siguenos
No quiero dormir sola de Natalia Beristáin

por Arantxa Sánchez

Dos soledades se encuentran. Dos insomnios. Dos malestares. Dos vidas. Amanda y Dolores son el rezago del olvido, de la apatía y la indiferencia en una sociedad paradójicamente tan grande. Ninguna de las dos quiere dormir sola en el aislamiento de un departamento y las ruinas de una vieja casona. Se buscan, se encuentran y, con ello, la realizadora mexicana Natalia Beristáin presenta su opera prima.

Galardonada a mejor largometraje en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) en 2012, No quiero dormir sola se presenta como una película que pretende navegar entre la sencillez y la sinceridad cinematográfica, narrada a partir de dos personajes principales, Amanda y Dolores. Beristáin compone una historia que, en palabras de ella, surge a partir de una experiencia personal.

Autobiográfica o no, estos dos seres ven interrumpidos sus días en la Ciudad de México cuando Amanda (Mariana Gajá) debe hacerse cargo de su abuela Dolores (Adriana Roel): una actriz retirada que vive de los recuerdos de sus glorias pasadas. Confusión, enojo, resentimiento, aburrimiento y la sensación de sentirse perdido con una vida que se escapa entre las manos se combinan con las noches de insomnio y pesadez.

Con los días irremediablemente unidos, Amanda y Dolores traspasan la frontera del vínculo filial para tratar de comprender el paso de la vida a través de planos y puestas en escena bien pensadas. Proveniente de una familia hecha en el teatro, Natalia Beristáin hace un trabajo interesante con las actuaciones que se acomodan en diálogos sencillos, cortos, apenas necesarios.

Con una dirección de fotografía muy valiosa en las manos de Dariela Ludlow (Un día menos) y una de dirección de arte sobresaliente por parte de Sandra Flores, No quiero dormir sola une dos generaciones que, a pesar de la distancia generacional, enfrentan la misma incertidumbre: son dos personajes que desde el inicio de la película se plantan ante el espectador como un ejercicio de reconocimiento y evolución.


Sin duda, uno de los principales riesgos a los que se enfrenta esta ópera prima es caer en los lugares comunes del guion tradicional: dos generaciones que se conocen, se acompañan viven situaciones lúdicas y de enseñanza de vida. Beristáin resuelve esos errores, sabe conducir un proyecto que inició en sus años de tesista en el CCC para entregarnos un material interesante.

El silencio, el refrigerador vacío, miles de recuerdos amontonados, fotografías en blanco y negro, los triunfos pasados y los triunfos que nunca serán. Amanda y Dolores deben lidiar con su falta de sueño, los malos amores, el abandono y la adicción al medicamento que las pone a flote en una sensación de desapego. No hay escenarios grandes ni apabullantes de la Ciudad de México, el escudo de la historia marginal del México contemporáneo es sobrepasada por una invitación más íntima y personal: lugares cerrados, habitaciones solas, pequeños espacios que ayudan el sentido de la historia.

No quiero dormir sola ha tenido un recorrido por diferentes lugares en el mundo: el Festival Internacional de Cine de Curazao en donde fue galardonada con el Yellow Robin Award, el Festival Internacional de Cine de El Cairo, el Festival de Cine Mexicano de Durango, entre otros: ¿cómo lograr tal aceptación? Natalia Beristáin consigue que los personajes evolucionen, no se estancan en la frustración que se presenta al inicio, y gracias a ello los tópicos tocados en el filme dejan de ser dogmáticos o aburridos, se les da un giro más franco, espontaneo y humano: el alzhéimer, la depresión, el desempleo, el hartazgo.

Quizá parezcan temas dignos de un drama psicológico intenso y sí, lo son, pero el valioso aporte que hace la cineasta es transformarlos en una cinta de hora y media que no cansa, no aburre, no aturde; un trabajo afable que no cayó en las formas del cine pretencioso.

Este largometraje de manufactura familiar –participan padre, hermanos y familia para su realización–, es una buena carta de presentación que, a pesar de todo, debe alejarse poco a poco de los errores de actuación, las expresiones plásticas y la simpleza de algunas propuestas en el cine mexicano para explorar territorios y marcar un camino en la apropiación de temas que den un suspiro a lo manoseado, tratado y cansado.

Con más proyectos en puerta, habrá que ver cómo continúa el trabajo de Natalia Beristáin que, promesa o no del cine mexicano (o como muchos quieran llamarla), entrega un largometraje que supone un primer acercamiento (bien logrado) a la lectura individual y colectiva del enfrentamiento a la soledad porque sí, ¿cuántas personas en el mundo tienen que dormir solas?


05.07.13

Arantxa Sánchez


@mentecata_
Hace un esfuerzo constante por caminar el línea recta. Le gusta el punto y seguido, la literatura, coleccionar imágenes y ver la tele. Dicen que es odiadora de profesión pero los servicios escolares de su universidad dicen que....ver perfil
Comentarios:
comentarios.
Comentar:
Nombre*

Email

Website

*