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El cisne negro: ballet y terror

por Julio César Durán

 

Nota: Este texto fue publicado originalmente en febrero de 2011 en el portal de El Fanzine y lo reeditamos de manera ligera (algunas precisiones de estilo) para mantener la expectativa que el filme de Aronofsky suscitó en su momento en México. Sin más, así celebramos el décimo aniversario del largometraje protagonizado por Natalie Portman y Vincent Cassel.

 

Después de una breve espera la cartelera mexicana tendrá la oportunidad de admirar El Cisne Negro (Black Swan, 2010), la más reciente película del realizador neoyorkino Darren Aronofsky, quien se dio a conocer por el gran público con su famosa Réquiem por un Sueño (Requiem for a Dream, 2000).

El argumento es sencillo. Nina es una bailarina que busca perfección y encuentra la oportunidad de conseguirla con el papel principal del Lago de los Cisnes, mismo que será puesto en escena por Thomas Leroy, un famoso coreógrafo. Nina comienza a perder la noción de realidad por la presión del personaje y por la llegada de Lily, –bailarina  que posee la agresividad para representar al llamado Cisne Negro–, hasta llegar al más oscuro punto de desesperación y locura.

En éste que es su quinto largometraje, Aronofsky nos presenta un monumental filme de terror.  Aquí va más allá de la mencionada anécdota de rivalidad entre artistas y muestra un juego psicológico tan agresivo como angustiante, que es en realidad el filme hermano de su anterior El Luchador (The Wrestler, 2008), a la manera de las dos caras de una misma moneda –como lo hizo Cronemberg con Una Historia Violenta y Promesas Lejanas o en la música con los A Night in the Opera” y A Day at the Races de Queen–.

Tomando como base e inspiración la coreografía en cuatro actos hecha por Rudolf Nureyev para el clásico de Tchaikovski, el director pone en cada personaje los elementos dramáticos del “Lago”, como nos lo hace evidente en los créditos finales. Así, Lily termina siendo la sensualidad y la maldad del Cisne Negro, la veterana bailarina Beth representa la Muerte del Cisne y la protagonista da vida a Odette, el Cisne Blanco. Con estas particularidades puestas sobre la mesa, Aronofsky juega y lleva al extremo a los personajes, principalmente a Nina, quien es la representación más acabada del cisne, por su gracia, inocencia y exagerada debilidad; la verdadera y apasionada bailarina, es decir, la perfección que Nina busca, está atrapada dentro de ella misma al igual que Odette dentro del cisne.

El director tuerce el carácter de cada personaje, volviéndolos oscuros, aterradores; tanto a la inestable protagonista a quien va llevando al límite de su personalidad, como a las situaciones, en este caso a la amistad/rivalidad entre Nina y Lily, quienes empiezan a compartir signos de su propia persona, al igual que compiten a través de su rendimiento físico o también de su sexualidad. Durante la película Aronofsky aprieta todo lo posible el cuadro de cada escena, quitándoles el aire tanto a los actores en pantalla como al espectador, dando un tono de desesperación, tensión y angustia al filme, dejando los encuadres abiertos únicamente a los pocos y breves planos de establecimiento. El Cisne Negro es un juego de espejos físicos y psicológicos, visuales y dramáticos. El espejo cumple una función importante, le permite mirar su propia imagen al ejecutante de la danza, observar su desempeño y corregir los errores, pero cuando éste se rompe, da una representación distorsionada del mundo, en la que no es posible distinguir donde comienzan o terminan los componentes del espacio que vemos en la realidad; cosa que sucede cuando Nina consigue el rol protagónico de la puesta en escena, el peso de sus deseos y obsesiones irán sacando a flote no al lado luminoso que la fragilidad del cisne contiene, sino al lado oscuro, perverso y peligroso que también posee. El uso de los colores es uno de los increíbles aciertos de la dirección y de la fotografía de ésta película, como en su anterior filme, Darren Aronofsky limita el espectro cromático de la obra cinematográfica y pone énfasis en los puntos fríos que dominan la pantalla, siempre haciendo referencia al ambiente donde se desarrolla la pieza, al blanco/negro luz/oscuridad que están dentro de la protagonista y a la textura granulosa de la imagen.

Aronofsky demuestra en Black Swan que es ya un director maduro, dueño de un estilo bastante particular y único que se mira también en su capacidad para narrar y en el dominio que posee de la técnica fílmica. Ejemplo de lo dicho es la maestría con la que, por un lado, hace uso de los efectos digitales, visto en la secuencia preciosista donde Nina en pleno escenario se transforma en un cisne negro; por otro aquella maestría se ve también en el uso de los trucos de cámara (que poco a poco se han ido perdiendo), como en las escenas donde vemos a Nina sobre la duela, mientras la cámara pasa directamente frente a los espejos del salón llevando las enseñanzas del cineasta Robert Mamoulian a otros niveles.

El Cisne Negro es definitivamente una obra maestra y una obra atípica dentro del género del terror en la pantalla grande. La fecha de estreno está contemplada para el 11 de febrero en nuestro país y será sin duda uno de los filmes inolvidables de este año. Con los ojos ya puestos sobre el cineasta norteamericano Darren Aronofsky, habrá que seguir su carrera la cual se encamina al cine industrial con la anunciada The Wolverine, cinta que está en preproducción y que seguro dará de qué hablar.

 

Texto reeditado y publicado para F.I.L.M.E.

01.09.20

Julio César Durán


@Jools_Duran
Filósofo, esteta, investigador e intento de cineasta. Después de estudiar filosofía y cine, y vagar de manera "ilegal" por el mundo, decide regresar a México-Tenochtitlan (su ciudad natal), para ofrecer sus servicios en las....ver perfil
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