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Soñando con Tulum

En medio de una cartelera comercial que naufraga cada vez más seguido, la Cineteca y sus múltiples salas de exhibición, siempre son un ejemplo de firmeza, aunque a ratos, no puede darse el lujo de descartar algún trabajo, por ley. Suponemos que es el caso de esta película que está lejos de ser, como reza, un homenaje a Fellini; en todo caso se trata de una gran burla reduccionista de ese monstruoso cineasta, paradigma de la cultura moderna italiana, como bien dice nuestra colaboradora acá abajo, que también llama la atención sobre el trato que se le da al asunto indígena, como especialista que es. Tengamos cuidado con películas como ésta. No la recomendemos y dejemos que se extinga en la oscuridad de la que nunca debió salir.

 

 

Cultura neoliberal y de exportación

por Giovanna Gasparello
 

Hace unos días tuve la brillante idea de ir a la Cineteca Nacional a ver una película anunciada como “una aventura surrealista desde Tijuana a Tulum”, vivida por el gran cineasta Federico Fellini sobre los pasos de Carlos Castaneda, Soñando con Tulum (Ruge, 2011). La originalidad del tema atrajo a muchas personas, pues la sala estaba llena. Desde las primeras imágenes, grabadas en un digital al estilo telenovela, con colores chillantes y ambientaciones excesivamente artificiales, percibí que algo estaba mal en el filme. La segunda sospecha me llegó cuando apareció el personaje de Fellini, interpretado por un actor patético que entremezclaba palabras en un italiano incorrecto, más bien en un itanglish digno de alguna serie cómica gringa. Conforme avanzaba la proyección iba creciendo la indignación mía y de buena parte de los espectadores presentes en sala, manifiesta en las frecuentes carcajadas, comentarios en voz alta y chiflidos.

Por un lado, estaba convencida de que quien dirigía era norteamericano, porque los “actores” hablaban inglés (lo que me pareció raro en una película ambientada en México y protagonizada por un reparto notoriamente mexicano, pero también porque las pocas frases en español tenían, más bien, un tinte chistoso y caricaturesco), además de que toda la película me pareció un concentrado de los más burdos y ridiculizantes clichés sobre México, su cultura y sus habitantes, en especial los indígenas. “Chin”, me dije, “así los gringos ven a México…” Gran sorpresa fue el enterarme de que tanto la escritora (y protagonista, Citlalli Millán), como la directora (y productora, Tiahoga Ruge) de la película son mexicanas y, además, esta última estuvo ligada a Fellini (lo asistió tal y como intenta contar el filme, durante La città delle donne, 1980. N. del e.), tiene estudios en dirección de cine y de Antropología Social, asuntos que, evidentemente, pasaron por su vida sin provecho y dejaron poco o nulo rastro en su aprendizaje.

Dejando de lado las incontables fallas cinematográficas de la película,  sorpresivamente tan alabada (pésimos son el guión, la dirección, los actores y más aún la fotografía), quiero detallar algunos aspectos más bien de fondo que despertaron mi indignación, como italiana y amante de mi cultura, y como antropóloga, con más de diez años viviendo en México y estudiando los procesos de organización y resistencia de los pueblos indígenas.

Como antropóloga, encontré la película profundamente ofensiva, pues banaliza tanto las culturas prehispánicas cuanto las culturas y la espiritualidad de los pueblos indígenas actuales. Es emblema del racismo profundo que permanece en la élite mexicana, que percibe al mundo indígena a la vez como exótico e intrínsecamente estúpido. Los personajes de Soñando con Tulum, con su misticismo ridículo y superficial, son dignos contrincantes del clásico estereotipo indígena en el cine mexicano, la India María, tonta, sumisa, y perdida en la ciudad.

