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Pintura solarística

 

por Rodrigo González // Ipso Facto

Numerosos films buscan contar historias, pero muchas veces se olvidan de las formas visuales. El cine, por definición, es el arte de la imagen en movimiento. Las narraciones deben confluir en el juego de luces, colores y sombras. Es por eso que muchas novelas son adaptadas al cine; empero, el resultado puede ser molesto para los autores o el mismo auditorio. Conjeturar y experimentar es buscar una ilusión visual que nos atrape. Pocas películas logran ese efecto sinestésico.

Así, en 1972, el director Andrei Tarkovsky ensambló su sexta película: Solaris. Ésta fue resultado de una poética entre el lenguaje audiovisual y las narraciones de la novela de Stanislaw Lem, la cual fue presentada en el más reciente Ciclo Mosfilm, casa de la industria cinematográfica soviética del siglo pasado, en la Cineteca Nacional.

La estación espacial rusa presenta fenómenos inexplicables. La tripulación empieza a experimentar cambios en su personalidad y en su realidad. Al conocer esto, el psicólogo Kris Kelvin (Donatas Banionis) investiga los recientes sucesos. Al encontrarse en la estación, conoce al  doctor Snaut (Jüri Järvet), quien ya está sumergido en el ambiente etéreo. A partir de una presentación extraordinaria en el presente de Kevin, las relaciones interpersonales de las personas toman un giro inesperado. El planeta Solaris observa por debajo la situación de la sonda.

La película es una exploración de la mente humana. Es un montaje que atrapa el espacio y el tiempo, con planos largos y profundidad de campo en las “pinturas solarísticas”. El film fue ilustrado con pinturas del artista belga, Pieter Bruegel, quien fue una influencia importante para el mismo Tarkovsky, al igual que en la biografía misteriosa y dramática Andrei Rublev de 1971.

Así, en la película, se vuelven a encontrar los elementos minimalistas y simbólicos de sus trabajos anteriores, que implican la finalidad del hombre y sus deseos. Minimalistas porque en los planos se muestra lo necesario para la interpretación; simbólica porque los objetos buscan conectar al espectador con doxas religiosas o científicas.

Solaris es un notable ejemplo sobre la proyección del sonido con la imagen (Michel Chion). Desde la apertura, el film es envuelto por el ‘Canto Coral en Fa menor’ de J.S. Bach. La música aquí es anempática, una forma significativa con la que la música refuerza las emociones; posteriormente, el prólogo “verde” es un cuadro pictórico en movimiento. Tarkovsky obliga al espectador a cambiar el ver/oír al observar/escuchar, así hasta cerrar el ciclo en el final, un escenario que se queda incrustado en el espectador horas (o días) después de ver la película.

Del mismo modo, después de cortes ambientados por el músico Eduard Artemyev, el canto coral Bachiano se significa fuertemente en la hipnotizante escena del candelabro. Hari (Natalya Bondarchuk) y Kevin son uno mismo: el deseo de algo que no podrá ser, mientras la recámara es víctima de la ingravidez. Inmediatamente después, el sonido anempático del oxígeno líquido bebido por uno de los protagonistas crea un efecto devastador. Al mismo tiempo, el terror es sustituido por un efecto revitalizador (el ente es creado de nuevo por el planeta Solaris). Se crea un contrapunto sonoro y audiovisual.

La película fue criticada por su contexto y por sus metáforas. El autor de la novela declaró que no fue de su agrado la película por buscar demasiadas interpretaciones. En este sentido, Tarkovsky hizo un montaje para incorporar su teoría: “esculpir el tiempo” en las imágenes, además de buscar una historia contundente en el prólogo y en el epílogo.

Otra controversia fue que el film fue una respuesta a 2001: Odisea al Espacio de Kubrick por parte de la Unión Soviética, algo que, en última instancia, es falso, ya que Tarkovsky declaró que no tenía intención de hacer ideología con Solaris (fue exiliado de la URSS poco tiempo después de filmar Stalker [1972]); sin embargo, su gusto por la obra de Kubrick no fue positiva.

Prácticamente el concepto de campo fue redefinido por el “poeta cinematográfico”. Más que buscar semejanzas entre la visión futurista y el progreso de la sociedad humana (2001: Odisea al Espacio), Solaris es un montaje de la convergencia entre la resonancia y la iconografía, haciendo metáforas entre el ser humano, la naturaleza, la religión, la ciencia y, sobre todo, la filosofía. Es una pintura en movimiento que implica significaciones; sería un cuadro similar a Las Meninas (Diego Velázquez), pero donde el sonido atrapa al espacio y la fotografía, al tiempo. La narrativa queda ad hoc con el flujo de creación.

Metáfora de clorofila y agua, abstracción de carne y hueso; obsesión sobre el sentido de la vida humana, Solaris es la máxima película que explora las mediaciones de la conciencia humana y la naturaleza, irónicamente, representada en el espacio.

 

21.04.14



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