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El conjuro

por Julio César Durán

 

Hay algo que es imposible ignorar de la cartelera comercial, pese a las producciones ya sean súper o independientes: el cine de terror norteamericano está en picada desde inicios de los años noventa. Desde finales de la misma década hasta la fecha está dando sistemáticamente, según temporadas, patadas de ahogado. Sin embargo, muy pero muy de vez en cuando, entre esas mentiras de marketing fílmico –de frases como “la película más aterradora del año” o “la mejor película de horror desde El exorcista (Friedkin, 1973)”– a las que se suman los remakes de películas de otras latitudes (sí, las traducciones baratas de las sorpresas del mundo para los mediocres ojos gringos y/o palomeros), de repente, aparecen filmes que realmente aportan al género. No voy a decir que El conjuro (The conjuring, 2013) de James Wan es la mejor película de miedo del año, pero sí sobresale entre otras cosas que han estado apareciendo y seguramente aparecerán en los próximos meses.

 

Los contras.

Vamos a empezar por las partes flojas de este filme al que los social media managers de la casa productora/distribuidora (quienes seguramente no han visto ni la mitad de películas de horror que usted, querido lector, ha podido mirar) le han puesto el mote de “el nuevo exorcista” –y me detengo brevemente para decir que para nada lo es, no hay que exagerar.

La historia está basada en un hecho real, en un caso del matrimonio Warren[1] para ser exactos, donde una familia se muda a una vieja casona cuyo interior se ve agresivamente acosado por una presencia sobrenatural. Al inicio nos presentan a la familia Perron: Carolyn (la siempre agobiada o poseída del cine de suspenso, Lili Taylor) y Roger [Ron Livingston, ¿se acuerdan del agente de Charlie Kauffman en Adaptation (2002)?] que son los padres de 4 ¿o son 5? hermosas niñas, a quienes uno por uno la cámara va otorgando cierta importancia. El inconveniente es que cada hija tiene una personalidad que se sugiere en el momento de la mudanza, pero al avanzar la historia pierde peso. Nunca sabemos de ellas más que cuando son víctimas de los ataques del demoniaco espíritu que desea su sangre. Todas y cada una se pierden en el argumento sin punto de vista ni objetivos claros. Ni si quiera llegamos a saber por qué los seres sobrenaturales prefieren a unas o a otras. Al final, son simples elementos escenográficos, sin diálogos importantes.

Los seres sobrenaturales, llámese la bruja amante de Satanás o los fantasmas que habitan la vieja casa poseen una historia propia, y tienen un motivo para sus acciones o apariciones, pero nunca los conocemos a fondo. Estos elementos son más importantes que las jovencitas de la familia Perron, sin embargo tampoco alcanzamos a saber demasiado de ellos, ni siquiera del “amigo” de la niña más pequeña. El cliché del infante en conexión con un fantasma, bastante visto en los últimos 20 años, es explotado a conciencia; a pesar de que este recurso lleva una carga fuerte en el argumento, se olvida rápidamente o tal vez se le ignora.

El argumento en general tiene un problema, que puede haberse dado desde el guión de los gemelos Chad y Carey Hayes, quienes seguramente fueron presionados por el estudio: se ignoran los conflictos dramáticos y se pasa rápidamente a “la acción”. Puede haber surgido, también, de la edición por parte de Kirk M. Morri, quien prefirió omitir las aburridas personalidades de los personajes para ir directamente al susto y a las escenas con efectos visuales.

Finalmente, otro de los elementos fundamentales para la empatía y el compromiso con la historia, cosas que pondrán el miedo dentro de nosotros, es la resolución o no de El Misterio. En un punto de la trama, Lorraine Warren (interpretada por Vera Farmiga) se da cuenta de “todo” y así, sin más se lo comunica a Ed (Patrick Wilson) y a la familia, acto seguido viene el climax de la película y ya, sin tener la certeza de que funcionará, se realiza un exorcismo que pone fin tanto al conflicto sobrenatural como al personal/familiar, casi un coitus interruptus (casi)...

 

Los pros.

Pese a las fallas del guión, que (también con sus virtudes) nos recuerda a la cinta mexicana Vacaciones de Terror (Cardona III, 1989), la verdad es que la manera de resolver el argumento es bastante ágil y emocionante. La película no se anda con rodeos y comienza con un flashback, en uno de los estremecedores casos de los Warren, donde Anabelle –la muñeca que es imagen promocional del filme–, nos pone de cero a cien en el humor indicado; es decir, El conjuro golpea desde el inicio y da con todo a lo que va.

La historia pone la mirada en Ed y Lorraine sin centrarse totalmente en ellos, y a partir de estos personajes juega con ciertas maneras ya clásicas de contar las películas de terror. Con ellos encuentra un justo medio entre perfilar su carácter y mostrar/omitir información relevante. Tan es así que con ellos pone en pantalla un par de citas: una, en el principio, a la resurrección de la Hammer Films con La dama de Negro (Watkins, 2012) y otra, justo al final, para El horror de Amityville (Rosenberg, 1979, con miles de secuelas, precuelas y re-hechuras).

El realizador de origen malayo, James Wan, quien cuasi debutó con la interesante Saw (2004) –¿acaso alguien vio Stygian (2000)?–, que con el tiempo convirtió en una de las sagas más apestosas del cine gringo, encuentra muy bien la manera de narrar visualmente toda la serie de situaciones paranormales y emplaza la cámara, con el cinefotógrafo John R. Leonetti, con una precisión de no mamar. Sí, Wan juega al te-enseño-no-te-enseño, pero va más allá y siempre pone elementos en la mente del espectador para no quedarse en las formulitas trilladas del fantasma detrás del protagonista. La cámara-narrador cambia de repente de omnipresente al punto de vista de alguno de los protagonistas, donde apropia con creces la mirada subjetiva y la mirada total de luces/sombras. Director y fotógrafo ponen a dialogar las modas del cine de terror, a Actividad paranormal (Peli, 2007) con Los otros (Amenábar, 2001), dando mejores resultados que dichos estilos.

Uno de los buenos complementos, es la mezcla con el cine de época. Los encargados del arte y diseño de producción, Julie Berghoff y Geoffrey S. Grimsman, consiguen un bien montado escenario que con todo y su austeridad, capturan notablemente el ambiente de los años 70  que nos recuerda a Carpenter, Friedkin o incluso Hooper. También logran poner los colores y las texturas suficientes como para que Leonetti no haya recurrido al instagramazo fílmico a la hora de corregir el color de la cinta de película (esto es un decir, ya que se capturó en digital). Elementos que se ven reflejados en los archivos de 16mm y la filmación en el mismo formato que se reproducen en la película.

Entre un lúgubre entorno, sorpresas macabras y un buen soundtrack, El conjuro, que afortunadamente (y para evitarnos las carísimas palomitas en el complejo cinematográfico) se puede ver vía web o con su dealer de confianza, es una obra que refrescará nuestros ojos durante este 2013, entre tanta promesa vacía de filmes de horror. Cumple con su tradición y a la vez propone su propia mirada, más joven.

 

29.08.13


[1] Ed y Lorraine Warren, célebres paranormalistas norteamericanos que por cierto pusieron su ojo en infame el caso, también cinematográfico, de Amityville



Julio César Durán


@Jools_Duran
Filósofo, esteta, investigador e intento de cineasta. Después de estudiar filosofía y cine, y vagar de manera "ilegal" por el mundo, decide regresar a México-Tenochtitlan (su ciudad natal), para ofrecer sus servicios en las....ver perfil
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