siguenos
Intento de reseña de una película coreana:

por Gregorio Lywer (@GregorioLywer)

Asistí al evento de cine coreano del jueves pasado en la Cineteca Nacional y me deleité con la comida china que nos ofrecieron. Alguien comentó que era comida coreana pero mi ignorancia no me permitió entender la diferencia sustancial entre ambas tradiciones culinarias. Quizás porque la comida coreana que probé ese día me pareció una extraña mezcla entre comida china y comida japonesa, alguien debería dedicar un ensayo concienzudo al respecto.

Siempre me ha parecido curioso mezclar el acto alimenticio con el cinematográfico, como si con ello se intentara saciar dos apetitos de naturalezas diferentes, quizás opuestas; quizás saciar un vacío expresivo que todos llevamos a cuestas, quizás la Nada. A veces ya no puedo discernir entre el cine y mi vida cotidiana, me nutro de sus imágenes y frases para construir mi forma de abordar lo Real; al igual que me nutro de alimentos, me construyo de lo que veo. Consumo cine todo el jodido día, es una especie de adicción que se ha ido incrementando con los años. Tal vez esto sea otra forma de ser Yonqui, este delirante inyectarse imágenes directo al torrente imaginativo, que muchos de nosotros practicamos.

El punto de todo este texto es, más allá de mis rodeos y divagaciones, reseñar la película El rey y el bufón (Wang-ui namja, 2005), de Joon-ik Lee, con la que se inauguró el “Ciclo de cine coreano” en Cineteca. La película es una ficción de época que se encuentra situada durante la dinastía Chosun de Corea. La trama gira en torno a dos comediantes que conforman una interesante dualidad: uno de ellos Jang-sang (Woo-seong Kam) es el tipo bad ass y orgulloso que todo lo soporta sobre sus hombros como personaje de Bukowski; el otro Gong-gil (Jun-ki Lee) es un ser delicado como una chiquilla inocente, una princesa de cuento de hadas a la que por error se le ha puesto un falo. Esta pareja de comediantes, después de una serie de altercados en su ciudad natal, se traslada a la gran Seúl para probar suerte. En su primer gran espectáculo deciden parodiar la vida del rey: su bien sabida relación con una de las prostitutas más conocidas y extravagantes de la capital. Esto atrae la atención real hacia ellos por lo que son citados frente al emperador para mostrar su acto; si logran hacer reír al monarca, habrán de vivir, si no, la muerte los espera.

Como ya hemos visto a lo largo de diversas producciones de esta nación (entre éstas las del conocido Park Chan Wook), el cine coreano se mueve bastante bien en esa delgada línea entre la tragedia y la comedia hilarante; la cinta en cuestión bien podría funcionar como un exquisito ejemplo de ello. Además la película juega en un nivel representacional más alto, metafísico si bien se quiere, puesto que toda la ficción que vemos montada en pantalla nos remite al viejo tema de Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo o La vida es sueño: todo es apariencias y nada es real en este sueño al que llamamos vida. A fin de cuentas la distancia entre un bufón y un rey es meramente producto de la casualidad y el realizador, Joon-ik Lee, sabe retratar esto de manera muy elegante a través del juego de espejos que apreciamos sobre ese gran super-espejo que es la pantalla. No sé ustedes, pero la relación homoerótico-fraternal que se establece entre los dos protagonistas bufones me recordó mucho a la que podemos apreciar en la caricatura japonesa Caballeros del Zodiaco (Saint Seiya) entre el Fénix Ikki y su hermano menor Shun de Andrómeda: esa relación de protección del fuerte hacia el débil y de una profunda lealtad entre ambos, en la que el personaje rudo siempre recibe los palos que le tocaban al compañero más delicado. Quizás sea un referente un poco nerd pero los que tengan la oportunidad de ver la película y conocer la serie podrán comprobar que no me equivoco.

Por otro lado, El rey y el bufón establece un diálogo intertextual muy interesante con la conocida película china Adiós a mi concubina (1993), de Kaige Chen: en ambas obras, dentro de un contexto sociopolítico complejo, vemos danzar a las siluetas de un rey y una concubina, como sombras imperecederas que bailotean detrás de un biombo, representando así ese misterio abstracto y barroco, al mismo tiempo, que subyace en el imaginario oriental.

No podría decir que soy un gran fanático de este tipo de filmes (de época, orientales), sin embargo, como ya he mencionado, creo que esta película tiene muchos puntos interesantes que podrán asombrar a más de un espectador caprichoso.

Para cerrar este constructor, intento de meta-reseña, quisiera agregar que toda esta visualización de indumentarias reales y orientales (“chinerías”, como dijera Darío), vinieron a aderezar de forma exquisita algunos delirios personales en torno a mis lecturas poéticas. Porque mientras caminaba por la Cineteca, pretenciosamente como clown cualquiera con libro bajo el brazo, lleno el buche de comida coreana y de vino raro, soñaba con algunas palabras deliciosas que quizás le quedarían bien al bufón de la película o a cualquiera de nosotros, anónimos cinéfilos: “Puedo imaginarlo todo, porque no soy nada. Si fuese algo, no podría imaginar. El ayudante de tenedor de libros puede soñarse emperador romano; el rey de Inglaterra no lo puede hacer, porque al rey de Inglaterra le está vedado ser, en sueños, un rey distinto al rey que es. Su realidad no lo deja existir.” (F. Pessoa).

03.06.2013

Gregorio Lywer


@GregorioLywer
Nació en la Nada de un barrio proletario cualquiera, hacia la Nada se dirige. Soy un lector de abismos y un soñador de vacíos fuera de servicio. Vivo en el delirio perpetuo, entre las sombras del caos citadino y las ris....ver perfil
Comentarios:
comentarios.
Comentar:
Nombre*

Email

Website

*