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Halley

por Daniel Valdez Puertos

La semiótica de la enfermedad es la respuesta al mundo en que habitamos. Enfermamos y morimos a la velocidad que vuela una mosca o a la lentitud que pasa un cometa, dependiendo del punto de vista que se prefiera. El relativismo cosmogónico, así, se antoja fácil cuando estamos frente a un tipo de cine que podría decir mucho o bien, podría decirnos absolutamente nada. Tal es el caso de Halley (’12) primer largometraje del joven director Sebastian Hoffman en el que desglosa con sádica paciencia el deterioro físico de un cuerpo hasta el desmembramiento fundamental e irrevocable.

Beto, al que vemos de principio extrayéndose las vibrisas de la nariz con solemne dedicación frente al espejo, es un sujeto enjuto que oficia de guardia en un gimnasio y que en segundo acto declara ante su salaz patrona llamada la Chivis, ya no poder trabajar en ese lugar. Primera confesión y confirmación del personaje ante su malestar. Beto padece de una flagrante descamación, escupe sangre, las venas mapean con definición su palidez, no tiene hambre, de su epidermis germinan vivaces larvas de mosca, cubre con gasa una honda lesión en la costilla izquierda ¿herida de lanza cual contemporáneo nazareno? Aún en tal mórbido estado deberá cumplir una semana más en su trabajo, como buena prole. Es durante un trayecto de regreso a casa que Beto desvanece y cae con todo el peso de su cruz doliente en alguna estación del metro de la Ciudad de México. Beto detritus está clínicamente muerto, yace en el anfiteatro en plena profilaxis forense para luego despertar cual resucitado ante el limpiador de cadáveres (¿cómo cristo al tercer día?) El empleado forense degusta una sopa instantánea mientras observa sin asombro, sin asco, sin asomo de extrañamiento a Beto inmundo; le invita de su cena, le aborda como un viejo amigo, como si fuese su apóstol y le hace ver que él también está solo en ese depositario de occisos, mientras nauseabundo Beto, ahora ojos glaucos, sentado sobre la plancha en su acostumbrada corva pose, se encuentra confundido.

Hasta aquí, un despliegue fenomenal de imagen es en el que se sostiene Halley. Adam Zoller en el maquillaje y Matías Penachino en la fotografía elaboran una pieza artística que le da fondo a un discurso oblicuo. Una plástica que combina lo mortuorio de la artista audiovisual Floria Sigismondi con la frialdad luminiscencia que recubre Groenlandia ( algunas escenas se grabaron hasta allá).

Es así que podemos dar con la clave: el cuerpo y la soledad es lo central, el cuerpo como intérprete de las disonancias pautadas por la sociedad que la conducen. Beto vs halterofílicos del gimnasio, Beto vs la programación televisiva de la estupidez que se muestra, Beto vs la misa del pastor que afirma “venimos al mundo para sufrir, a eso venimos” ante una concurrencia de ciegos feligreses. Alegoría o metáfora, no sabemos cual de las dos, pero sí encarnada reacción. La estética de lo grotesco es la mayor apuesta del filme, el esperpento en su borde artístico hasta el performartivo hecho de meterse los dedos a la faringe para provocar el vómito, arte gore o género estallado (cfr. Ayala Blanco) cercana a Somos lo que hay (Michel Grau’10) .


Sin embargo, la verdadera repulsión surge justo después. Halley pudo ser un excelente mediometraje de cuarenta minutos que conceptualiza al ecce homo en una de las ciudades más complejas y grandes del mundo, haciendo suya toda la patología psicosocial de cualquier individuo que habita en ella cual Zombie de Sahuayo, (El santos contra la Tetona Mendoza, Alejandro Lozano ‘12), desde luego pudo ser una reflexión crítica apocalíptica del sacrificio mesiánico por el que el trabajador promedio vive día con día, y así un poema de la necrosis como no se había visto desde hace mucho en el cine mexicano (La invención de Cronos, Del Toro, ‘93), Pero el filme fallece a la mitad. Un furúnculo argumental a la fuerza es lo que vendrá después. Si bien ya habíamos advertido que los diálogos y su dirección de actores era pedestre, en esta mitad del filme lo constatamos. Lo que sucederá en los minutos siguientes es un devanar de la malograda tensión sexual entre la Chivis y Beto. Pone a hablar a sus personajes y lo hace muy mal, peor aún en medio de una situación absurda en la que ambos se desdibujan, y luego una escena culminante que pretendió ser siniestra y terminó siendo poco menos que chusca. La obra de arte se autodestruye. ¿Autocastración? No, podemos intuir por qué pasó esto. Sebastián es un buen sommelier de la imagen, le da un fino ritmo a su montaje, supo elegir al equipo perfecto para realizar una escultura exquisita de la necrosis, pero él y/o su productor tenían que cumplir con las reglas de distribución que impone el mercado e hizo un insulso injerto narrativo. Se pudre el relato rápidamente, lo que había conseguido tras un significativo y acompasado despliegue audiovisual lo estropea para refugiarse en la idea ya tan aceptada y chapucera del relato abierto.

No lo culpemos, nuestra industria cinematográfica carece de buena dirección de actores y buenos guionistas, sumado a esto, le siguen las miles de presiones/represiones del mercado. En Halley hay mucho talento pero se desperdicia por la insistencia de prolongar el metraje sin llegar a ningún lugar mas que a Groenlandia. El cine mexicano necesita una buena dosis de artistas del discurso narrativo, que sepan comunicarse con el público, que les curen el talento a los directores que se sienten enfermos de conceptualismos vacuos, improvisados, herméticos para hermeneutas . Y si se quiere hacer pura imagen, que se haga, con toda confianza, se agradecería mucho.

07.05.13

Daniel Valdez Puertos


@Tuittiritero

Textoservidor. Lic. en Técnicas de la alusión con especialidad en Historia de lo no verídico. UNAM generación XY. Editor en Jefe y cofundador de la revista F.I.L.M.E. Fabricante de words, Times New Roman, 12 puntos. Es....ver perfil

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