absoluta, aunque en el fondo y por fuera se “diviertan”, se la “vayan pasando”. Esta película exhibe los fantasmas más duros de la dictadura argentina desde una nueva postura generacional desde la que todo es más claro, por ende más terrible.

Ceci Edelstein (Paula Galinelli perfectamente y perfectamente trabajada), la niña de la gran ciudad va patinando a traspiés sobre la playa: desentone total, como el piano cageano de Sergio Gurrola que sustenta la problemática que atestiguamos. Viene de quién sabe dónde y se adentra en un búnker destartalado que tiene al mar de frente, al parecer es una viejísima covachita de temporada vacacional, donde nos enteramos que vive con la que nos enteramos que es su madre (Laura Agorreca paliducha y atormentada con su vida), que intenta cerrar una ventana atroz para ¿esconderse? ¿guarecerse? de una tempestad omnipresente.

He ahí el matiz de la única verdad de esta película en tonos mortuorios (extraordinaria y perversamente fotografiada cámara en mano bien temperada por Wojciech Staron): madre e hija, alacranas atrapadas en su propia relación, en la misma trampa-casa, en constante asedio de la naturaleza, aunado esto a la presión social (encarnada por la escuelita), pivote del premio, pretexto que nos deja asomarnos por los resquicios contextuales de la historia.

El concurso al que los insípidos militarcitos someten a los infantes atrapados en esa escuela de provincia pseudo playera, pseudo portuaria (pues yace desierta de todo a todo, ruinosa y jodida) es una obligada cartita de amor a la Argentina ultramilitarizada (casi como nuestro “El niño y la mar”, concurso que la Secretaría de Marina organizaba a huevo con la SEP ¿se acuerdan?), que obviamente sirve al Estado burocrático-autoritario de fines de los 70 para adoctrinar y reafirmarse en esos momentos en que todo lo sospechoso era desaparecido, sepultado o iba hacia el mar. A cambio de chocolate caliente, los militares cumplen con su llamado “proceso de reorganización nacional”, que no era otra cosa que causar terror sistemático entre los pobladores.


Ceci, una vivaracha niña entre dos fuegos (su realidad y la realidad), estará tal cual a merced del viento (y lo disfruta, literalmente, bailando en determinado momento), pues mientras su madre, una artista plástica derrotada por la dictadura, trata de “mantenerse a flote” en total retiro-enconchamiento resentido, la escuela, ese aparato perfecto destructor-creador de todo lo bueno y lo malo que tenemos, la empuja vocacionalmente al ámbito hegemónico, al cual pertenece su mejor y temible amiga traicionera Silvia (una fría y calculadora Sharon Herrera), producto más decantado del proyecto dictatorial entre la población más humilde y rezandera.

Entre ambos mundos, el de su casa y el de la escuela, las mujeres reinan, lo masculino es un ligero error necesario pero sucedáneo (cfr. borracherita sexual en threesome que pone al machito como idiota). En su casa a su madre, frágil fragilísima, se le desmorona todo en ese laberinto íntimo que es la jaula-casa. En la escuela, la señorita profesora (Viviana Suraniti vuelta una de las mejores villanas del cine) se crece con el voraz autoritarismo hitleriano tan deseado, cual valquiria teutona. Y mientras uno de los fuegos se desvanece con un glorioso “¡Te odio!” desde las entrañas maternas más elocuentes, el otro lo incendia todo con vehemencia desaforada, pero sutil (“No te pueden apretar tanto los zapatos de mi hija. Sólo son un número menos que el tuyo” y “Talón-punta”) desde su tenebroso cubil a media luz y oloroso a mate, ciudad adentro, donde se define el premio vil.

Toma general y todo lo fija que se puede de la tragedia: la madre trata de salvar algunos objetos que se llevó el mar mientras dormían. Ceci salva un tablero de ajedrez, enlodado de arena, que se rompe en sus manos y que ilustra muy bien de qué va esta película: un juego de poderes (“blancos y negros”) que actúan sobre la niña (tabula rasa activa) que queda a la deriva, jugando a enterrar sus tesoros intelectuales, a enterrar a la amiga pérfida / beso-de-Judas. Esa niña con alma de poeta maldita (“El mar está loco y las olas tienen muchas hermanas”), que se medio divierte con su perrita, es el retrato de la confusión argentina que no puede entender que por pesimista te mueres y que queda ondeando sin rostro mientras berrea sola, sin consuelo, como una bandera indigna de su tiempo.


13.02.13



Josefina Gámez Rodríguez


@PepitaGamez

Maldecida por la conjunción de sus padres, está destinada a desgarrar filmes para ganarse la vida, mientras gusta de prostituirse como divertimento cultural. Si de rostro bizantino, su maquinaria torácica pasa atrevidamente por lo más vanguardista....ver perfil
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