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Trance

La hipnosis de Danny Boyle

por Arantxa Sánchez

¿Cuánto tiempo se necesita para cambiar una historia? Segundos. Tres, dos uno. Nunca te hagas el héroe de nada: Vuelo de brujas de Francisco de Goya. La perfecta comodidad de una casa de subastas se difumina en la metodología de un robo, el pánico y la violencia. Una pintura no vale más que una vida humana, repite Simon una y otra vez. El único problema es que su mente no lo tiene claro.

Diez minutos son suficientes para una introducción directa, dura y retadora. Danny Boyle regresa al cine con su más reciente producción, Trance (2013), que contrario a lo que nos tiene acostumbrados el director inglés, presenta un hurto al estilo del más explotado cine hollywoodense como pretexto perfecto para adentrarse en el sabotaje mental.

Simon (James McAvoy), un subastador de piezas de arte, hace un trato criminal con Frank (Vincent Cassel), un ladrón resuelto a conseguir dinero en el contrabando de pinturas, pero algo sale mal y en un cambio repentino de los planes del robo, Simon pierde la memoria así como la ubicación de la pintura.

Pareciera que Boyle engaña al espectador al presentar una trama convencional y sumamente explotada: acción, armas, codicia, dinero; sin embargo, la fluidez, la fuerza con que narra la historia y los secretos entre los personajes, hacen de Trance otra pieza compleja del director inglés.

¿Qué puede hacer que la mente humana recuerde u olvide? Boyle introduce en la historia un método que se convertirá en el eje principal para hacer que sus personajes se enfrenten a sus recuerdos: el recurso de la hipnosis, representado en Elizabeth (Rosario Dawson), la terapeuta que buscará recuperar la memoria de Simon.

En Trance la habilidad de adentrarse en ese atlas de información, de preguntas y respuestas, puede ser un arma de doble filo. Los personajes que muestra la película se escudan en el prototipo del cliché: perdedor, ladrón, doctora; sin embargo, ¿hasta dónde estos clichés pueden construir una historia compleja y llena de aristas?


Desde tiempos inmemorables, la mente humana ha sido objeto de un extenso imaginario: posibilidades infinitas que se ven sobrepasadas cada vez que se encuentra una respuesta. Las virtudes y los vicios, los deseos y los miedos, el odio y el amor. Todo reunido en un kilo y medio de cerebro humano en Simon, Vincent y Elizabeth.

Escrita por Joe Ahearne y John Hodge –guionista de cabecera de Boyle–, Trance complementa los elementos audiovisuales con una de las zonas más oscuras en el ser humano: la mente. Recordar u olvidar. Pequeños flashbacks que conjugan el presente con el pasado. Un juego de enigmas, secretos y sospechas que son alimentados en cada regresión, en cada remembranza.

Con una filmografía extensa, Boyle no se aleja de su línea creativa: una fotografía impecable con colores que se unen en la confusión de los personajes: lo que es cierto, lo que es falso, calurosos días de verano en los campos de Francia, los edificios de la metrópoli, el perfecto color azul de un consultorio, la basura y la porquería de una construcción muy a la Slumdog Millionaire (2008).

Además, el tratamiento de los personajes permite tejer una extensa red de giros en la historia. El minuto de este momento puede complementar la historia 43 minutos después. Tanto realizador como guionistas, retan al espectador a enfrentarse a una carrera constante entre la percepción y el tiempo. “¿Dónde está la pintura, Simon, dónde?”.

Ningún recuerdo desaparece, sólo permanece encerrado en una jaula, a la espera del momento indicado o menos indicado para poder ser libre otra vez y, con ello, destruir o crear. Simon, la victima; Vincent, el mercenario sin piedad; Elizabeth, la doctora solitaria, ¿qué busca cada uno?

En este camino por unir las piezas, Boyle vuelve a sorprender con una construcción limpia y pertinente entre imagen y sonido, es decir, convierte en punto clave el diseño sonoro de la película. Nuevamente con la colaboración de Rick Smith (Trainspotting, 1996), los desfases emocionales de cada acción son sincronizados con la música que explora una montaña rusa de sonidos.

Un simple error se convierte en la encrucijada mental, sensitiva y onírica que enfrentarán los tres protagonistas. La hipnosis en el relato de la película es fundamental pero, ¿hasta qué punto el cine también se convierte en la hipnosis del espectador? Trance abre un mundo de posibilidades, las imágenes van y vienen para perder la realidad y creer en una fantasía.

Danny Boyle vuelve entregar una radiografía del ser humano, pero esta vez, alejando las razones simples y evidentes para penetrar en las razones más complejas y absurdas que inundan al ser humano. La verdad, la mentira, el pasado, el presente, el futuro, el recuerdo, el olvido, el perdón, la venganza, el amor y el odio.

Hay recuerdos que es mejor olvidar y quizá, la mejor forma de predecir el futuro, es creándolo. Boyle da poder, crea y pregunta a sus personajes: ¿a dónde va a parar todo este laberinto? Para saberlo, habrá que engancharse a un filme donde las imágenes oníricas tratan de sobrepasar la lógica.

Así, el robo y el paradero de la pintura se diluyen, ambos son sustituidos por un estilo cinematográfico que, a pesar de los años, sigue sin hartar, sin aburrir y que se renueva en el tiempo necesario para cambiar una historia, el tiempo necesario para olvidar y recordar aquello que aturde y destruye en 101 minutos.


04.05.13

Arantxa Sánchez


@mentecata_
Hace un esfuerzo constante por caminar el línea recta. Le gusta el punto y seguido, la literatura, coleccionar imágenes y ver la tele. Dicen que es odiadora de profesión pero los servicios escolares de su universidad dicen que....ver perfil
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