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El niño y el fugitivo

 por Rodrigo Martínez

 
Durante una escapada en una isleta de la Arkansas ribereña, Ellis (Tye Sheridan) y Neckborne (Jacob Lofland) exploran un descubrimiento atípico: en el ramaje de un árbol reposa un bote sin motor. Los amigos escudriñan el armatoste y descubren que está habitado. Antes de abandonar la isla, conocen a Mud (Matthew McConaughey). Varado allí en espera de una mujer (Reese Witherspoon), el hombre hace un pacto con ellos a cambio del bote. Sólo que, para apoderarse del mismo, ambos tendrán que entrometerse en situaciones que van más allá de conseguir comida para el desamparado de la islilla. Y conocerán personas y actos que son todos uno mismo porque son gente de un solo río.


Guión de temperamentos. Filme de maneras y de lugares. Visiones del carácter. Gente de Arkansas. Casi semblanza regional, El niño y el fugitivo (Mud, Nichols, 2013) muestra un mundo fluvial como expresión de carácter. Casi a la manera de Los descendientes (Alexander Payne, 2011), el equipo a cargo de Jeff Nichols aprovechó la sobriedad del argumento para develar formas del arraigo y el desarraigo, o de lealtad y deslealtad, donde el paisaje no es un espacio del drama, sino un surtidor de mentalidades.


Si bien el relato da lugar a tensiones narrativas al ostentar a esos niños fugitivos tras la pista de una mujer, los demasiados planos del filme son enunciaciones detemperamentos particularizados. Son mentalidades que colisionan. Son un mundo de virilidades en crisis, intimidades manifiestas en objetos preciados y elementos de naturaleza, y de misantropías y violencias donde el río aparece una y otra vez, aunque sea en shots brevísimos, como hilo conductor de un discurso visual sobre los ribereños de Arkansas.


La dialéctica formal de la película procura sugerir conglomerados de elementos con un sentido unificado: botes mirados en traveling, botes que son labores de vida; motores y ventiladores; casas al borde del río, motocicletas ensambladas con manos propias, camisas de la suerte con un ojo de lobo y suelas con clavos cruzados que expresan cada uno, y a su manera, temperamentos, afanes y creencias.


Como filtraciones en medio de cada acción, El niño y el fugitivo ostenta una red de objetos y prejuicios acompañada de la idea del río como un todo. Ya desde la presentación del contexto ribereño en la secuencia de entrada, Nichols revela el primer escape de los niños con descripciones de animales, texturas e iconos con cámara de Adam Stone. El filme es acción más ambiente. Acción de niños hacendosos en casa, inquietos de primeros encuentros con muchachas, emocionados con la epopeya de su valedor misterioso que acaso cometió un crimen por amor, violentados de valentía cuasiromántica, heridos en carne por criminales y heridos de corazón por orfandades o divorcios familiares, pero sobre todo por la ausencia de verdades y de valores fijos.


Y en el abigarramiento de sucesos del argumento, que hace evidente la ineficacia métrica del montaje (a cargo de Julie Monroe) y la agotadora distensión de su poco diverso sistema campo-contracampo, existe un nexo claro entre el argumento y los objetos, y el símbolo multiforme del agua: el agua sustento del padre pescador; el agua profunda del tío que busca tesoros; el agua maldad del charco repleto de culebras venenosas; el agua enajenación de la madre que quiere mudarse a la ciudad; el agua misántropo de un presunto asesino que quizás sólo desea estar solo; el agua cementerio de una misteriosa hermandad criminal; el agua lealtad de esos niños que cruzan una y otra vez hacia la isla para ver a Mud; el agua que desemboca en el mar, liberada y liberadora, en un plano vasto que explica la actitud de la imagen como semblanza y la actitud de los personajes como figuraciones de amistad.


Río gente casi nada más, río ideal para un constante trabajo de carácter a cargo de Matthew McConaughey, El niño y el fugitivo funciona como un semidrama (o una semisemblanza) que desemboca, por obra de su modus, en un lugar común: la dicotomía del río frente ala urbe como una manifestación de todo eso que el hombre ha hecho cambiar para estar más a seguro consigo mismo y con los otros.



Rodrigo Martínez


Alumno siempre, cursa estudios de posgrado con el anhelo de concretar un aporte sobre los modos de hacer del pensamiento cinematográfico. Licenciado y maestro en comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la unam, ha colaborado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, La revista....ver perfil
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