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Khamraev, un buen trago de cine soviético

por Praxedis Razo

 

Se acerca un hombre imponente a sus 77 años, requemado por el sol teotihuacano, sonriente siempre y de gran figura, con mil mundos por compartir. Viene de presentar su última película para el auditorio del FICUNAM, Bo, Ba, Bu (1998), una obra cuyo crudo futurismo retrata a la civilización de manera más audaz que otros filmes cienciaficcionales, donde el hombre, para cómo va, está más cerca de la prehistoria que del supradesarrollo que rifa en casi todas las piezas fílmicas que tratan del porvenir (de Eysium, para abajo).

Saluda en italiano, pero no habla otra lengua ajena a su vida: un ruso culto y un misterioso uzbeko solamente. Alí Khamraev, el hombre que, en calidad de amigo, asustara a Andréi Tarkovsky por su forma de mezclar vodka con cerveza, me advierte que le sería más fácil una breve entrevista. El mismo se traiciona y hablamos, gozamos, por casi media hora en torno a tres preguntas y un juego de palabras. El diálogo es traducido por Lena Kopylova, intrigada por lo que se estaba generando alrededor.

“¿Cómo quiere que se le recuerde al más popular de los cineastas soviéticos?”, le pregunto al tomar en cuenta que su película La séptima bala (1972) estuvo por años en cartelera, vista por más de 23 millones de espectadores desde su estreno:

Alí Khamraev: Me da igual, porque pasarán mil años y sólo quedarán dos películas: el documental de los Lumière sobre la llegada del tren y Luces de la ciudad, de Charlie Chaplin (1931)… Porque sólo diez se preocuparán por el pasado, pues todos estarán centrados en la revolución de las computadoras, que comenzarán a exterminarnos… Porque puede que alguien, por error, vea una película mía y piense “Pues mira, éste hizo una película sobre el amor, para ganar dinero e ir a la playa con una chica”, y ya.

Eso responde un chaplinista confeso, quien, como Orson Welles, se entregó a ver La diligencia (1939) –en la URRSS conocida con el didáctico título de La aventura va a ser peligrosa– más de diez veces al hilo para aprender hacer cine, y continúa:

Alí Khamraev: Pero la verdad disfruté mucho hacer cine, particularmente La séptima bala, donde por 200 rublos y un buen trago de vodka los actores hacían de todo, las acrobacias con los caballos. Fue un rodaje muy feliz, recuerdo que todos íbamos a caballo a todos lados, y que llegó a ver tal desastre con las escenas de acción que en vez de gritas “¡Acción!”, todos actuaban al disparo de una pistola… Fueron días muy placenteros. Mi vida es hacer películas. He hecho de todo, ópera, obras intimistas y hasta me ofrecieron hacer animación, pero les respondí que solamente la haría si me permitían hacer chistes procaces en ella, y pasarla después de los noticieros nocturnos. Se negaron no sé por qué.

Así, a punta de pistola, rodó una de las joyas del llamado western rojo que, junto a su otro filme El guardaespaldas (1979), una antipersecución infinita, cuentan la épica de otra conquista pionerística, pero ésta en contrasentido de Hollywood, que narra la conquista del oeste: el western comunista aborda la llegada del régimen bolchevique a los bordes más espeluznantes del viejo zarismo hacia el este, los desiertos y las tundras salvajes de Uzbekistán, Kasajistán, Tayikistán. Vuelvo a inquirir al realizador: “¿Cómo vaticina que sea el cine en el futuro?”

Alí Khamraev: Un circo de animales para animales. Quedarán algunos libros. Quedará Charlie Chaplin. Quedarán filmes sobre el amor, sobre la madre… Todo sobre mi madre (1999), de Almodóvar sobrevivirá también. Lo demás será basura, el spaghetti que comemos todos los días. Las películas se van a proyectar en las nubes, todos saldremos a los jardines y, tirados, veremos las películas en el cielo. Va a correr sangre y esperma, porque es lo que siempre ha pagado, y a nadie le interesa que sea distinto.

Sentencia tranquilamente el director de más de 30 documentales que manufacturó para el estado, y a continuación toma de Marx el argumento que necesita su visión del futuro del cine: “Por cien por ciento de la ganancia, un capitalista venderá su alma; por doscientos, venderá su país; por trescientos, a misma su madre… Ese es el futuro del cine.”

Entonces comenzó el juego de palabras, que consistía en relacionar la palabra que yo le decía (conceptos que devienen de su obra fílmica) con algo que a él le viniera en mente. Donde yo dije “Eisenstein”, él dijo, de nuevo, “Chaplin”. Ante mi “Charlie Chaplin”, su “Akira Kurosawa”. En “John Ford”, él impuso a “Andréi Tarkovsky”. Frente a “Tarkovsky”, él dijo “Maestro infinito, genio de muerte prematura”. A mi “Kalatozov”, su “Genio”. A “Mujeres”, respondió “Madre”; a “Islam”, “Enfermedad”; a “Aprender cine”, “Ser feliz”; a “Cine ruso”, “Patria rusa”.

Cuando dije “Comunismo” se hizo un silencio sólo al principio cómodo. Su faz se trocaba. Sus emociones se anulaban de pronto. Perdió la mirada en el piso, se tocaba el mentón. Buscaba una respuesta imposible. Pesó la voz, en español: “Catástrofe”, y me miró. Detrás de sus lentes, un abismo. Quise devolverle el aliento. Dije “México”, y él contestó con una sonrisa “Indio Fernández, mi amigo”, y se desató en una extraordinaria anécdota de cuando conoció al cineasta coahuilense del que se cuentan mil historias, como la que presentamos en video, de viva voz de uno de sus protagonistas.

 

10.03.15



Praxedis Razo


Un no le aunque sin hay te voy ni otros textículos que valgan. Este hombre gato quiere escribir de cine sin parar, a sabiendas de que un día llegará a su fin... es lo que más le duele: no revisar todas las películas que querría. Y también es plomero de avanzada. Mayores informes y ofertas al 5522476333. ....ver perfil
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