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Monumento mortuorio para Orson Welles, IV

IV de V

 

por Jorge Ayala Blanco

 

Orson Welles y el último anillo de la espiral.

 

Todos quieren llegar hasta el trono; en esto consiste su locura: como si la felicidad estuviera en los tronos. Muchas veces hay fango en el trono, y a menudo el trono está en el fango.

Friederich Nietzche.

 

Otra versión es, en El proceso, la aventura subjetiva del hombre común que se ha extraviado en los dédalos de la Ley y su burocracia implacable que se traduce, con inmensa eficacia, en los gestos titubeantes, en los tartamudeos y la figura sempiternamente vulnerable de Anthony Perkins circulando entre los legajos infernales en los pasillos que ejemplifican su condición de juguete del absurdo social: selva de archiveros y muros desconchados, cascados cuartos de tortura para los compañeros delatados de los sótanos, tendederos en las oficinas, pasadizos que comunican a la casa del juez con la sala del tribunal y con la nave de la catedral vociferante, pasajes subterráneos que enlazan la ignominia de la fortaleza pétrea de Kane con las cloacas de El tercer hombre. Es la continuidad de un espacio onírico, sintético, autártico. El espacio wellesiano está siempre dispuesto a transformar el caos cambiante en desequilibrio poético, a mimetizar significaciones profundas que ruedan por los suelos, a volver aún más inquietante ese mundo hermético que más se trastorna al verse más cercado. La pasión y la exuberancia serñán signos de resistencia: Josef K. no morirá ejecutado, se le volatiza en una formidable explosión nuclear, sin que el caos que lo envolvía desaparezca.

Orson Welles y el poder. Desde su altura, de modo premonitorio, Kane aprende a respetar la disidencia, a admirar desde su cólera al disidente en que Welles después tendría que convertirse. Dos golpes, dos actos morales, dos afrentas mellan para siempre el poder absoluto de Charles Foster Kane: el primero es el del amigo crítico de teatro (Joseph Cotten) cuando se atreva a pulverizar en su columna a la infeliz cantante pigmaleonizada por la propaganda periodística del magnate, el segundo es el de la esposa semiidiota (Dorothy Comingore) al renunciar al cautiverio de Xanadu, así desate una furia masculina que destroza infantilmente la habitación. La única ética legítima se descubre en el enfrentamiento con la enajenación del poder, el poder alienante, aunque ese acto destruya más a quien lo realiza que al adversario.

Luego el poder adoptará la vida al margen de Falstaff, testarudamente licenciosa, desgarradoramente verdadera bajo su mentira exterior, obsesa (y obesa) hasta la farsa, digna en el contrasentido, hedonista al interior del patetismo: lo sobrehumano se sabe excluido del reino, se encarama a la altura de la soledad y la exhibe como espectáculo. Es la contradicción del poeta que se ha vuelto sujeto del vituperio. El castillo del poder, cuando no era una cárcel, era abstracto o mera alegoría. Si la finca de Mr. Clay representa un castillo tan inhabitablemente magnífico, como el que se había hecho construir el egotismo de Kane, es porque desconoce la rabia desorbitada que se reflejaba en espejos infinitos (final del thriller desesperanzado de La dama de Shanghai retomando cierta imagen multiplicada de Kane) y ninguna culpa lo remuerde como a Macbeth. Ningún Yago lo hará caer en la trampa de sus debilidades. Sólo libros de contabilidad conserva de su vida pasada, y por lo tanto no requiere mandar borrar su pasado como Mr. Arkadin. No debe defender ningún sentido represivo de la justicia como el Quinlan de Sombras del mal, ni salvaguardar lo incomprensible de ningún Proceso kafkiano.

Carente incluso de la desbordante alegría póstuma de Flastaff, será el poseso perfecto de la voluntad de poder que se destruye a sí misma. A partir de la aguda ficción de Isak Denisen, quería ser como Dios, como un artista supremo e inconcebile, predominar sobre el espíritu y sobre las almas, sobre el azar de la realidad y la fantasía. Pero sólo el reconocimiento del fracaso desborda los límites impuestos al poder individual. La imaginación triunfa frente al poder monstruoso del magnate colonialista, que fallece en el pórtico de su mansión, súbitamente humanizada por la eclosión de la vida verdadera en el centro mortuorio de su frágil castillo.

En las antípodas y en medio de la paradoja más descomunal, el poder de la falsificación cantará su victoria como única verdad posible sobre los escombros de la legitimidad artística en F for Fake; algo sustancial medraba en otras formas de irrealidad.

Aquí la entrega III de V.

 

04.05.15

Jorge Ayala Blanco


Crítico de críticos, entre los críticos, para ellos y en contra de ellos, publica ahora todos los lunes y desde 1989 en El Financiero una crítica siamesa sobre el estado de las cosas en el mundo de los estrenos cinematográficos. Autor de tesoros bibliográficos (actualmente incluso electrónicos) a propósito de e....ver perfil
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