El chamán (al que nunca se ponen de acuerdo con su signo ortográfico: ¿shaman, o chamán, o cuál? N. del e.) que protagoniza el filme, güero con ojos azules, ataviado con ropa de manta y accesorios muy coloridos made in Taiwan o en Tepito, se parece más bien a un gurú new age o a un hippie trasnochado que se quedó en el viaje tras el mal uso de las plantas sagradas que utilizan en ceremonias muy específicas, algunos pueblos indígenas. Su compadre yucateco resultó aún más chistoso, vistiendo sombrero calentano, pantaloncitos hippie en tela guatemalteca, largas rastas amarillentas y barbón gris. Dichos “chamanes” son la mala copia de aquellos narrados por el pseudoantropólogo Carlos Castaneda, que a su vez son una mistificación del autor y no encuentran una correspondencia en ninguna cultura indígena real, en las que la espiritualidad se vive de forma colectiva y comunitaria.

Mientras estos personajes representan la espiritualidad indígena viva, los precolombinos aparecen, indiferenciados –aztecas, mayas, toltecas– hablando inglés en una “ceremonia” en Morelos, o bailando con las tobilleras, ayoyotes, de la tradición mexica y disfrazados grotescamente de animales mitológicos en el parque eco-arqueológico de Xcaret (Quintana Roo), donde los indígenas mayas fueron emblemáticamente despojados de sus sitios sagrados y degradados a atracción turística en un parque de diversiones exclusivo.

No menos grotesco es el personaje de Federico Fellini, uno de los genios de la cultura italiana contemporánea, que aquí parece más bien un tonto inocentón que ni en el trópico se quita la bufanda (y la pésima actuación no ayuda mucho a mejorar el sujeto), en una película que se presenta como un homenaje a Fellini (quién, más bien, se estará revolcando en su tumba).

Podrá argumentarse que el mismo Fellini elaboró el guión de un comic onírico intitulado Viaje a Tulum, ilustrado de manera magistral por el gran Milo Manara (que la producción de esta infrapelícula amenaza con haber comenzado ya a trabajar desde 2011, Proceso, 29 de junio de 2011. N. del e.), en el que aparece un inverosímil chamán y se expresa una idea aproximada y fantasiosa de la cultura prehispánica, que resulta una excelente base para la férvida creatividad gráfica de Manara. Pero una cosa es un comic surrealista, producido por dos aclamados artistas, y otra es una película que no tiene ni la creatividad, ni la originalidad de aquella.

Lamento decirles que Tiahoga Ruge –ex funcionaria de alto nivel en la Semarnat y en Conaculta– llevó su obra maestra a festivales internacionales como el de Guadalajara, el de Moscú y el de Los Ángeles, y por ello, el uso del idioma inglés, pues se creyó que esto haría más fácil la difusión del filme, pensado como un producto de exportación. ¿Esta es la imagen de México que presentamos al mundo: maravillas naturales “a la carta” (¡bara bara! ¡Lleve lleve!) e indígenas místicos y comeflores?

Lo que vimos muy claramente en Soñando con Tulum fue la intención de promocionar algunos destinos turísticos de México, en los que la cultura indígena es un valor agregado comercializable, y la presencia de los pueblos indígenas es tratada como un detalle folk, pero no fundamental en la vida del país: lo que se ha llamado multiculturalismo neoliberal, pero aquí en su versión más burda. Si alguien duda de los fines comerciales de la película, fíjense nomás en los patrocinadores a los que se agradece, con bombo y platillos, al final y que tuvieron una fuerte presencia vívida en el metraje (dos veces vemos a la protagonista mordisqueando paletotas Magnum, o en la terminal del ADO. N. del e.). Vale la pena mencionarlos: Unilever y Gruma (multinacionales de la química y de la agroindustria), Corona (¡estas sí que es la cultura mexicana!), el Instituto Nacional de Antropología e Historia, ADO, Helados Holanda, Xcaret y el Instituto de Cultura de Morelos. He aquí mi última desazón: ¿esta es la idea que tiene el INAH de las culturas indígenas? ¿Cómo se llegó a presentar un largometraje de esta índole en la Cineteca Nacional?

Ojalá sirva esta reflexión en caliente para abrir un debate sobre la calidad y los contenidos de los productos culturales que actualmente promocionan las instituciones mexicanas, y los retos para superar la tendencia dominante hacia la banalización y comercialización de las culturas y recursos de los pueblos indígenas.

 

18.12.13

 



Mr. FILME


@FilmeMagazine
La letra encarnada de la esencia de F.I.L.M.E., y en ocasiones, el capataz del consejo editorial.....ver perfil
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