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Workers
por Andrés Azzolina

El mar es un espacio perpetuamente interpretado en las artes por su carácter infinito, atemporal e implacable. El mar vivirá más allá de la humanidad y sus conflictos minúsculos, de sus fronteras y sus estructuras. Y con esto arranca Workers, primer largometraje de ficción de Pepe Valle (El milagro del Papa). Vemos el mar a través de una cámara precisa que nos va aumentando piezas de información visual lentamente a través del movimiento. Y en el primer plano sentimos la atmósfera visual/emocional en que estaremos inmersos el resto de la película.

Workers es una película narrada a partir de las incomodidades, las manías peculiares, los silencios, los espacios y los objetos. Cuenta paralelamente la historia de Rafael, conserje en una compañía de focos; y Lidia, empleada doméstica de una mansión excéntrica. Ambos viven en Tijuana, una ciudad presentada en la contradicción de un caos armónico. La suciedad y el desorden inherente a sus calles contrastan con la necesidad de la clase pudiente por contratar trabajadores para mantener un orden y limpieza obsesivos en los interiores. Y en el universo de los encargados de mantener el orden conoceremos a un narcotraficante y su madre moribunda, a un niño con vocación de maestro, una prostituta tatuadora, una joven deprimida, un chofer amante de la música de banda y un perro galgo con más atenciones de las que muchos de nosotros podríamos soñar con tener.

La narración emplea técnicas bastante finas como la ambigüedad en el tiempo del relato que permiten abrir “grietas” en la película. Grietas que el espectador llenará sin grandes esfuerzos, pero es justamente en las sutilezas de la narrativa que la película es grande, en todo lo que está implícito. Si bien la trama está llena de conflictos, no hay ningún personaje con quien no podamos empatizar. No hay “buenos” ni “malos”, hay relaciones humanas, que pueden ir desde la relación patrón-empleado al amor filial inmortal, pasando por tensiones sexuales, venganzas, cariño, crueldad y dolor en su estado más puro.

Es también destacable el minimalismo sonoro. Todo el sonido de la película se construye a partir de la disonancia. El sonido del espacio suele ser armónico con el de las acciones cotidianas, creando así una rutina auditiva que se acerca al silencio. Y es en los elementos disonantes que la historia avanza. Esto va desde la alarma con la que los trabajadores arruinan la noche de su enemigo jurado hasta los diálogos. Estos últimos, además, son utilizados a cuentagotas y son muy acertados para construir el humor de la incomodidad que caracteriza a la película.

Visualmente hay un jugueteo con la frontalidad de Wes Anderson y Ulrich Seidl, que no deja de tener su propia manera de ser. Planos siempre fijos, cada espacio tiene una manía cinematográfica, comparable con las manías de cada personaje; una manera particular de filmarse, con planos recurrentes durante toda la película. De ahí que la realización sea al mismo tiempo certera y versátil: puede ir de los planos abiertos sostenidos en el tiempo con combinaciones de acción en distintas capas espaciales a los planos detalle más pequeños. Cada cuadro utiliza además una combinación cromática que a pesar de estar presente todo el tiempo, se siente orgánica. Cada personaje está en coordinación o disonancia tonal con su entorno.

Es curiosa además la manera en que los espejos juegan como una extensión del espacio narrativo dentro del plano. Cada espejo está ahí como una posibilidad de acción agregada al cuadro, una herramienta para que lo que estamos viendo pueda contener aún más información dramática.

De ahí se desprende otra idea importante: todo elemento presente en la película está direccionado a la progresión dramática. En un principio se presentan tantas excentricidades que el impulso automático es a pensar que estamos ante un desfile de ocurrencias intrascendentes (argumento utilizado por los detractores insensibles de Wes Anderson), pero conforme la película se acerca a su fin es sorprendente cómo los cabos sueltos van atándose en un juego de combinaciones de todos estos pequeños elementos regados en el espacio. Así, cuando lleguemos al plano final (también cíclico), todo tendrá un peso emocional contundente.

Finalmente la película alcanza, a través de grietas, niveles de complejidad cada vez más grandes. No es casual que la ciudad en que se desarrolla la historia sea una ciudad fronteriza. Es, en muchos sentidos, una película fronteriza. Quizá su connotación más obvia sea la frontera emocional que liga y une a los personajes principales, pero es también una frontera formal, se encuentra en medio de distintas tradiciones cinematográficas. De ahí que exista un plano virtuoso en el que la cámara se detenga a observar el espacio, dejemos a los personajes por unos minutos y permitamos que la ciudad se convierta en un nuevo personaje. El mismo plano tendrá su contraparte sonora más adelante en la película.

Sin embargo, aún si esta película es rica en ideas, es parte de una estructura humana. Y como bien sabemos, algún día todas las estructuras, así como la humanidad misma, serán borradas del planeta. Tijuana y el resto de las ciudades se desintegrarán orgánicamente para volver a ser ecosistemas. El internet no será más que un montón de metal flotando a la deriva en el espacio. Y cuando la raza humana sea fulminada de la Tierra, el mar seguirá siendo eterno.

13.04.2013

Andrés Azzolina



Estudiante del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Hizo un corto a los quince años en el que actuaba como él mismo comiendo mermelada de una carreola en el bosque de Tlalpan. Sabe que nunca volverá a hacer algo tan bueno, pero no le molesta.....ver perfil
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