siguenos
Een, twee, drie...
(Uno, dos, tres...)

Pequeño niño Jesús de Flandr.

por Trajano Hernández

Tres vagabundos, tres etapas y tres historias. Secuencias en trescientos sesenta grados y blancos con negros para transportarnos a los años veinte. Idioma ambiguo (mezcla entre el neerlandés, francés y el inglés). Personajes tan variados en carácter como tan similares en forma y expresión. El padre, el hijo y el espíritu santo: Suskewiet, Pitje Vogel y Schrobberbeeck; pobres, fríos y con hambre.

Kurosawa creía que “con un guion malo ni siquiera un buen director puede hacer una buena película”, pero se olvidó de los personajes, con éstos, a pesar de seguir un gran guion, pueden arruinar un filme[*]. En particular, estos actores belgas son los más profesionales: los que se sumergen profundamente en un papel que les pertenece y hacen que el espectador se sienta atraído por el trabajo que presentan.

El cineasta Gust van den Berghe (Pájaro Azul, 2011) emplea una característica que he visto poco –sería la primera vez- en una película contemporánea: actores novatos, pero sin una limitación expresiva, faltante de interés o de ternura, ni siquiera de transparencia. Hay actores con la verdad en sus caras que tienen profesionalismo no salido de una escuela de las Bellas Artes, jamás pensé que los hubiera salidos de una ciudad boscosa de Flandes y que hubieran conocido al mismísimo Jesús.

En Pequeño niño Jesús de Flandr (En waar de sterre bleef stille staan, 2010) nos adentramos en una versión nórdica de la Natividad cristiana. Dividida en tres partes –así como en tres versiones de Dios, tres reyes magos y tres partes de la tierra-, la película muestra los estragos y el pasaje de Suskewiet, un pastor de ovejas pobre, que ve a Dios en todos lados, tomado por loco en todo el pueblo.

También está Pitje Vogel, vagabundo que porta un sombrero de copa que le queda grande, lentes y traje a la usanza europea. Un ciudadano líder del grupo que organiza y reúne a sus compañeros en una caminata por el bosque. Los sigue Schrobberbeeck, el pobre mediador de todos, prudente y con un carisma propio del sarcasmo natural de la inocencia.

¿Qué tienen en común? Son viajeros, ladrones de gallinas, bebedores de ginebra, unidos por la carencia y la uniformidad de la rutina, el frío y las esperanzas de tener qué comer. ¿Qué los separa? Además del porte individual y los deseos de cada uno, que tienen un gen distinto entre ellos, que no vienen del mismo padre, que no nacieron en la misma casa y que no comparten la misma precepción de la fe.


Este filme es quizá una versión distinta de los evangelios, pero también posee una conclusión diversa a la planteada en las películas de la semana santa o de finales de diciembre: la naturaleza humana pertenece a la creencia del bienestar y de la empatía entre hombres. Que el cliché de “pobres pero felices” no radica en la carencia monetaria, sino en la carencia del espíritu de carácter y fuerza ante las adversidades. Que la alegría no llena un costal de gallinas, pero sí a una familia sin dinero.

Una versión de la obra teatral del autor más traducido de Flandes (la Región Flamenca de Bélgica), Félix Timmermans, de 1924, creada hasta ochenta y seis años después para ser presentada en el festival francés más codiciado por la crítica mundial –Cannes- y también criticado por más de una revista mexicana o de otro país con lengua neerlandesa.

Música entre dulzura y aristocracia francesa, combinada con la crudeza de los órganos del norte. La presencia del cielo blanco y la tierra negra hace parecer un filme de principios de los treintas y la vestimenta de un despoblado territorio hundido en el fango de las ovejas y las vacas. El viento no sopla, pero hace frío entre los pinos de Bélgica, que vislumbran una ciudad del siglo veintiuno alejada de los personajes de la historia, alejados de Dios.

Este rudimentario filme, fresco en fotografía y escaso de diálogos invita a pensar que no se necesita una ciudad para tener una historia de realidades encontradas entre satanás y los santos, ni tampoco de colores para satisfacer a las críticas de la coherencia fílmica.

No existe un final donde la historia nunca muere, así como no existe un pastor sin sus ovejas, ni pobreza sin vagabundos. Un trabajo dividido en tres telones, en tres personajes, en tres formas de Dios; una película dividida en tres formas de ver el mundo. Suskewiet, Pitje Vogel y Schrobberbeeck ya conocen a Jesús, pero también conocen la manifestación del diablo y de los santos. Siguen fríos, también siguen con hambre.

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[*] Frase tomada de Zavala, Héctor. El diseño en el cine, proyectos de dirección artística. UNAM. México. 2008.

22.07.13



Trajano Hernández Luna


@trxhdz
Estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales UNAM. Conductor de Radio Reacción, estación radiofónica por internet. Fotógrafo practicante y escritor ocasional. Baterista esporádico. Lector recurrente. Amante d....ver perfil
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