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Mad Max: Furia en el Camino

Recobrando paraísos

por Fco Javier Quintanar Polanco

 

A George Miller le tomó treinta años reencontrar la carretera correcta y poder regresar a su universo de desiertos sempiternos, rugientes máquinas de guerra y una humanidad arruinada. Y lo hace a bordo de un vehículo poderoso, muy bien aceitado y contando con conductores de mucha pericia.

Miller revisita/renueva/replantea el universo del atormentado Max Rockatansky, aquel otrora oficial de policía que perdió la brújula (casi al mismo tiempo que el mundo en que vivía se vino abajo) y se lanzó a vagabundear por el desierto sin rumbo fijo (cual si de un Cristo curtido en sangre, violencia y dolor se tratase); en un Vía Crucis interminable buscando algo que ni él mismo sabe lo que es.

En la mitología milleriana, el mundo del que Max proviene sufrió un colapso tremendo del que no pudo recuperarse, y terminó en una larga y cruenta agonía. Durante este derrumbe global, la sobrevivencia se convirtió en la única regla legítima y solo tenía valor aquello que pudiese facilitarla. Así, primero fue la violencia –derivado en forma de venganza– el único lenguaje aceptable (Mad Max, 1979); luego fue el combustible la moneda de cambio vigente y herramienta valiosa de supervivencia por la cual valía la pena matar a otros o morir en el intento (Mad Max 2: el guerrero de la carretera, 1981); para de ahí pasar a las heces fecales de los cerdos como codiciada fuente de energía, que otorgaba poder a quien la controlase pero que también funciona como metáfora de una humanidad empobrecida moralmente y denigrada (Mad Max: más allá de la cúpula del trueno, 1985).

Miller ahora plasma una sociedad patriarcal en la que se rinde culto y se siguen los deseos incuestionables de Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne, quien interpretase al enloquecido motociclista Toecutter en el primer filme de la saga). No hay más ley que la suya, y cuenta con su ejército de delirantes War Boys –sus guerreros emplean a aquellos que atrapan deambulado por los alrededores como “Bolsas de sangre” para transfusiones en caso de ser necesario– para hacerla valer. En esa distopía son tres sustancias los ejes del reino: el agua, la sangre y el semen. Joe utiliza el agua como instrumento de subyugación para mantener el control de sus súbditos, posee un harem de bellas mujeres que usa para depositar su “sagrada semilla” y perpetuar su dinastía.

El conflicto estalla cuando las esclavas sexuales deciden emanciparse y con ayuda de Furiosa (otro elemento femenino y guerrera de confianza del patriarca Joe) intentan escapar de la megalítica ciudad en busca de un supuesto oasis del que la conductora y gladiadora proviene. Max termina uniéndoseles por una mera casualidad, mientras intenta escapar de los War Boys que lo tienen cautivo. Tanto él como Furiosa comprenden que la clave de su supervivencia radica en algo que ya no es muy común: la solidaridad, la confianza y el trabajo en equipo.

Al alcanzar su destino descubren que este ahora es solo un yermo y hostil páramo, donde no queda nada del santuario anhelado. Furiosa, Max y el resto de la troupé que les acompaña se dan cuenta que no queda nada más que dar vuelta, y que no hay más futuro que el que puedan conseguir por la fuerza, derrocando a Immortan Joe y el régimen patriarcal que representa. De esa forma la cinta da una interesante vuelta de tuerca al mito fundacional del Paraíso Perdido, con unos nuevos Eva y Adán forjados de las cenizas de un mundo en ruinas, que buscan recuperar ese Edén extraviado en el tiempo del que fueron expulsados por la barbarie e intolerancia humanas, combatiendo al fuego con fuego, pero apoyándose en la cooperación, el compañerismo y la equidad, elementos al parecer ausentes de ese mundo.

Mad Max: Furia en el Camino (2015) es también una invitación a tratar de recuperar nuestro propio paraíso perdido: el de aquellas películas hechas con algo que a muchos Blockbuster actuales les falta: intensidad, momentos verdaderamente catárticos, una trama sencilla (que no simple) y bien estructurada, frescura, dinamismo y un humor natural, pero sobre todo un sabor a autenticidad y a pureza cinematográfica que ya no se ve mucho en la pantalla. Como si Miller mismo regresase de su exilio en el desierto a sacudir a muchos mercachifles de la industria o wannabes de Steven Spielberg y mostrarles cómo se hace cine de a deveras. Una verdadera patada en los huevos a una industria anquilosada y que (créanmelo) ya le hacía falta.

 

Un fúrico restablecimiento del clasicismo

por Josefina Gámez Rodríguez

 

La última entrega de la serie Mad Max es una pieza fundamental de lo que podríamos llamar cine neoclásico, una película industrial novísima hecha a la manera antigua, un acierto narrativo de auténtica manufactura cinematográfica, un tributo de alguna época dorada pero también un avance.

Combina en su contenido las obras completas de Buster Keaton, las notas más altas de Howard Hawks y Raoul Walsh, con los libros sagrados de la serie B, para proyectarlo todo en dos road movies de extravagancia técnica y moral, emparejada con la de Alex Cox. Todo es acrobacia y violencia explícita en esa distopía perfecta de un postmundo acalambrado por los vehículos, que avanza con elocuencia hacia su autodestrucción.

Porque Mad Max: furia en el camino (2015) es una huida desesperanzada, desembarazada, impropia, sutil e impávida hasta que llegan al infrareino de “las madres” (hasta ahí una de las road movie), pero además es un retorno desesperante, agrio, embarazoso, épico y recatado cuando llegan a la Ciudadela (la otra road movie trepidante).

En el trayecto el filme lleva tintes de horror y es una especie de película de acción zombi. En el contratrayecto hasta es bonito y edificante. El montaje, meticuloso trabajal de Margaret Sixel, incluso se modifica abruptamente, para pasar del tono explosivo (que podríamos decir que concluye en los pantanos) a uno melodramático (con cita textual al final de Luces de la ciudad, Chaplin, 1931).

Sin complacencias, el filme crece dentro de una mitología social, donde todos, excepto el antihéroe y loco Max (que es solamente parte del coro femenino), vuelven desarticuladamente a los tótems, y desde ahí anhelan comprender su realidad, muy quebrada para nosotros, pero nítidamente comprensible. Como cualquier canon, sus paradigmas adolecen de lo mismo que los nuestros, y de la mano de un trabajo fotográfico digno de aquellos tiempos (John Seale desencadenado), la película acaba siendo una versión motorizada de cualquier Shakespeare agreste de ida y vuelta.

 

Furioso entendimiento de la Historia

por Julio César Durán

Ser es ser percibido.

George Berkeley

 

Después de años de hacer cine industrioso (entre 1998 y 2011), George  Miller lanza su décimo largometraje como director con el cual ha conseguido que converjan el entretenimiento puro con un elaborado discurso sobre cómo entendemos los procesos históricos, los sistemas políticos contemporáneos, el hombre como individuo y como parte de una familia, el espíritu de una época y la alienación de las sociedades… todo esto en el Estado distorsionado más salvaje, dueño de los medios de producción tal cual lo hemos experimentado tras las más recientes crisis económicas.

El realizador australiano se revela como un heredero de obras originarias que impregnan su estilo y lo catapultan. Miller demuestra haber aprendido bien a Edwin S. Porter, en cuanto a una manera de estructurar su narración, y a Von Stroheim, de quien recuerda que las noches son azules, los días amarillos y los fuegos rojos.

La cuarta parte de la saga de Mad Max nos aparece como una alegoría sobre la existencia del hombre como sujeto inserto en la Historia. Aquí lo vemos como un personaje atrapado por un sistema de castas que ha aniquilado completamente cualquier atisbo de lucha de clases (con una población, en la base de su Ciudadela, alienada, despolitizada, despersonalizada), persiguiendo su propia supervivencia. La carretera misma es el flujo de la Historia al cual entendemos cronológicamente como un pasado-hacia-futuro por el cual se avanza, un camino que tiene sus dunas, curvas, desviaciones, cañones y también tormentas.

La protagonista, Furiosa (Charlize Theron), vive en una civilización que estremece por su actualidad, cuya participación en el espíritu de la época (una demencia tecnócrata) se da o se rige a partir de 3 grandes ejes, simbolizados en Inmortan Joe (Hugh Keays-Byrne) y sus  hermanos: la guerra, el dinero y una religión basada en la enajenación mesiánica de la industria. Max (Tom Hardy), por su parte, es un héroe sí, hablando de una estructura narrativa, pero deja de serlo dentro de la diégesis donde es un personaje que actúa en cooperación con un equipo, con una unión de fuerzas; es decir, es un agente del cambio, no individual sino colectivo. Él y ella se lanzan en una odisea, en una ida y una vuelta donde buscarán el paraíso perdido, se darán de bruces con la muerte del mundo, recobrarán esperanzas gracias a la fuerza de unas madres-raíces y finalmente emprenderán una revolución.

El orfeón para esta epopeya, que tiene la fortuna de ser completamente política sin pretensión moral, serán los “Warboys”, quienes harán manifiesta la sentencia Esse est percipi. La locura que se inmortaliza y pasa a la posteridad ocurre únicamente tras la mirada, misma que supone el reconocimiento: nadie existe hasta que pasa por la percepción. En un mundo que es más cadáver que otra cosa, cubierto por el polvo o más bien convertido en polvo, se busca dejar una huella en medio de esa carretera-Historia, ya que quizá el camino es la construcción de las memorias y de la representación de ellas, donde permanecemos en los anales dementes de la Ciudadela a través, siempre, de esos “motores sagrados” (cfr. Leos Carax) que se convirtieron en nuestro Leviatán hobbesiano desde la Revolución Industrial.

 

09.02.16

Mr. FILME


@FilmeMagazine
La letra encarnada de la esencia de F.I.L.M.E., y en ocasiones, el capataz del consejo editorial.....ver perfil
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